Crónica

Esperando a Alice Ann Munro

Carlos Decker-Molina
jueves, 10 de octubre de 2013 · 21:51
Faltan aún 45 minutos para las 13:00 -hora sueca- para saber quién es Nobel de Literatura 2013. Mientras esperamos que se abra la puerta de la vieja bolsa, pienso que el libro en general es un corazón sangrante, por la mutación tecnológica, pero vivo. Depende del lector para que mañana siga respirando buena salud al precio de ser leído en una plataforma moderna, en edición barata o en empaste de lujo. En este proceso de la vida de un libro, los premios son parte del oxígeno.
(Y la famosa puerta, que se abrirá y permitirá ver al secretario permanente Peter Englund, sigue cerrada).
Hay, obviamente, premios y premios. El único de carácter universal es el Nobel de Literatura, que tiene dos enemigos acérrimos: el mercado y el Estado.
El mercado protesta porque el premio concedido recae en un desconocido o en alguien que no vende mucho (Le Clezió, por ejemplo); y el Estado, cuando el escritor es un disidente. Además, hay Estados que piensan que la Academia sueca es un apéndice del aparato -como en China-, por eso se atreven a reclamar a su homónimo de Suecia que, realmente, no tiene nada que ver.
(Peter Englund debe estar al otro lado de esta puerta pesada, mirando el viejo reloj que sonará con ruido de vieja campanilla. Estando en las primeras filas, es audible. Aún faltan unos minutos).
Personalmente, agregaría a los enemigos históricos de la Academia a la ignorancia sobre el autor premiado. Es más fácil descalificar que admitir el desconocimiento, sobre todo entre algunos colegas. Y, hay otra impericia, la adivinanza sobre el método de elección.
Peter Englund, secretario de la Academia, dice que el proceso es largo y detallado: "Se investiga, se lee, se hacen traducciones de prueba, se contratan expertos lectores en el exterior, esto último pone en riesgo la confidencialidad del proceso, pero hay que correr esos riesgos, a pesar de los documentos que suscribimos para evitar las filtraciones. El premio es resultado de un trabajo investigativo profundo y serio”.
Suena la campanilla del viejo reloj, se abre la puerta. Se ve la figura de Englund muy dueño de sí mismo. Sonríe y dice: "Este año es una mujer”. Murmullos de asentimiento en la sala y luego Peter Englund continúa: "El premio Nobel de Literatura 2013 es la canadiense Alice Munro”. Ya no escucho nada más. Me siento contento de haberla leído hace un par de años.
Me conmovió la lectura de la vida de unas mujeres atrapadas en la rutina, invisibles, abnegadas (como las madres bolivianas de mi tiempo) y aparentemente conformes de ser la luna de sus hombres. Luna, digo, por el contenido poético que oculta el nombre científico de satélite. Las mujeres de la obra de Munro no son sólo esposas virtuosas, sino hijas que cuidan a sus padres cuando éstos han iniciado el viaje sin retorno.
Esas mujeres, las lunas de Júpiter, están a la espera de una emoción que es como se disfraza la pasión; sí, aunque sea breve, el ardor les devuelva el brillo a sus existencias. Las Lunas de Júpiter, el único libro del que puedo hablar de la Nobel de este año, es una colección de mujeres que moran en la cúspide de barrancos abismales, mujeres infieles, algunas insensatas, otras frías, pero todas alumbradas por el rayo de un sol muy lejano.
Alice Munro nació en julio de 1931 y su producción no pasa de los 15 libros. Ha recibido otros premios tanto en su país como en España; escribe en inglés. Es "la maestra de los cuentos cortos contemporáneos”, en criterio de la Academia Sueca de la Lengua.
Es una ganadora que no producirá el debate del año pasado. Todos, o casi todos (siempre hay un descontento), quieren a la "Grand old Lady” de la literatura canadiense. La mayoría de sus libros están traducidos al español.
Tendré el privilegio de conocerla el 13 de diciembre, cuando llegue a Estocolmo a recibir el premio.
 
Carlos Decker-Molina / Especial para Página Siete / Estocolmo.

 

 


   

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