Fútbol vertebral

¡Portugal para todo el mundo!

lunes, 11 de julio de 2016 · 00:00
Lágrimas distintas. Los dos mejores jugadores del mundo rompieron a llorar en la final. Lio Messi amargado por su tercer título perdido, triste porque no pudo ser el jugador que debió ser en esas finales. Frustrado porque le faltó la sangre para estar cuando tenía que estar… Cristiano roto en medio del campo, con lágrimas de impotencia tras la imposibilidad de seguir en el campo, porque sospechó que podía perder la final de su vida. Pero lloró también al terminar el partido sin poder creer lo que su equipo sin él pudo hacer en una final que todos inclinaban para la selección que había ganado el Mundial en ese mismo estadio. Dos llantos distintos, dos historias parecidas, dos rivales espiritualmente tan alejados el uno del otro…

Fue, qué duda cabe, un duelo inolvidable, una batalla en la que la cenicienta recuperó el zapato de cristal cuando parecía imposible. Francia -dijo la calidad- debió perder con Alemania. Portugal -dijo su desabrido paso por la serie de grupos- no debió llegar nunca… Pero los dos llegaron y nos entregaron un partido jugado con las piernas, la cabeza, el corazón, la entraña desde la que sale todo lo que tiene que salir cuando toca la prueba de una vida.
 
Cuando Cristiano, tras un último esfuerzo de volver al césped, asumió que su rodilla no le permitía seguir, Portugal se puso la coraza, el yelmo y recordó su estirpe de pueblo de navegantes y descubridores, de quienes en su historia hicieron de ese pequeño país una potencia mundial. La sangre de Enrique el Navegante corría por las venas de estos hombres que decidieron ganar o morir. Ganaron.
 
Para Francia este partido estaba para la celebración, el título –supusieron- lo habían ganado en la semifinal con quien en términos de fuerza futbolística había sido el mejor de la Eurocopa, Alemania. 
 
Y aunque Griezmann parecía el espolón de proa de la nave ganadora, tras haber escuchado emocionado la marsellesa, lo real es que los azules naufragaron, no por falta de llegada o por incapacidad ofensiva, no, naufragaron porque poco a poco el campo fue administrado por los portugueses. Por primera vez de modo claro, incuestionable, los rojos decidieron ser artífices de su propio destino y no apostaron a esperar el trazo del rival.
 
Contuvieron, trasladaron la pelota, manejaron el medio campo cuando fue necesario, atacaron sin temores y sin complejos, como para demostrar que no dependían de una estrella para ganar. Tres de sus guerreros construyeron la coherencia lusa: Rui Patricio, Joao Mario y Renato. Inmenso el arquero, inmenso tanto como su colega Llorís en el otro arco. J. Mario y Renato se movieron con comodidad y con claridad en el manejo de la pelota, sin dubitación, sin pases a ninguna parte, sin movimientos innecesarios. Pero faltaba la aparición fantasmagórica desde la sombra. Once minutos antes del final del tiempo reglamentario entró el fantasma, el inesperado Eder que había sido un nombre, sólo eso, en toda la Copa. Y Eder hizo una jugada perfecta, amagó, se corrió a la derecha, dio casi una media vuelta y colocó la pelota en el lugar exacto, pegada al palo derecho de Llorís. Era el minuto 109. Era su cita con la historia del fútbol y -¡cómo no!- la cita más trascendental de la historia del fútbol portugués.
 
Portugal mereció la Copa, aunque es cierto que la merecía cualquiera de los dos. Uno debe olvidarse de lo que los dos cuadros hicieron en todos sus partidos anteriores, porque este partido era el de dos finalistas, era el de dos equipos que mostraron lo mejor del fútbol europeo. ¿Es que fue un dechado de técnica, calidad y magia? No necesariamente, pero en este estadio se respiró y se transpiró fútbol, la intensidad, la vocación de gol, la tensión inclaudicable por llegar al arco. Sin esos dos gigantes en la meta el encuentro pudo terminar con cuatro o cinco goles, no cualquier gol, tantos magníficos que apagaron los arqueros y los palos. Pogba no fue nada, Sissoko se fue desdibujando después de un gran comienzo, Matuidi no alcanzó para controlar los espacios geográficos del centro del campo.
 
En el otro lado, el técnico Fernando Santos que perdió su primer matador, supo leer el partido, supo administrar los cambios e hizo la apuesta más arriesgada de su carrera, poner a alguien por el que nadie daba una moneda, ese, el mismo que hizo estallar de alegría a todo Portugal…
 
Francia fue más agresiva pero menos clara, acabó mareada y sin entender por qué se le escapaba la arena entre los dedos. Portugal se encontró, ¡por fin!, con lo que venía buscando desde aquella final que perdió en casa frente a una Grecia más que mediocre doce años antes. ¿Es el mejor equipo de Europa? Ayer lo fue y con eso basta.


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