De ahí viene

Óscar García
sábado, 12 de octubre de 2013 · 20:46
Atahuallpa mandó a matar a Huáscar, su medio hermano, y a toda su estirpe. Hijas, sobrinos, tías, compadres, tías abuelas, medios sobrinos y cualquiera que hubiera tenido una pizca de sangre de Huáscar fue muerto. Y se hizo Atahuallpa del trono y a su vez Pizarro se hizo del trono de Atahuallpa, y al mismo tiempo el rey se hizo de la plata de Pizarro y la reina de todas las riquezas del rey. Y así nació la tonada de la rana, de la rana que estaba sentada cantando debajo del agua. Es que el poder se reproduce, se multiplica, se aprehende. Pasa de cabeza grande a cabeza chica, de bolsillo lleno a bolsillo discreto. La violencia se reproduce también como una forma perversa del poder y la gente se maltrata, se golpea, se insulta, se empuja del puente, se mata.
Como Atahuallpa mandó a sufrir a los parientes de Huáscar, Pizarro mandó a sufrir al pueblo del Inca rey y seguramente el pueblo, en el interior de sus privadas habitaciones sin puerta, mandaba a sufrir a sus inmediatos parientes también, y a los más débiles. Si de heredades se trata, a lo mejor por estos lares se siguen heredando las heridas de hace más de 500 años. Y sirven para soñar al otro y para agacharse ante el otro-otro. Sirve para andar por la vida con total soltura, engañando y haciéndose engañar, vendiendo a propósito cosas que no sirven para comprar luego con la plata acumulada casas que están lejos y que tampoco sirven. La heredad y las heridas, encendidas ambas, han sabido de a poco modelar conductas que terminan bailando por doquier, sea en las calles adornadas o en los cuartos destilando aromas de elegancia o en las oficinas o en la catedral.
De ahí vienen las pesadillas más antiguas y las más extrañas de las inseguridades. Es un legado, uno de los tantos buenos como malos, de los que cada día al despertar se deben poner en el maletín o en el bolso, en el peinado casual como en la permanente con fijador de largo alcance. Cada día se deben guardar, y no precisamente en orden, las consabidas mil maneras de hacer trampa a los otros seres, trampa al perro para que no salga a la calle y trampa al trabajador para evitar pagarle por su trabajo. Trampa para evitar la multa por una infracción de tránsito y trampa a todas las leyes posibles para no volver a bajar al mundo de los pobres diablos. Se debe guardar en el bolso de ocasión un sinfín de sospechas que acompañarán al muerto y a sus deudos, hasta el fin de los siglos. Sospechas que se dividen en buenas, malas e inocuas. Las buenas parecen ser las sospechas de infidelidad y de mata-cambios y de malos pagadores. Las malas, de discursos y de promesas y de fidelidades, de lealtades y de triunfos en el exterior, del sabor artificial y del súbito enriquecimiento de la vecina que ni trabajo tenía. Las sospechas inocuas se relacionan con el funcionamiento de las cosas, que si la tostadora prenderá, que si el foco está quemado o más o menos nomás, que si el frasco de crema finalmente se abrirá, que si el número de celular en cuestión será el del tipo que se llevó a la hermana, o no.
Entonces, con trampas y sospechas cargadas salen las personas a cumplir regularmente con sus maneras de vivir y es así que se conocen. Se presentan, se hacen caras felices, se hacen likes en la red y se invitan finalmente a tomar una taza de café. Cada quien con sus propias trampas y con sus propias sospechas cuya heredad es, por cierto, común. Se conocen los seres y se intercambian saludos y cosas como tarjetas y/o puntabolas y meas tarde, parientes y con suerte, en algún momento de la historia, fluidos.
Pero luego, a una distancia lineal de varios años, se desconocen otra vez habiéndose hecho a esas alturas las suficientes trampas y habiéndose dicho las suficientes macanas, y habiendo conspirado y habiendo sospechado infinidad de veces. Se alejan y se deben plata, se borran de todas las listas posibles, pero no de la lista de la piel ni del hueso húmero que no acaba de entender cómo es que las personas funcionan. Se terminan mandando demandas sin posibilidades de éxito y engordan a otros seres cuyo trabajo consiste, justamente, en llevar y traer demandas de toda clase. Desde demandas por sacar la lengua al rey hasta demandas por hacer pis en la esquina donde duermen para siempre los expedientes de los casos sin voluntad.
Así las heredades y las acciones, así las heredades y sus resultados, picantes, coloridos, casi siempre con tendencias al desorden, llorosos, abusivos, tiernos, multifónicos, polivalentes. Resultados de heredades criminosos, divinos, cósmicos. Y no son heredades a voluntad, son lo que son y así estamos transitando por el mundo.

Óscar García es músico

Se alejan y se deben plata, se borran de todas las listas posibles, pero no de la lista de la piel ni del hueso húmero que no acaba de entender cómo es que las personas funcionan.

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