Minuto 90

20 años después

Guido Loayza Expresidente de la FBF
lunes, 16 de septiembre de 2013 · 00:16
Cuando pasados 20 años te piden rememorar un hecho de gran importancia, los recuerdos llegan a borbotones, muy vívidos pero desordenados… una gambeta, el festejo inacabable del público, una charla con los jugadores, la solución de una crisis o una arenga de Xabier Azkargorta. No es fácil  hacer una crónica racional y ordenada, pero se constata un hecho evidente: cuántas cosas se pueden hacer y se hicieron en tan pocos meses cuando se tienen las ideas claras, la mística  y la irrenunciable convicción de no rendirse ante nada.
Todo se inició a finales del año 1992, con la noticia de que habría elecciones para  dirigir la FBF y Dicky Roca, entonces presidente de Oriente Petrolero, dijo públicamente que Guido Loayza sería el candidato más idóneo para dirigir la selección. Yo ni lo había pensado pero me entusiasmó el desafío. Tenía la experiencia, las cicatrices de múltiples batallas y victorias con Bolívar en lo que fue la "década prodigiosa” que convirtió al Bolívar en el club más importante y ganador de la Liga. También en 1989, cuando Alfredo Salazar nos nombra junto a Lothar Kersher responsables del proceso futbolístico de la Eliminatoria del Mundial de Italia 90, que   empezamos entrenando en la plaza Villarroel, y terminamos perdiendo la clasificación por un gol diferencia en el Centenario en sólo dos meses de trabajo. Sabíamos que podíamos armar un gran lío en las Eliminatorias. Con Percy Luza trabajamos un proyecto de lo deportivo, económico e infraestructura y nos fuimos al congreso de Sucre, donde -convencidos los clubes de la Liga y las asociaciones- nos eligieron por aclamación.  
Al retornar a La Paz hicimos escala en el aeropuerto de Cochabamba, donde se me acercó Chichi Romero, me felicitó por el nombramiento y me dijo  "ahora clasificamos”. Ése fue el espaldarazo que necesitaba, si el mejor jugador y al que yo más admiraba me decía eso, estábamos en  buen camino.
Llegamos a La Paz y empezamos la andadura, yo cedí mis oficinas, que se convirtieron  en nuestro cuartel general y desde allí penetramos al espejo y nos adentramos en el mundo de los sueños como la Alicia de Lewis Carroll. Permanentemente debíamos despertar por los golpes de la realidad: una huelga, la carencia total de dinero y el irresponsable uso de la chequera familiar. Sin embargo, volvíamos a los sueños y avanzábamos, primero convencimos a Xabier Azkargorta de compartirlos y lo incorporamos como un inclaudicable baluarte, luego a los jugadores  inoculándoles la idea de que esto era una gran apuesta y que el que venía por dinero estaba en el lugar equivocado. Aceptaron jugar por 20 dólares diarios, que se multiplicaron cuando llegaron los triunfos.
Todos saben lo que pasó después: las tardes llenas de himnos, de colores, de alegrías y de goles; saben de las pisadas de Melgar, de las gambetas de Etcheverry, de los misiles de Platiní, de las corridas de Rimba, de los goles de Ramallo, de las enseñanzas de Azkargorta y de la calidad y valentía de todos. A medida que avanzaban las Eliminatorias, crecían las ilusiones y el fervor común que devino en el momento de mayor unidad de todos los bolivianos en su historia.

Y tras todos los esfuerzos y  riesgos que acompañan la ejecución de una empresa, al final del camino nos esperaban la felicidad y el agradecimiento de la mayoría. Ése fue el veredicto del pueblo y es el veredicto final. Es inevitable que aunque sean una insignificante minoría, estén aquellos que teniendo grandes facilidades no generan ilusión de futuro, tampoco alegrías efímeras de presente, finalmente  arremeten contra el imaginario colectivo del pasado. Como no pueden entregarle al boliviano logros que den felicidad y autoestima, se esmeran en el fácil expediente de mentir y calumniar para destruir todo lo bueno de esa fascinante e inolvidable aventura que vivió el pueblo boliviano junto a su selección hace 20 años.

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