Minuto 90

Para la memoria de una nación anhelante

lunes, 17 de junio de 2019 · 00:00


Guido Loayza MariacaExpresidente de la  FBF
 

En sus casi doscientos años de existencia, Bolivia ha desarrollado un espíritu nacional vigoroso y persistente a través de generaciones y eso tomando en cuenta que, desafortunadamente, tuvo al menos dos enfrentamientos bélicos decisivos en su vida republicana (un caso excepcional en el continente). En el primero perdimos nuestra salida al Pacífico. Y en el segundo, cuando la ideología nacionalista estaba en su clímax, nos percatamos de que hasta ese momento lo único que nos unía como país era la precariedad, el desconocimiento del patrimonio cultural y territorial. Sería toda esa sangre derramada en el Chaco la que irrigaría la semilla del apasionado espíritu nacional que experimentamos hasta el día de hoy en el siglo XXI.

Conflictos de semejantes consecuencias son suficientes para dejar a un pueblo obnubilado con la idea de Nación. La singularidad boliviana –con dos derrotas social y económicamente devastadoras– hace que vivamos y cultivemos esta intensa experiencia de nación a manera de tragedia y, en gran medida, como anhelo imperioso de redención, de revancha ante la historia. 

Como “guerra incruenta” y lenguaje universal, el fútbol ha permitido a las diversas poblaciones experimentar el fervor nacional en tiempos de paz y, durante el siglo XX, se ha consolidado como un fenómeno que trasciende lo deportivo para instalarse en la cultura popular, la economía, la política y las sociedades de manera orgánica prácticamente en el mundo entero. Himnos, banderas, escudos y rituales colectivos se enfrentan en una suerte de batalla que ejecutan 11 individuos contra otros 11 pero que experimentan una nación contra otra, una colectividad contra otra. 

En ese sentido, la gesta que llevamos a cabo para estar entre los 24 elegidos que jugaron la Copa Mundial de USA 94 no tiene parangón en el siglo XX en cuanto al orgullo nacional se refiere. Sin menoscabar el memorable campeonato sudamericano del 63, la generación que vivió esos noventas atesora un recuerdo que alimenta su ser-boliviano ya no como tragedia o fatalidad sino más bien como gloria y diafanidad. 

En una epopeya de tintes espartanos, una nación empobrecida, despoblada y olvidada entre los meandros de la Amazonia y las alturas del Ande, fue capaz de vencer a la mayor potencia del fútbol planetario y dejar eliminadas a selecciones de la más alta tradición mundialista para estar en la mira de todo el mundo ese verano de 1994 en el Soldier Field de Chicago.

El tiempo ha transcurrido inexorable desde entonces y hoy el pueblo sigue recordando con orgullo los 25 años de esa epopeya del fútbol boliviano. ¿Cómo viví aquel día? García Márquez decía que las cosas solo son como uno las recuerda.

El Jacha Uru había llegado, era una mañana de sol radiante sobre Oak Brook en Illinois. Desperté temprano y se me arremolinaban visiones: El Congreso de Sucre con Percy Luza, las reuniones con la Liga y las asociaciones contándoles un sueño en forma de proyecto para nuestro fútbol, mi nominación por aclamación. La primera cena con Xabier Azkargorta y la primera de mil pláticas de fútbol. Las concentraciones, siempre juntos dirigentes, cuerpo técnico y jugadores y en las mismas condiciones. Los vestuarios, los partidos, las jugadas, los detalles. El periodismo, desde su agresividad inicial hasta su compromiso final. Nuestro público, escéptico en los partidos de preparación y ese fervor después de la Copa América hasta la clasificación la incorporación de los jóvenes carapintadas y los niños con sus madres.

 

La jornada del 17 de junio

Empezamos el día tranquilos, como si no estuviéramos a horas de jugar un partido que iba a concentrar la mirada de más de 2.000 millones de personas de todos los rincones del orbe. Seguramente muchos se preguntarían si Bolivia estaba en el Magreb y buscarían en los mapas su ubicación. La tranquilidad de Azkargorta se contagiaba a sus pupilos y contrastaba con la laboriosidad de los pocos dirigentes que estaban con el grupo. La intimidad se rompió cuando una alta autoridad llamó para desearnos éxito y entonces todos los jugadores que rodeaban el teléfono se tomaron los genitales para espantar cualquier mal agüero. Costumbre muy futbolera.

Llegó la hora de ir al estadio. La parafernalia de las fuerzas especiales era impresionante: la caravana de vehículos custodiando el bus, los helicópteros, la ausencia total de otros vehículos en ambas direcciones de la autopista, los SWATS con sus caras cubiertas y armas de guerra, hasta llegar a las proximidades del imponente Soldier Field donde nos encontramos con contingentes de aficionados con sus banderas tricolores.

El estadio estaba repleto, el palco ocupado por personalidades como Clinton, Sánchez de Lozada, Kohl, Kissinger. El fútbol generó una cumbre de dos horas entre los presidentes de Estados Unidos y Bolivia que encontraron, además del idioma, una serie de coincidencias. Con la ayuda de los caporales que mostraron una imagen fresca y transparente de nuestra juventud, la gran cantidad de bolivianos, que como en el Siles, más que cantar gritaban el himno, logramos el apoyo mayoritario de los asistentes norteamericanos en una auténtica fiesta estival.

En ese contexto llegó el “minuto cero” Ramallo para Sánchez y empezó el Mundial. Muy temprano Riedle casi nos vacuna y nos recordó que estábamos contra el campeón mundial, rápidamente nos concentramos e hicimos un gran primer tiempo.   

En el intermedio hablé con Grondona, me dijo que con lo que aprendí en Argentina siempre tenía algo nuevo para sorprender y que no olvidara que ser dirigente de fútbol no es siempre sinónimo de saber de fútbol. Pelé me recordó que había pronosticado que Bolivia clasificaría y que él había aconsejado hablar con el presidente de Umbro. Ahora, Bolivia estaba jugando el mundial con ropa Umbro.

En el segundo tiempo, en una jugada desafortunada Klinsmann convirtió para Alemania. Bolivia bregó para encontrar la igualdad sin éxito ni aún cuando el presidente de la federación Alemana, que estaba a mi lado, dijo en voz alta Der Teufel ante el ingreso de Etcheverry, el impulso duró poco porque muy pronto salió expulsado y terminó el partido.

Al salir, el presidente Sánchez de Lozada me felicitó por haber acertado. En La Paz me había llamado para pedirme un consejo; estaba muy desanimado de ir al Mundial porque la gente de su entorno le decía “¿Dónde te vas a meter después del quinto gol de los alemanes?” Yo ya le había dicho algo análogo antes de Bolivia-Brasil: “Alemania es una gran potencia y es el campeón mundial pero no ha habido una mejor oportunidad de hacerle un gran partido, empatarle o ganarle que ahora”. 

Se acabó el partido inaugural, el Mundial siguió su curso. Nos equivocamos cuando creíamos que ese sería el punto de inflexión para el fútbol boliviano con la Copa América en Bolivia el 97 y el Mundial del  98.

 Sin embargo, ese 17 de junio del 94 será un símbolo para todos esos jóvenes, hoy de 30 a 50 años, que estaban convencidos que Bolivia era un gran equipo que no podía perder.

Como auténticos soldados, los jugadores de aquella selección representaron en la cancha a una nación anhelante de gloria, de triunfo y de festejo. Por primera vez, esa bandera que a tantas generaciones ha conmovido flameaba triunfante por las calles de todo el territorio sin excepción: mujeres, varones, niños, ancianos, obreros, empresarios, militares, civiles, collas, cambas, chapacos, todos los bolivianos amparados bajo el manto de una nación orgullosa, en un momento tatuado en la retina y el corazón de los que tuvieron la dicha de ser testigos de una campaña que es un hito monumental en nuestra historia nacional.

 

 

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