Uruguay domina el fútbol mundial

El COI permitió a las mujeres participar en las disciplinas de gimnasia y atletismo.
jueves, 28 de julio de 2016 · 00:00
Página Siete / Agencias

Los Juegos de Ámsterdam se disputaron del 17 de mayo al 12 de agosto.  Retornó de Alemania. La llama olímpica se encendió por primera vez. Los estadounidenses desembarcaron con un millar de cajas de Coca-Cola. Las mujeres debutaron en atletismo. Nurmi aumentó su capital (oro en 10.000 m), al igual que Weismuller (100 m libres y 4x200 m). Uruguay demostró su poder en el fútbol. 
 
Ámsterdam 1928 contó con una atmósfera de paz y armonía. Un símbolo de esa paz y armonía lo constituyó el gesto del remero australiano Henry Pearce, cuando detuvo su bote a mitad de camino de los cuartos de final del single scull para permitir el paso de una familia de patos.

En la actualidad es muy difícil la existencia de patos en un pista de remo, pero me preguntó: ¿La reacción sería la misma? Como corolario de esta simple anécdota, digamos que pese a esa detención, Pearce se clasificó y, luego, ganó la medalla de oro.

Pese a que el Gobierno y la corona no pusieron mayor interés en su organización, fue el fervor popular el actor principal para la realización de esta justa, pues las instalaciones fueron sufragadas a través de colectas, poniendo en evidencia la sensibilidad deportiva de los holandeses para crear un clima ideal. Las instalaciones, todas agrupadas, fueron construidas en una zona pantanosa, producto de la eterna lucha por ganarle terreno al mar. Sobre 4.500 pilares de cemento se levantó el estadio, con capacidad para 40.000 personas, con una pista de atletismo de 400 metros, circunvalada por una de ciclismo de 500 metros. El pabellón para el boxeo y la lucha albergaba 4.500 espectadores y unos 6.000, las tribunas de la pileta de natación de 50 metros.

No existió en esta ocasión la Ciudad o Villa Olímpica por el enorme costo de su construcción. Las delegaciones se hospedaron en cuarteles, escuelas, centros deportivos o en los barcos que las trasladaron a Ámsterdam. Los norteamericanos en el trasatlántico Roosevelt y los italianos en el Solunto. Los Juegos de la ciudad holandesa fueron una revolución en muchos aspectos. El primero sin el barón de Coubertin como máximo responsable olímpico. El dirigente francés había dejado su cargo tres años antes y el relevo lo había tomado otro aristócrata, el belga Henri de Baillet-Latour.

El deporte femenino

 En Ámsterdam se les permitió a las mujeres participar en gimnasia y atletismo. Esta decisión fue objeto de numerosas críticas, incluida la del Papa Pío XI, que calificó de inhumana la carrera de 800 metros que se incluyó en el programa.

De hecho, varias atletas llegaron a la meta en muy malas condiciones físicas, algunas se desmayaron y esta distancia no volvería a aparecer hasta los Juegos de Roma 1960. La gimnasia también resultó un pequeño fiasco y tardó 28 años en reaparecer en el programa olímpico.

El fantasma del profesionalismo cubría el cielo olímpico y ante una resolución del Comité Olímpico Internacional, que no admitía la reclasificación de los profesionales, la Federación Internacional de Tenis decidió no estar presente en Ámsterdam.

La llama olímpica

 Con lluvia y niebla y sin la presencia de la reina Guillermina, que se negó a presidir el acto, el 28 de julio de 1928 se realizó el acto de apertura. Contó con dos novedades que aún perduran. La primera, Grecia encabezó el desfile y lo cerró Holanda por ser el país sede. La otra, la llama olímpica fue encendida en lo alto de una torre de 45 metros ubicada en el estadio. 

En el aspecto deportivo, continuó el reinado de Paavo Nurmi y Johnny Weismuller. Hungría ganó su primera medalla de oro, de las siete consecutivas que obtuvo en la prueba de sable por equipos en esgrima. El equipo húngaro era liderado por Attila Petschauèr, quién venció en los 20 matches que sostuvo. Petschauèr murió torturado por la propia Policía húngara en 1943, por la simple razón de ser judío. Otro miembro del mismo equipo, János Garay, murió en un campo de concentración nazi.


Reina el fútbol rioplatense

 "Creo en el triunfo de los sudamericanos y mi más ferviente deseo es llegar a la final con nuestros hermanos argentinos y poder demostrar a los europeos que, en la lejana América, se juega un fútbol inteligente y habilidoso”, expresó el capitán uruguayo José Nasazzi a su llegada a Francia.

Su deseo se hizo realidad. Uruguay llegó a la final con el poderoso equipo argentino. En el juego  empataron en un gol, disputaron  el suplementario y se mantuvo la igualdad, razón por lo que hubo  necesidad de jugar otro partido y Uruguay triunfó  2 a 1, para quedarse con la segunda medalla de oro consecutiva y dominar el espectro futbolístico.

 

 
 
 
 

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