“La Paz y el Club Bolívar

sábado, 16 de julio de 2016 · 00:00
Llega el mes de julio y con él, un gran fervor de paceñidad. Leemos múltiples artículos sobre La Paz de ayer y la de hoy. Vemos muchas fotografías que nos evocan y transportan a épocas y eventos que pasaron pero que permanecen adheridos a sus muros porque la muerte no fue suficiente entierro para echarlos al olvido.

Julio nos invita a andar por las calles paceñas, a sentarnos en sus plazas o husmear en sus casonas, a caminar por más de cuatro siglos de renovada búsqueda de libertad,  acompañar a Pedro Domingo Murillo subiendo al patíbulo con orgulloso gesto y tranquilo heroísmo, a redactar el primero y más hermoso documento de la independencia americana junto a Jiménez, Indaburo, Sagárnaga, Jaén, Bueno: "Hasta aquí hemos vivido una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria...”, a seguir a través de sus murmullos y espejos repetidos, sin que nadie sepa muy bien dónde están los límites de la vida y de la muerte.

También nos invita, a los miembros de esta enorme cofradía celeste, a tratar de hacer una compaginación de lugar de nuestra ciudad en 1925 del intercambio urbano rural, del castellano y el aymara, de la calle Supay, de la del Recreo, de los extramuros de Kellapata, de las casonas con sus patios solariegos, del repicar de las campanas, del tambo, la recova y la vida de liberales y republicanos. En ese año un grupo de jóvenes paceños, muy cerca de la Plaza de Armas funda el Club Bolívar, tomando los colores del magnífico cielo azul de La Paz y de la transparente nieve de la cordillera andina que la rodea. Ahí está el Illimani, el Achachila poderoso, dios inseparable de la vida paceña.

  La Paz es una ciudad mestiza por excelencia, más bien dos ciudades en una simbiosis cosmológica: Nuestra Señora de La Paz la de habla castellana y Chuquiago Marka, el rostro aymara. Cada una de estas ciudades tiene su lengua, sus fiestas, sus tradiciones y su geografía. El Bolívar nació para transversalizarlas,  para anidarse en el corazón de la mayoría de los paceños.

   El paso del tiempo ha ido complejizando el desarrollo de esta ciudad, donde se entreveran, hasta casi volverse inentendibles, las voces y los susurros de tantas generaciones aprisionadas en la hoyada. El Bolívar acompañó el crecimiento de la ciudad y de su siamesa El Alto y ha sido el embajador que llevó su nombre a todos los confines del país y también al exterior para ser inequívocamente conocido y reconocido.

Seguramente los fundadores del Bolívar pensaron en la sentencia de ese inolvidable héroe paceño de 1781 y habrán dicho "creceremos y seremos millones”. Hoy,  los millones de bolivaristas junto a los pepinos, ch’utas, cholitas paceñas y su centinela Felipe Delgado, le rendimos un gran homenaje a nuestra La Paz, a nuestra querida y linda La Paz.
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