Contante y sonante

El paso de las cosas de comer

viernes, 04 de octubre de 2013 · 22:48
Óscar García

Ahí va un picante rumbo al escritorio número siete contando desde la puerta hasta el interior de la larga oficina multipropósito. Al entrar la señorita que acarrea una bandeja de aluminio tan grande como su cuarto de estudiante, tropieza siempre y cada mañana con cosas que los funcionarios van dejando a medida que llegan. Hay en el piso un maletín, por ejemplo, con contratos que no se firmarán ni el día de San Ramón Nonato. Más allá, también en el piso, hay medias nailon que están ahí hace varias semanas pese a la limpieza exhaustiva que hace un hombre joven de unos 27 años que trabaja en una empresa contratada expresamente para hacer la limpieza de la oficina todos los días, de siete a ocho y cinco, para tenerla lista para cuando lleguen las personas de géneros múltiples a cumplir con sus tareas momentáneas porque así como hoy están ahí, mañana no.
Las medias del pasillo están ahí porque hubo un pedido expreso para que no se las removiera del lugar. Dicen que tiene que ver con una especie de ritual, de mito urbano, de fetichismo. Cuando llega un licenciado se agacha levemente y saluda a las medias. Cuando la encargada del archivo hace su aparición, hace una reverencia a las medias. Cuando el encargado de las macetas llega, saluda con su sombrerito de paja. Los viernes, que es un día cabalístico y sobre todas las cosas es un día de regocijo total y de algarabía, se le hace una pequeña ceremonia a las medias. Se hace campo en la oficina, hay quienes con un desbordante entusiasmo mueven los muebles y los arrinconan para que quede suficiente campo para un militante zapateo en tres por cuatro. Luego, más tarde, llegan unos aguardientes camuflados de expedientes debido a la prohibición expresa de no ingerir bebidas alcohólicas en oficinas públicas. Una vez adentro los aguardientes no hay quién se salve y nadie sale a no ser que esté ya en estado de no salir si no es directo a un lugar más discreto donde se pueda dar rienda suelta a las pasiones o en su defecto al sueño de los justos.
En la celebración hay discursos que nadie escucha, pero ocurren con micrófono y parlante. Hay caras con ojos cerrados que hacen muecas como si de a de veras creyesen en lo que está ocurriendo. Se golpean el pecho dos señoras mientras murmullan algo parecido a una oración en la niebla. Mueven sus cabezas hacia el techo como esperando que ahí no esté el techo sino el cielo, pero simbólicamente lo logran sin mayor preocupación porque es cuestión de voluntad y de sumisión. Luego, mucho más tarde y cuando en la calle ya no se escucha nada y no camina nadie más que un alma en pena de una mujer que en vida ha debido hacer la vida imposible de todos sus esporádicos pretendientes a causa de haber creído que las vidas de los otros eran como sus aretes que se cuelgan y descuelgan a voluntad, los asistentes a la celebración ritual fiesta bacanal ya no entienden nada y suben el volumen a las voces y a las manos, le suben la intensidad al zapateo y al contorno de las caderas. Le suben la intensidad al escote y a las camisas fuera del pantalón. Todos miran con sospecha y con lujuria, todos comen mientras hablan, todas están a punto de irse o de quedarse. Es un pequeño momento en el que ocurre la nada y el tiempo se detiene como esperando que la celebración termine, para seguir de largo y cumplir su papel de sanador de todo.
El lunes espera agazapado al hombre joven de la limpieza, lo espera con dos escobas y cinco alzadores de basura. Veintitrés bolsas negras grandes de basura que en los próximos 500 años recién pasarán a formar parte de la tierra. En esas bolsas irán a parar los vestigios de la celebración, excepto un par de medias nailon que no importa cada lunes si son las mismas de la semana anterior, o nuevas o cambiadas. La cosa es que sigan siendo símbolo de compañerismo y de pasión, de discurso y de ilusión.
Los martes son menos trajinados, los martes tienen algo más apacible, sensación de humo que no por ser el sistema más inestable y caótico tenga que  dejar de ser síntoma de paz y de sosiego. Los martes son como humo en la oficina en la que nadie se mira a los ojos a no ser que sea estrictamente necesario. Los martes hay ranga a partir de las cuatro y cuando el jefe no está, a las tres.
Los miércoles hay más cosas y más picantes, se atreven a salir a los pasillos las piernas de chancho sin medias y aparatosos platos con costillares de toda clase de bichos muertos con anticipación. Y también hay jugos de toda clase y de todo color. Se vio alguna vez unos con apariencia radiactiva pero inofensivos, a lo sumo una que otra diarrea esporádica. Como todo lo que pasa ahí adentro, todo esporádico, todo de paso, todo maquillado. Sólo las medias quedan. El resto pasa como el viento por el medio de la avenida principal de Villazón.

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