1908, la primera gran organización

Los norteamericanos pusieron de moda el grito "ra, ra, ra...", luego de obtener preseas.
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
Página Siete / agencias

No podía fallar. El dicho popular lo vaticinaba: "No hay dos sin tres”. Los Juegos Olímpicos de 1908 estaban destinados a transitar la misma ruta de los de París 1900 y Saint Louis 1904. Es decir, formar parte de una exposición. Pero, ¡atención!, porque fue con una resultante muy diferente, después de... 

Berlín fue la primera ciudad en postularse como sede. De inmediato la siguió Roma, con el fuerte apoyo del rey Víctor Manuel III. Al final de cuentas, ni Berlín ni Roma los iban a albergar.

El 24 de marzo de 1904, en la Mansión House de Londres, el Comité Olímpico Internacional (COI), presidido siempre por Coubertin, votó por Roma. Claro, sin tener en cuenta los celos regionales de los italianos. Tanto Milán como Turín expresaron: "¿Por qué Roma?, si no existe ninguna diferencia con nuestra ciudad”. Y el boicot quedó declarado.

 Estos Juegos Panhelénicos fueron un éxito. Los deportistas europeos estaban ávidos de participar en una competición internacional, los norteamericanos por reafirmar sus triunfos de Saint Louis y los griegos de concretar una organización perfecta para obligar al COI a designar a Atenas sede permanente de los Juegos Olímpicos.

Cerca de un millar de atletas compitieron en Atenas, representando a 20 países. La organización fue la mejor alcanzada hasta esos momentos. El nivel resultó excelente. El Barón se opuso a ubicarlos en el historial olímpico por no cumplir el período de cuatro años entre cada juego y evitar otros intentos de intercalar competencias.



 Después de tantos años de penurias, el restaurador encontró comprensión y apoyo. Lord Desborough, de enorme prestigio por haber cruzado a nado las cataratas del Niágara, hizo pública una declaración: "Es esencial para Inglaterra, que ha sido cuna de tantas modalidades atléticas, que los Juegos Olímpicos se organicen de una manera digna a su reputación deportiva”.

La respuesta no pudo ser mejor. La Exposición Franco-Británica, a realizarse en 1908 para conmemorar  la Entente cordiale, firmada en 1904 entre el rey Eduardo VII y el presidente de Francia, Emilio Loubet, los recibió con los brazos abiertos de par en par.

No se interpuso en la constitución del programa, ni en las fechas de realización dentro del período del 27 de abril al 31 de octubre e inclusive donó un terreno, junto a los stands feriales, para que Coubertin hiciera realidad su sueño de un gran estadio.

Ubicado en el barrio de Shepherd´s Bush, en las afueras de Londres, las dimensiones eran de 235 por 100 metros. El problema a resolver era el dinero para construirlo. Con visión de futuro, los propietarios de la exposición decidieron invertir 220.000 libras esterlinas y así surgió una obra monumental.

Para aquel tiempo, el estadio, más tarde conocido como White City, era una maravilla de diseño. Hasta hoy llamaría la atención por su versatilidad. Capacidad: 70.000 espectadores. Pista de atletismo, con una cuerda de 536,45 metros, rodeada de un anillo de cemento para el ciclismo de 603,50 metros y campo de césped para la práctica de fútbol, rugby y hockey. Como si eso fuera poco, en uno de los costados, estaba la pileta de natación de 100 metros de largo y 17 de ancho. Y se demoró apenas nueve meses para ponerlo en actividad.

Múltiples medallas y un grito

 El atletismo era en esa época y lo es aún hoy el deporte individual de mayor atracción. Las tribunas se colmaron día a día. En la segunda jornada, en el lanzamiento del martillo, el norteamericano John Flanagan aventajó por muy poco al británico McGrath, poseedor del récord mundial, que se había lesionado en el precalentamiento.

Ese éxito significaba para Flanagan la tercera medalla de oro olímpica consecutiva de esa especialidad. El y sus compatriotas lo festejaron con unos gritos eufóricos: "ra, ra, ra...”, los que fueron tomados como ofensivos por el público, que respondió con silbidos y abucheos.

Esa fue la declaración de una guerra anglo-americana, ya que los norteamericanos repitieron esos gritos ante cada triunfo y el público inglés le respondió de la misma manera para establecer el primer capítulo de un extenso anecdotario de las reacciones de los espectadores en los Juegos Olímpicos.

Y hablando de múltiples medallas, debemos mencionar nuevamente a Ray Ewry, conocido como el Hombre de Goma. El indiscutido rey de los saltos sin impulso venció, a los 35 años, en alto y en largo para totalizar ocho medallas de oro en sus participaciones en París, St. Louis y Londres.

La mayor producción en pruebas individuales hasta nuestro días y eso sin contabilizar las dos que obtuvo en los Juegos Panahelénicos Olímpicos Atenas 1906. Un portento, capaz de superar una poliomielitis y llegar a la cumbre de una especialidad dejada de practicar tras la Primera Guerra Mundial.

 

 
 
 
 

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