Fútbol vertebral

Desde el fondo del corazón

Carlos D. Mesa Expresidente de Bolivia
lunes, 16 de septiembre de 2013 · 00:20
Creo que la mejor forma de recordar esos meses mágicos que vivimos los bolivianos que llevaron a nuestra Selección a la tercera participación mundialista del país (la primera tras un proceso eliminatorio), es transcribir dos de los artículos que escribí entonces embargado por la pasión ilimitada de hincha, pasión que compartí con millones de compatriotas entre julio y septiembre de 1993.
 Desde el alucinante 7 a 1 a Venezuela en Puerto Ordaz, hasta el empate en Guayaquil que nos dio el pasaporte a Estados Unidos,  1993 fue el año más glorioso de Bolivia, más probablemente que 1963.
Veinte años después recuerdo con amarga nostalgia esas líneas que, creo, retratan el estado de ánimo que embargó a toda una nación.
Un grito desde el fondo del corazón (escrito el 25 de julio de 1993)
Grité y grité y grité hasta que no me quedó ni un hilo de voz. Gritamos todos, abrazados, incrédulos, con los ojos nublados, con emoción, con el cuerpo convertido en un grande e inmenso corazón.
Pienso ahora que ese mismo sentimiento debió recorrer el Félix Capriles ante ese mismo rival, cuando nos consagramos campeones sudamericanos en 1963. Sólo ahora entiendo lo que es entregarse totalmente a la emoción.
Todavía me estremece ese golpe eléctrico que nos sacudió a todos en el estadio Siles. Una explosión que tardó unas fracciones de segundo hasta que la pelota peleada y ganada por el inigualable Diablo, gloriosa, rodaba lentamente detrás de Taffarel y se quedaba detenida dentro del arco, y luego el mundo que se caía y las banderas de Bolivia inundándolo todo. A partir de allí una fiesta sin final. Un minuto después, como en imborrable fotografía, la escapada de Peña que encara a Taffarel y tranquilo, frío, goleador, lo vence y el arquero, que creía haber encontrado su tarde después de una atajada espectacular e irrepetible ante una balazo de Platiní y definitivamente único otra vez ante Erwin Sánchez en el penal, vuelve a mirar anonadado la pelota dentro del arco.
Hicimos historia y por eso grité, canté y lloré de emoción, por eso estreché en un abrazo a Mario Espinoza que no cabía en su inmenso pecho, por eso me abracé también con Pedro Susz, quien tenía los ojos tan húmedos como los míos, por eso en esa emoción que no termina todavía, nos dijimos sin una palabra, en medio de banderas tricolores, ¡merecíamos estos goles, esta gloria, esta pedrada en el centro de la frente del invencible Goliat!, por todos estos años de sufrir y sufrir, de derrotas masticadas en silencio, de frustraciones y frustraciones que parecían, solo parecían, no terminar nunca.
Porque más allá de Estados Unidos 94, más allá del próximo partido, más allá de todo, esta alegría sin límites se queda con nosotros, en nuestros corazones apasionados y capturados por el fútbol, en estas almas teñidas de color inmensamente verde de la Selección. El partido, este partido es en sí mismo un saldo de cuentas con el miedo, con los mitos, con las quimeras, con los sueños.
Este Vasco testarudo, Xabier Azkargorta, nos enseñó a todos que se puede encarar una competencia sin complejos, con una mentalidad bien asentada en la tierra y con la capacidad de volar y soñar, les enseñó a nuestros hombres a jugar con hombría en cada milímetro de cancha (recuperando esa fiereza admirable del 63), y les dejó jugar con capacidad y calidad. En estos dos partidos que nadie imaginó (que todavía parecen deseos imposibles) Bolivia escribió historia en el fútbol sudamericano. Se lo merecía ese gran capitán que es Carlos Borja, sobrio jugador, hombre sobrio; se lo merecía ese chico valiente como pocos que es Luis Cristaldo; y Erwin Sánchez que jugó dos paridos de excepción y lloró por ese penal que, él no lo sabía, nos abrió las puertas de la gloria; se lo merecía Etcheverry y ese toque mágico que terminó con tres décadas y media de historia y de temores ante la hasta hoy intocable verde amarilla. Se lo merecían todos esos jóvenes que nos dieron el triunfo y lo merecíamos nosotros.
No lo olvidare jamás. En este partido en el que grité, sufrí y capturé la inmensidad del fútbol como nunca en mi vida, con todos, coreando entre lágrimas el nombre de Bolivia. Tuve que esperar 39 años, bien valió la pena.
En nuestra hora más gloriosa (escrito el 19 de septiembre de 1993)
"Maestro” este es el regalo que buscó durante toda su vida futbolística. Aquí está la raza del fútbol nacional. ¡Ganamos! Llegamos a la meta máxima que un fútbol como el nuestro puede anhelar. Es el tiempo de la celebración y de las lágrimas, el tiempo de la bandera que flamea orgullosa de la sonrisa de plenitud de millones de bolivianos. Como nunca, hemos acompañado a esta Selección extraordinaria, hemos jugado en sus pies, hemos sufrido la tensión y la duda, hemos cantado el nombre de Bolivia, hemos empujado hombro a hombro esa pelota que corría sobre el césped impulsada por Etcheverry, Sánchez, Borja, Milton, Cristaldo..., hemos esperado detrás de Trucco, hemos saltado y nos hemos agazapado como él. Allí estuvimos todos, formando con nuestros corazones un alma gigantesca que acompañó a los jugadores hasta que en Guayaquil levantamos los ojos a los colores nacionales y se nos nublaron. ¡Bolivia en el mundial! y nos abrazamos y con nosotros el pasado, también ellos construyeron una ruta sacrificada para coronar el éxito. Mario Alborta, Víctor Agustín Ugarte, Wilfredo Camacho, Tutula Alcocer, Ramiro Blacutt, Ovidio Mezza, Carlos Aragonés, Erwin Romero… Allí está el talento, la fibra, la garra boliviana, allí están las horas de gloria del campeonato sudamericano de 1963 y los momentos en que estuvimos a punto de lograrlo.
Pero fue en Guayaquil a la hora señalada. Desde 1950 y ese momento aciago de nuestra segunda participación en Brasil, el estadio "Modelo” pareció construirse para que Bolivia tejiera las últimas puntadas de una clasificación que se convirtió en una larga, hermosa fiesta. Aún y a pesar de Recife y Montevideo, terminó con brillo en el remate definitivo de William Ramallo venciendo a Espinoza y colocándonos por fin en la Copa del Mundo.
Nunca antes habíamos hecho tanto y tan bien. Nunca habíamos ganado tantos partidos en una eliminatoria, nunca hicimos tantos goles, nunca se vió un despliegue de fútbol por momentos tan espléndido, nunca pareció tan claro que llegábamos porque lo merecíamos. Nunca nadie había derrotado a los "intocables” brasileños en una eliminatoria. Nunca un país tuvo tanta solidaridad con sus gladiadores…
Xabier Azkargorta nos dijo a todos, "antes que jugadores son hombres y como hombres plenos es que deben asumirse”. Y ese tan simple y tan grande secreto revelado a una nación entera, sirvió para que esos Hombres con mayúscula creyeran en sí mismos y llegaran a donde nunca habíamos llegado.
Esta es la hora más gloriosa del fútbol de Bolivia, porque tuvimos que ganar ese espacio en nuestra casa y fuera de ella y porque, a diferencia de 1963, todos nuestros rivales presentaron lo mejor que tienen, por eso este mérito es mayor que cualquiera que hayamos conseguido antes.
Levantamos los brazos y celebramos porque esta es una inyección de fe, de confianza y de espíritu, porque alguna vez teníamos que poder decir y gritar a pleno pulmón que podemos ganar y ganamos.
Gracias Trucco, Rimba, Sandy, Quinteros, Borja, Cristaldo, Melgar, Baldivieso, Sánchez, Etcheverry, Ramallo, A. Peña, Rivero, J.M. Peña y Pinedo por jugar y dejarlo todo en la cancha. Gracias Bigotón por trazar la ruta, gracias Guido Loayza, Percy Luza y Mario Mercado por hacerla posible, porque todos hicieron lo que esperábamos, porque recogieron la historia y la pusieron en lo más alto del mástil, flameando junto al nombre y los colores de Bolivia.

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