Fútbol Vertebral

Un penal inventado que quedará indeleble en la memoria

lunes, 13 de junio de 2016 · 00:00
CARLOS D. MESA
Ex Presidente de Bolivia
 
Julio Baldivieso sabe con que materia prima cuenta. Ensayó y ensayó como un alquimista con más de 40 jugadores en los diez partidos que dura su ciclo hasta hoy e, insistente y condenado como Sísifo empujó la roca hasta la cima y antes de llegar vio como ésta rodaba casi siempre hacia el valle más oscuro. Aprendió con el abismal 0-7 de su debut frente a la albiceleste que el horno no está para bollos.

Actuando en consecuencia decidió apostar por lo seguro y lo razonable, un cerrojo; dos líneas, una de cinco y otra de cuatro, como dos murallas sin puente levadizo (que debió ser Smedberg, aplicado y voluntarioso). Su construcción tuvo una argamasa especial: un iluminado Carlos Lampe y un trío dispuesto a revolear la pelota desde lo más alto del castillo hasta el infierno: Zenteno y Gutiérrez curtidos en mil batallas y Eguino que a punto estuvo de zozobrar en serio (o quizás zozobró en serio por un instante) tras unos tapones clavados en su sien (que merecieron cuando menos una amarilla que el árbitro no mostró). Apuntalaron ese cerco Saavedra y Bejarano.
 
Baldivieso supo que Bolivia tenía que jugar a lo que podía jugar y decidió. Lo que ni él ni ninguno de nosotros podía adivinar es que un juez de línea, pertinaz y analfabeto futbolísticamente hablando, se empeñara en decir que una pelota que toca la parte superior del brazo de Gutiérrez que está gritando que tiene una posición estática y la mano detrás de la espalda no es NUNCA y POR NINGUNA RAZÓN, penal. El árbitro, bastante papanatas, compró el paquete y decidió regalarle el partido a Chile. Para no hablar de los ¡11 minutos de adición en el segundo tiempo!, que se suman a los tres minutos del primero, un total de 14 minutos. Un 15% del tiempo reglamentario…
 
Antes Bolivia había vivido dos momentos mágicos. Jhasmany con el rostro impasible se colocó delante de una pelota parada, un tiro libre, miró el arco del culé Bravo y con la precisión matemática de un verdadero licenciado en esa ciencia, pegó el balón con el botín en la posición exacta, la pelota se elevó e hizo una comba sublime girando sobre su eje mientras avanzaba y entró en el vértice "donde se besan el parante y el travesaño”, clara, implacable después de rozar el guante derecho del desesperado y solitario arquero. Fue un acto exquisito sacado de la galera, un gol para no olvidar nunca, uno de esos instantes que hacen más bello al fútbol, si cabe.
 
Minutos después le tocó a Lampe. Tiro libre para Chile, Cobra Alexis, curtido el hombre, buen disparo, la pelota pasa la barrera que tapa la visibilidad del espigado guardameta boliviano y se dirige a la parte inferior del arco, a la derecha junto al palo. Lampe se estira y saca el balón, una imposibilidad hecha posible.
 
Chile no fue, ciertamente, el Chile campeón de América, los mismos jugadores no hicieron lo mismo. Es más que Bolivia, sin duda, pero tener el balón casi el 80% del tiempo sirve de muy poco si no hay una sola idea clara, tanto que el gol de apertura llega por un regalo (espantosa rutina de Bolivia) de un jugador de la verde. Atacó y atacó impíamente y estuvo a punto un par de veces, cierto. La boca del estómago de Zenteno evitó un gol, y un enredo en el área mató otro gol.
 
¿Bolivia mereció el empate? Sobradamente, porque sus dos murallas se encargaron de eso. Porque su soberbio gol lo ameritaba, porque entendió como desarmar el andamiaje de Chile, porque, a fin de cuentas, trabajó con las escasas armas que tenía, lejos, muy lejos del talento de aquel cuadro mítico que le tocó a Julio César Baldivieso hace más de dos décadas.

El inexistente penal cobrado por el malhadado árbitro estadounidense, cuyo nombre no merece recordarse, está ya entre las mayores canalladas de esta Copa centenaria.

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