EL AUTOR ANALIZA SEIS ASPECTOS PARA ENTENDER LA SITUACIÓN

Se acaba el tiempo político de Dilma

Existen dudas respecto a si la Presidenta de Brasil logrará conseguir un plan político y económicamente viable que le dé un respiro, y si sus medidas equilibrarán los intereses del mercado con los de la población y las fuerzas políticas.
domingo, 6 de marzo de 2016 · 00:00
San Pablo/ Infolatam, Luis Nassif

Un análisis realista de los posibles escenarios de futuro para el Gobierno brasileño indican que, en breve, el estancamiento político y económico se rompe, o un gobierno de coalición, o el caos. Las partes componentes de este juego son las siguientes:

Primero.– El tiempo político de Dilma Rousseff se acortó considerablemente. Hay una crisis fiscal acelerada, en medio de una crisis política que ha paralizado cada paso del gobierno. La aprobación de la CPMF (Contribuição Provisória Sobre Movimentação Financeira o Contribución Provisoria Sobre Movimientos Financieros, un tipo de impuestos) es esencial para el equilibrio fiscal y para revertir la caída peligrosa del Producto Interno Bruto (PIB).
 
Con la amenaza de una nueva caída del 4% del PIB, los ingresos fiscales cayendo de manera espectacular y los estados que entran en default, no hay mucho tiempo para la hora de la verdad.
 
Segundo.– Crece la convicción de que Dilma no conseguirá hacer un plan político y económicamente viable. El ministro de Finanzas, Nelson Barbosa, tendría que ser lo suficientemente valiente para presentar un gran plan que no implicase riesgos fiscales, que no profundice la recesión y al mismo tiempo pasase la idea de previsibilidad –para superar la resistencia de su nombre– sin disgustar a la base del gobierno, más a la izquierda.
Ha elaborado dos propuestas que sin afectar en corto plazo podrían ir para largo: la reforma de las pensiones y los límites en el gasto público. No fue suficiente para enfrentarse a la derecha y provocó rupturas por los aliados de la izquierda.
 
Para obtener el apoyo a favor de la CPMF, el gobierno accedió a las presiones del presidente del Senado, Renan Calheiros, flexibilizando la ley del petróleo. Por el momento, la única base efectiva con que cuenta Dilma Rousseff pende de un hilo.
 
Tercero.– La Presidenta no será capaz de equilibrarse entre el mercado y la base. Un claro ejemplo de ello fue el anuncio de la reforma de la Seguridad Social. El mercado la rechazó; la izquierda reaccionó. Enseguida el ministro de Trabajo, Miguel Rossetto, salió para explicar que no era así. Se quemó con el mercado y con la izquierda.
 
Cuarto.- Incluso en círculos cercanos a Dilma aumenta la creencia de que la crisis es demasiado grande para ella.
 
Incluso gente tan habilidosa como Jacques Wagner y Ricardo Berzoini tienen grandes dificultades para convencer de sus medidas obvias. El término que se utiliza más comúnmente en Planalto es "no traspasa”.
 
Quinto.– Hay un amplio espacio para la profundización de la radicalización política y policial.
Tanto en el STF (Supremo Tribunal Federal de Brasil) como en el STJ (Superior Tribunal de Justicia), cualquier ministro que ose una postura más garantista acaba víctima de los ataques de reputación por los periódicos o por las redes sociales. Y pocos tienen recursos emocionales para hacer frente a la barbarie.
 
Sexto.- Ruin con Dilma, el caos con el juicio político. Supongamos que Gilmar Mendes atropelle leyes y reglamentos y enmarque el impeachment vía TSE (Tribunal Supremo Electoral). El caso iría a la Corte Suprema.
 
Si Dilma Rousseff y (Michel) Temer (Vicepresidente de Brasil) fueran privados de sus derechos, ¿quién asumiría? ¿El presidente del Senado, Renan Calheiros, blanco del caso Lava Jato (escándalo de corrupción que involucra a directivos de Petrobras con políticos)? ¿Eduardo Cunha? El país entraría en ebullición.

El gobierno de coalición
 
Juntando todas estas piezas, se llega a la conclusión de que la única salida sería un gobierno de coalición con Dilma, tipo lo que fue montado por Itamar Franco, cuando afrontó la sustitución de Fernando Collor.
 
Sucede que un gobierno de coalición exige que el Presidente suelte efectivamente el poder. En este momento, Dilma Rousseff intenta montar la coalición manteniendo el control, se niega a renunciar a cualquier espacio de poder. No funciona.
 
Cómo diría (el ministro) Ricardo Berzoini, el gobierno tiene que ser realista y entender cuando pierde las condiciones políticas y negociar una política de daños menores.
 
La profundización de la crisis obligará a la presidenta brasileña Rousseff a caer en la realidad  en cualquier futuro momento.

 

Popularidad, en picada

La aprobación del gobierno de la presidenta brasileña Dilma Rousseff es del 11%, según un sondeo de la encuestadora Datafolha difundido el sábado 27 de febrero.
 
Además que 60% quiere el juicio político de la mandataria y 58% pide su renuncia. El rechazo al Ejecutivo se coloca en el 64%.
 
En marzo de 2013, Datafolha mostraba que la popularidad de Rousseff llegaba a un máximo del 65% y después de ubicarse en 42% en diciembre de 2014 cayó abruptamente a raíz del escándalo en la estatal Petrobras. En agosto pasado alcanzó mínimos históricos de 8%.
 
Así pues Dilma cumple un trienio en el que no ha logrado levantar cabeza en lo que se refiere a su aceptación popular y más allá de su reelección ajustada en 2014 el viento le ha soplado hasta ahora en contra.
 
Dilma no sólo soporta una caída de la aprobación, también encara un aumento de las diferencias con el Partido de los Trabajadores, al que pertenece.
 
Eso se transparenta en temas simbólicos y también de peso. Entre los primeros: la Presidenta no estuvo este fin de semana en el 36 aniversario de la creación del partido fundado por Lula da Silva.
 
Entre los segundos que el Partido de los Trabajadores (PT) acaba de aprobar un documento crítico ("Programa Nacional de Emergencia”) con la política económica de Dilma.

Con datos de Infolatam

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