Ocho y medio

Yvy Marey: Más allá de las palabras

sábado, 19 de octubre de 2013 · 20:42
Mauricio Souza
 Uno: Andrés Caballero, un cineasta blanco (karay), viaja en jeep al sur del país en busca del "otro indígena”. Lo acompaña Yari, un chaperón guaraní. Ésta es la historia contada en Yvy Marey (Tierra sin mal), la quinta película de Juan Carlos Valdivia.
Dos: Yvy Marey extiende, en varios registros, las preocupaciones que Valdivia había explorado en Zona Sur (2009). Lo que en esa película era un retrato de convivencias y desplazamientos culturales difíciles (entre q’aras y aymaras), en Yvy Marey es una persecución deliberada y exploratoria del "otro” indígena (guaraní, esta vez). Es como si, hacia 2006 o 2007, el director hubiese descubierto que es karay  ("blanco”) y esa torturada epifanía lo hubiese empujado a construir, hasta ahora, dos alegóricos y fragmentarios retratos de clase; retratos que, además, rompen con su filmografía anterior: de un eficiente realizador de fábulas convencionales, Valdivia deviene un director reflexivo (en sus temas, en sus estrategias narrativas).
Tres: Al decir que Valdivia pareciera "haber descubierto que es karay”, no es mi intención incurrir en una rudeza gratuita. Hablamos, en realidad, menos de Valdivia y más de los contextos socio-políticos en juego. Importa de hecho poco que Valdivia se haya dado cuenta de su origen q’ara (aunque más vale tarde que nunca), y más que, con el "proceso de cambio”, ese contenido u origen ya no pueda seguir siendo dado por evidente: hoy la visibilidad cultural-corporativa del "otro” exige, de pronto, que los "unos” (los q’aras) anden justificándose a diestra y siniestra.
Cuatro: En tanto consigna de un reclamo por derechos negados, la oposición que maneja la película (originario vs. karay) ha sido y puede seguir siendo un instrumento emancipatorio. Pero en tanto principio organizador de una reflexión identitaria, es, como todas las simplificaciones, una distinción reaccionaria: los "originarios” se convierten en los que "siempre estuvieron aquí” y, por ese hecho, en los que sabrían exactamente lo que son; los "karay”, por su lado, en tanto "recién llegados”, no sabrían nada y deberían deambular por el mundo, eternamente, como gallinas sin huato y a la búsqueda de sí mismos.
Acaso en esto habría que patear el tablero y pensar, como Zavaleta Mercado, que el cambio social exige de hombres y mujeres que, por un momento, también se liberen de sí mismos, es decir, de orígenes cosificados que hay que andar teatralizando públicamente. Quizá tengamos que leer más y bailar menos.
Cinco: En su búsqueda, Yvy Marey –que no es una película documental, pese a que se la anuncia así– combina, en una complejización de lo ya hecho en Zona Sur, varios registros. Es, al mismo tiempo, un relato de aprendizaje (un Bildungsroman iniciático), una película de carretera (a la manera de Mi socio o Cuestión de fe), una "buddy-movie” intercultural (dos extraños aprenden a ser amigos), un ensayo documental, una cosmogonía guaraní y hasta un ejercicio autorreflexivo cercano a Para recibir el canto de los pájaros o También la lluvia (i.e.: películas que tematizan, como parte de su trama, los dilemas éticos de hacer cine sobre "el otro”).
Seis: Aunque el entrelazado de sus varios registros es eficiente y sin costuras a la vista, no todos ellos funcionan. Es claro, por ejemplo, que Valdivia quiere establecer matices en el género "de carretera” (al alejarse, aunque no siempre, de la ligereza "tierna” que suele provocar este pretexto narrativo en nuestro cine) y en el modelo de las  buddy-movies  (sus dos amigos se infligen violencias e insultos varios). Pero, como en Zona Sur, también en Yvy Marey hay un afán de control que –en un registro"filosófico”– explicita machaconamente los sentidos (demasiado cercanos, quizá, a lugares comunes clasemedieros, casi de autoayuda).
La película es así interrumpida por escenas en las que el director, rodeado de objetos emblemáticos –piezas de una naturaleza muerta–, representa y verbaliza sus dilemas: una pluma, tiras de papel tratadas como celuloide, tijeras, una voz en off que discurre sobre las relaciones con el otro, la muerte y el cine. Hay aquí, como en esas escenas de gente aplastada contra las ventanas en Zona Sur, una alegorización gruesa, discursiva. Parece que Valdivia no confía en la realidad y necesita postular objetos simbólicos suplementarios: frascos de vidrio en Zona Sur; una pluma en Yvy Marey, por ejemplo.
Siete: En algún momento, Yari, el guaraní urbanizado, se queja: dice más o menos que deberían dejar de hablar de oposiciones culturales. Ese cansancio será también, me temo, el de varios espectadores. No con la película, tal vez, sino con otro de sus registros: el regreso de sus personajes a la práctica de la interculturalidad como si ésta fuera un torneo antropológico comparativo: "tú crees esto, yo en cambio creo esto otro”, "ustedes hacen el amor así, nosotros asá”, etcétera. Los esquematismos no están muy lejos de la esquina: ¿Los "karay” escuchan música clásica, no mascan coca, escriben con una pluma mont blanc y están preocupados todo el tiempo de la salud de sus vagonetas? Este esquematismo, felizmente, es relativizado por la misma película: sus personajes son, después de todo, personajes y no sólo "representantes de sus culturas”.
Ayuda algo lo ridículo y paródico de sus afanes (¿ir a buscar al "otro” en un jeep cero kilómetros con gafitas y ropa de marca?) y aún más la sospecha de que lo que diferencia a Andrés Caballero de los indios no es "la cultura occidental” sino su casa con 16 cuartos y ese considerable tiempo libre y capital del que dispone para buscarse a sí mismo en el "otro”.
Ocho: Cuando se olvida de su voluntad de decir mucho (con sus diálogos casi pedagógicos, sus soliloquios excesivos, sus alegorías visuales sobredeterminadas), Valdivia dice más. Y lo hace porque sus imágenes sugieren aquello que sus palabras no pueden: el polvo y sus remolinos en la encrucijada de los caminos (una de las más hermosas imágenes del cine boliviano); imponentes árboles auráticos que hay que imaginarse como los de Jesús Urzagasti; un grupo de amigos mirando las estrellas desde la arena; o esos tantos y tantos perros que, en cada pedazo del territorio recorrido, siempre y generosamente nos reconocen como seres humanos.
Y medio: Yvy Marey sea acaso la mejor película de Valdivia. Si le reprochamos que sea tan charlada en su búsqueda o tan didáctica en sus alegorías culturales, lo hacemos conscientes de que es una película que ya parte de un grado cero: está muy bien hecha.

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