Consumismo, extractivismo y otras reflexiones

No creo que la solución radique en un llamado a destruir el capitalismo como supuesta causa de todos los males del mundo y me parece que Fernanda Wanderley concuerda.
domingo, 5 de junio de 2016 · 00:00
Alberto Bonadona Cossío
 
La semana pasada se publicó en Aldea Global un artículo de Raúl Peñaranda que resume y comenta una exposición reciente de la socióloga e investigadora Fernanda Wanderley sobre la necesidad de explorar una "transformación social y ecológica” que cambie el modelo internacional de desarrollo actual, que es insostenible.
 
Al sumarme a este debate deseo señalar inicialmente que la posibilidad de romper con ciertas características del modo de producción actual no solo que es posible, sino que en ciertas particulares condiciones se está logrando
en determinadas comunidades. Es el caso de un amplio crecimiento en el uso de las bicicletas en algunas ciudades de países como Bélgica y Suiza, entre otros. Por cierto que la amplia utilización de bicicletas en vez de vehículos a gasolina ha disminuido la emisión de CO2. También se puede mencionar la extraordinaria baja del
consumo de cigarrillos, especialmente en los Estados Unidos, que indudablemente ha disminuido los índices de cáncer en esa sociedad causados por inhalar humo.

Logros chatos

Sin embargo, estos son logros  demasiado chatos frente a lo que signi can los gigantescos nocivos efectos de un consumo exagerado de productos resultado de la necesidad innata que tiene el capitalismo de hacer que las personas consuman y consuman. El consumismo no es simplemente una práctica adquirida como un mal hábito o resultado de decidir si me como una wistupiku o una salteña.

Es posible que la moda no la haya creado el capitalismo, pero cómo la engrandece y la utiliza para que la gente consuma y siga consumiendo. No creo, por lo tanto, que se trate de preferir un modelo de desarrollo en vez de otro, algo así como el modelo de auto o pantalón que hoy decido comprar porque se me presenta la ocasión
de hacerlo.
 
Es cierto, "vivimos… (en un) mundo fundado en la explotación in nita de recursos, elevadas emisiones, exceso de consumismo y ausencia de justicia redistributiva”, como dice Wanderley. El tema exige, sin duda, un "cambio cultural
profundo” de la visión del desarrollo más allá de las actividades extractivas”, como concluye Peñaranda en su artículo que comenta la exposición de Wanderley.

Sin embargo, pregunto si estamos hablando de generar consciencia para que al darnos cuenta cambiemos de "modelo” o si se trata de encontrar en el actual estado de desarrollo de la base material capitalista del mundo formas más e cientes en el uso de recursos, en innovar nuevas formas de producir con las materias primas
que se encuentran en nuestro entorno, en utilizar mucho más las fuentes no tradicionales de energía, en cambiar los sistemas impositivos regresivos por sistemas progresivos que graven más a los que más riqueza e ingreso poseen.
 
El hambre y la salud se pueden resolver Es cierto que el hambre en el mundo aprisionaba a 843 millones de personas en 2013 y que una cuarta parte de la humanidad no tiene todavía acceso a la energía eléctrica. No obstante, si dependiera de la capacidad de producción que en la actualidad posee la humanidad como un todo, el problema del hambre (o de la salud) estaría resuelto sobreabundantemente.
 
Sin embargo, no podemos esperar de la benevolencia de Monsanto o de Bayer para que se puedan producir más alimentos. 

Tampoco creo que la solución radique en un llamado a destruir el capitalismo como supuesta causa de todos los males del mundo y me parece que Wanderley concuerda.
 
El capitalismo ha traído grandes males, como ha desarrollado una base material que puede dar mayores respuestas. Los intentos de destruirlo durante los experimentos del siglo pasado nos han llevado a Estados policiales que no acaban de morir o intentan reanimarse en distintos lugares de este hemisferio con un sinnúmero de derechos conculcados y de vidas segadas.
 
Un "gran escape” a medias Angus Deaton, el premio Nobel en economía del año pasado, nos recuerda que juntamente con la Revolución Industrial, iniciada el siglo XVIII, más la teoría microbiana de las enfermedades
"los estándares de vida han aumentado varias veces, la duración de la vida se ha duplicado…”. Este autor compara esto con un "gran escape” en la historia humana, aunque no olvida que "gran parte de la población mundial no escapó” y se ha quedado rezagada, el mundo es inconmensurablemente más desigual que hace 300 años”.
 
Considero que los pasos a una gran transformación de la consciencia humana parte necesariamente de tener respuestas accesibles y posibles para lograr defender al planeta de mayores efectos en el deterioro del medio ambiente o de cualquier otra calamidad. Esto va más allá de culpar al extractivismo de nuestros males. Se trata,
entre otros aspectos más pedestres -como disminuir la corrupción o respetar nuestras instituciones- de poner el conocimiento como base de la producción en el medio en que vivimos.
 
Se requiere voluntad para avanzar a modos de convivencia sostenibles
 
Cecilia Requena
 
"Es que ustedes son unos soñadores. ¡Hay que ser realistas!”. "El cuidado del medio ambiente es un lujo. Cuando
seamos desarrollados nos podremos ocupar de él”. "El ambientalismo es una visión neocolonizadora e imperialista, orientada a impedir el desarrollo, al que tenemos derecho”.
 
Es común escuchar múltiples variantes de este tipo de descali caciones cuando se intenta abordar el asunto de
la sostenibilidad, es decir, de la viabilidad de colectividades humanas habitando el planeta con prácticas que no agraven y, si posible, reviertan progresivamente la actual destrucción de los equilibrios naturales de los que estas mismas colectividades dependen radicalmente.

A modo de ejemplo, baste pensar en la importancia cotidiana y universal de proteger el acceso al agua, a alimentos, a un aire respirable, así como en los profundos efectos disruptivos de la falta de ellos.

La contundente y creciente evidencia cientí ca en torno a las múltiples crisis ambientales que estamos generando (según responsabilidades diferenciadas), aún sin desearlo y como  consecuencia de la concepción hegemónica de desarrollo y progreso, necesita traducirse urgentemente en conciencia y voluntad para avanzar hacia modos de convivencia sostenibles, muchos de los cuales están por inventarse; otros retomarán antiguas tradiciones y otros surgirán de síntesis. Actualmente, disponemos de algunas claves nítidas (como las transiciones energéticas hacia las energías renovables) y muchos ámbitos de incertidumbre. La claridad en torno a la inviabilidad de la mayor parte de las actuales inercias es la base para avanzar.

Cecilia Requena es docente, ambientalista e investigadora en temas medioambientales

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