Morir en el intento

viernes, 25 de octubre de 2013 · 22:43
Óscar García
La humanidad atraviesa por un largo momento de confusión general al parecer con varios síntomas y multiples causas. El incremento de la población en China, el incremento de indios científicos al servicio de multinacionales especializadas en tecnología, el descubrimiento de lo venenosa que es el azúcar, los matrimonios permitidos entre neonazis, la proliferación de líderes con altísimos niveles de psicopatías del poder y sus absurdas consecuencias, las cada vez más altas exigencias en la calidad de espectáculos que comienzan con cinco segundos de retraso, la subida en las cotizaciones de jugadores procedentes del África ardiente, la desaparición de 500 especies de animales y de ocho platelmintos y quizás también el cambio climático que repercute en el cambio de humor de una señora que maneja pésimo y que causa, cuando va a su té de solidaridad con los pobres productores de oleaginosas para el tercer mundo, un choque multiple en el cual se vio afectada una niña de 11 años que ya estaba lista para competir no para miss nada, sino para la mejor jugadora de ajedrez de la zona norte, y no pudo porque al chocar el vehículo en el que iba se golpeó la cabeza con tal mala suerte que olvidó cómo era que se movía el caballo en el ajedrez pero se acordó dónde había puesto la puntabola lila que creyó robada, hace siete meses.
El estado de confusión general, en poblaciones con la esperanza de una mejor vida por debajo de lo permitido, las llevó a estados anímicos extremos hacia abajo, hacia la profunda depresión y este hecho llevó a las gentes a tomar medidas extremas: el suicidio, pero no colectivo.
Lo que hay que destacar, empero, es que las personas de estos grupos socialmente deprimidos optaron por acciones sumamente creativas y novedosas, lo que significó su inmediata popularidad en YouTube y un considerable incremento en sus ingresos.
El motivo, las formas del suicidio, las extrañas formas de la autoeliminación. Las reveladoras y audaces maneras de morir que superan, de lejos, a cualquier accidente absurdo y a cualquier frase de la revolución pop y folk y a cualquier intento desmedido de autores para seguir en la vitrina de la ciudad de las alturas.
Un sujeto, cuyo nombre será ficticio para no dañar la reputación tan bien ganada en años de haber estado trabajando para ello, se llama Armonio Corvalán y perdió su trabajo por tomar de más.
Supo ser encargado de negocios del Estado Plurinacional en la República de Congo. Jamás aprendió el idioma, jamás le interesó, parecía un ciudadano coreano viviendo en Lima y dedicado a la gastronomía. La cosa es que habiendo perdido el trabajo en Congo, retornó sin pena ni Gloria.
 Gloria fue su segunda esposa pero se escapó con un moreno robusto, inteligente, bien dotado y con trabajo fijo en un banco de su ciudad capital.
Armonio llegó al país triste y derrotado, desesperanzado y encima, leyó en el avión los periódicos de sus naciones porque no es una sino 36. Leyó las noticias y se dio cuenta sin mayor análisis que el poder absoluto corrompe absolutamente. Esta última constatación fue la que lo convenció de tomar la medida más extrema de las medidas extremas: la automuerte.
Y pensó y pensó y pensó y en eso se durmió. Al despertar supo que había soñado con la mejor forma para terminar con su existencia, por lo que se apuró, ya estando en tierra firme, en llegar a su departamento de la zona Sur que había adquirido al contado con los ingresos de su sacrificada labor en un cargo público de última generación.
Abrió la puerta, se acomodó con tranquilidad en un sillón, respiró profundamente y se dispuso a morir. Tomó el control remoto de un equipo de sonido también de última generación pero chino y activó la tecla play y puso sin dudar ni un segundo la obra completa de Ricardo Arjona.
Así esperó la muerte que al cabo de horas de estar escuchando al cantautor, no sucedió. Eso le causó aún más dolor y desazón. Una profunda tristeza le rodeo el alma y buscó una nueva solución.
Pensó que podría ver sin interrupciones y durante un día entero un medio de comunicación oficial o grabar todos los capítulos de un concurso de imitadores, o escuchar discursos de toda índole y a buen volumen.
Podría, se le ocurrió, asistir a una sesión de horas de charla con un ser recién convertido, ya sea al cristianismo, al musulmanismo, al veganismo, al satanismo, a la sanidad total, al otro equipo, a la revolución del afecto. Podría saltar de un puente pero con liga para ir y venir de la vida a la muerte y viceversa, durante más de media hora y así subir la filmación a la red para ser otra vez popular y no morir en el intento.
Podría dormir un buen día, de noche, y no despertar más, como un acto, digamos, de buena voluntad, para el bien de toda la comunidad y el bien suyo, también.

 

El estado de confusión general, en poblaciones con la esperanza de una mejor vida por debajo de lo permitido, las llevó a estados anímicos extremos, hacia la profunda depresión y este hecho llevo a las gentes a tomar medidas extremas: el suicidio, pero no colectivo.

 

 


   

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