Tan solito estaba el hombre

viernes, 18 de octubre de 2013 · 22:21
Óscar García
La sala estaba vacía y el Llanero Solitario más solitario que nunca, sentado en una butaca a oscuras, allá adelante, donde la película se ve en forma de trapecio. Sólo y esperando que la multitud lo aclame, el Llanero espera a su Toro pero éste no llega porque está en su lugar, lejos, ocupado siendo feliz.
Toro no es tonto aunque la sonoridad de su nombre lo haga parecer así. No es tonto porque sabe cosas que el Llanero no sabe. En verdad,  el Llanero no sabe mucho más del mundo que las cosas que le enseñaron del mundo en los sitios en los que el mundo se limita a las historias de la imprenta y de las princesas y de las bondades con las que fue recibido el insigne descubridor al haber arribado a tierras desconocidas.
 Sabe que la radio es un avance estremecedor y también que es bueno descansar escuchando una sonata escrita para la hora de la siesta. Sabe que las arenas son bichos y no arácnidos como lo sabe el tonto Toro. Pero se llevan bien.
Al menos eso cree sentado en la sala esperando al público al que se debe porque es el que al final de cuentas, le paga las cuentas entre las que se cuenta, a saber, unas camisas de las más elegantes con elegancia cuasi italiana. No se nota pero se nota. Se mira fina la prenda pero ligeramente descuidada. De eso se trata.
No hay que ostentar pero la marca se tiene que notar,  si no, no sirve. Toro no sabe de esas cosas porque su Mercado, del cual se provee, oferta las mismas finuras pero usadas, traídas de otros cuerpos y de otros roperos. La talla es importante, por supuesto, y la funcionalidad. A veces hasta la marca molesta y Toro la saca con su cortaplumas que en algunas oportunidades oculta cuando tiene que posar para efectos y asuntos antropológicos.
Entonces en la foto sale con su flecha y no con su múltiple herramienta usada en ocasiones de las más disímiles. Desde abrir una lata de sardinas hasta deschapar la puerta de un departamento que la hermana con un esfuerzo sobrehumano, compró en la capital de departamento, para que el Llanero Solitario, dado el caso, se aloje. Pero no lo hizo porque una de las cuentas que el público paga  es el alojamiento en lugares que cuenten con las mínimas condiciones exigidas por el solitario.
 Condiciones como las más simples y elementales, que en la habitación haya agua, pero embotellada y francesa, o que haya una cama más grande y cómoda que las que solía usar María Antonieta en una película porque, ya se sabe, la vida se divide entre verdades y películas, entre asesinos reales y asesinos de mentiras, entre ladrones inventados y simpáticos y ladrones reales que roban a personas reales.
Entre estafadores seductores y estafadores sin mayor chiste que una banana. La vida, Toro sabe, transcurre entre las faenas del campo y entre las faenas de la ciudad. En el camino se da tiempo para atender al Llanero que por algún motivo carga una de sus culpas que pretende con Toro sacársela de encima. Hace un tiempo le ofreció unas baratijas que brillaban. Toro les sacó una foto y las subió a internet para averiguar su real valor. Y ahí mismo el Llanero se agachó y a la sombra de un árbol lloró. Y ahí mismo una abeja lo picó y el viento cargado de arena a sus ojos entró.
Le fue mal, fue un mal día. Pero ya llegaría a su confortable habitación a tomar un baño de inmersión con burbujas y patito y una canción francesa sonando al fondo para enfatizar el ambiente cercano a la paz mundial.
Ya no son Toros los de antes, reflexionaba solitario el Llanero Solitario en una butaca de la sala despoblada. Ya no son los de antes. Ahora exigen  plata para todo. ¿Que si la foto? Plata. ¿Que si grábame tu canción? Plata. ¿Que si preséntame a tu hermana? Plata. ¿Que si llévame a tu hábitat? Plata. Antes no había que hacer nada, entonces no había culpa alguna que redimir ni barro que pisar ni víbora que comer.
Antes los Toros no usaban chainfon, ahora sí y tienen novia y viajan a Ecuador para juntarse y se juntan para hablar y para escuchar. El Llanero habla y habla y habla y se hace sacar foto y sonríe como con pena porque antes todo el crédito era para él, pero en estos momentos ya no hay caso porque Saramago con todo su comunismo en la pluma dijo que arreglen  el asunto de los indígenas ya sea en el norte o en el sur porque para el caso da lo mismo.
Por eso el solitario Llanero es ahora más solitario que nunca. Sin embargo, sigue esperando como el señor ese que hace dos décadas está esperando que la señorita en cuestión un beso le dé y la señorita se escurre a veces y otras se escurre el señor. Cosas que pasan en estos tiempos escurridizos y penosos y alegres en los que a veces sale el sol por poco tiempo y hay que aprovechar para hacer un asado a orillas de la felicidad.

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