La actriz murió la semana pasada

La dolce vita, la maldición de Anita Ekberg

Nadie podía imaginarse el impacto universal que tendría la película en las costumbres y en el imaginario colectivo; Ekberg se encontró encerrada en un estereotipo del que nunca pudo liberarse.
viernes, 16 de enero de 2015 · 20:09
Aldea Global / Agencias

La última aparición pública de Anita Ekberg, la actriz sueca fallecida el 11 de enero, fue en 2010 cuando en el Festival de Roma presentó la versión restaurada de su filme más famoso, La dolce vita, de Federico Fellini. Allí salió a relucir su carácter cuando a la enésima pregunta sobre La dolce vita respondió con rabia: "¿Pero no tienen otra cosa que preguntarme? Yo quiero olvidarme de ese filme, cuyo éxito mundial me causó placer y me hizo pensar que tenía algún valor como actriz, pero todo empezó y terminó ahí”.
La actriz cumplió 83 años el 29 de septiembre pasado y desde 2002 estaba sola, en la miseria, recluida en su casa de Genzano y, todavía peor, en silla de ruedas durante sus últimos años. Tiempo atrás había pedido una ayuda económica a la Fundación Fellini con el argumento de que era ella quien había dado fama al cineasta y no al contrario, recordó la agencia ANSA.

El Iceberg, su apodo
 La llamaban El Iceberg por su volumen, que con los años no hizo más que incrementarse, y su frialdad, pero estaba dotada de un agudo sentido del humor, cualidad que fue subrayada incluso por Fellini en La dolce vita.
Con tendencia al alcoholismo y sujeta a cambios bruscos de carácter, Ekberg había llegado a Hollywood con su título de Miss Suecia de 1950 a cuestas, que le permitió un contrato con los estudios Universal, aunque la confinó en roles puramente decorativos, dijo ANSA.
No era alta, medía 1,69 metros, pero Anita Ekberg era imponente y voluptuosa.
Después de una serie de papeles de segunda categoría en cintas de aventura (su debut fue en 1953 con The Mississippi Gambler y después filmó La octava maldición) tuvo su primer rol importante en Artists and Models (Artistas y modelos, de 1955) de Frank Tashlin, donde estaba séptima en el reparto detrás de Dean Martin, Jerry Lewis y una joven Shirley MacLaine en su segunda aparición en la pantalla grande.
El vuelco importante le llegó al año siguiente con la superproducción de War and Peace (La guerra y la paz) de King Vidor, también séptima en el reparto detrás de Audrey Hepburn, Henry Fonda y Mel Ferrer, rodada en Italia, que fue, con pocas excepciones y de allí en adelante, su país adoptivo.
ANSA afirma que ese mismo año volvió a hacer pareja con Martin y Lewis, llamada por el director Tashlin, desde siempre obsesionado por las mujeres ampulosas, en Hollywood or Bust (Entre la espada y la pared), donde el "bust” del título original alude a los grandes senos de la actriz.
Pareció el comienzo de una carrera estelar, pero a este filme le siguió una docena de películas menores, a veces rodadas en Europa como Zarak de Terence Young (1957) o Paris Holiday (Fiesta en París, 1958), de Gerd Oswald, al lado de Bob Hope.

Fellini la descubre
 Roma la recibió en 1958 con Nel segno di Roma (Los bárbaros contra Roma) donde, estrella absoluta, tuvo el papel de la reina Zenobia de Palmira (actual Siria). Allí la descubrió Fellini. Para ella escribió en La dolce vita, película de 1960, un episodio especial donde se encarna a ella misma, vestida de cura para subir a la cúpula de San Pedro y se convierte después en sirena en la Fontana di Trevi. Allí sedujo a Marcello Mastroianni y al mundo entero.
Nadie podía imaginarse el impacto universal que tendría el filme en las costumbres y en el imaginario colectivo, y Ekberg se encontró encerrada en un estereotipo del que nunca pudo liberarse. Esa película, dicen algunos, fue su maldición.

Su amor-odio por Fellini fue legendario, como lo fue también su atormentada vida sentimental, con dos matrimonios fallidos y numerosos amantes con los que no logró la felicidad. El cine se olvidó pronto de ella después de La dolce vita y Anita vivió sus últimos años en la pobreza.

"Marcello le tenía miedo al agua”

Aldea Global / Agencias
 
En el Festival de Roma de 2010 la actriz sueca Anita Ekberg reapareció en público después de varios años. Todos los asistentes la ovacionaron de pie al verla llegar, con sus muletas y su sobrepeso. Y fue allí donde dijo, con su frecuente ironía: "Ah, ¿pero entonces todavía no se olvidaron de mí?”.
La actriz, hasta último momento, encerrada en su casa tras una operación de la pierna por una caída, no había confirmado su presencia, pero luego se convenció de que un baño de multitud le iba a hacer bien y que por ese filme, que había odiado durante medio siglo por haberla encasillado e identificado con un rol casi autobiográfico, valía la pena salir de su aislamiento.
Así se presentó en Roma, en pantalones y camisa negros, excusándose por la edad "que hace que me olvide de muchas cosas”, recordó ANSA.
Consultado por los periodistas, primero se molestó y no quiso hablar de la película. Pero después cambió de idea y recordó la famosa escena del baño en la fuente de Trevi en La dolce vita.
"Marcello le tenía miedo al agua, sobre todo de noche y con el frío de enero. Yo lo esperaba temblando con el frío que me subía por los pies y el vestido largo empapado, y él para darse coraje se vaciaba una botella de vodka o de whisky, no me acuerdo, mientras yo me alimentaba de papas fritas y un buen vaso de vino tinto”, dijo.
Y prosiguió: "Le habían puesto botas de goma como las de los pescadores debajo de los pantalones, pero apenas se me acercó, trastabilló y se cayó. Se lo llevaron empapado y lo volvieron a traer, lavado y planchado, pero volvió a caerse tres veces más. Y yo estaba allí, parada, muerta de frío, con las piernas congeladas. ¿Ahora entienden por qué me acordaré de esa escena mientras viva?”. Los periodistas se rieron.

La actriz cumplió 83 años el 29 de septiembre pasado y desde 2002 estaba sola, en la miseria, recluida en su casa de Genzano y, todavía peor, en silla de ruedas durante sus últimos años.


 

 


   

60
1

Comentarios