De tanto apuro

viernes, 15 de noviembre de 2013 · 23:03
Óscar García
Por ir de prisa hay a veces tropiezos y pérdidas, hay olvidos innecesarios como la hornilla prendida, el agua corriendo, el foco encendido. Hay en la prisa un mundo que alrededor no se mueve a la misma velocidad y envuelve como una manta al cuerpo. El sujeto de la prisa no se detiene a mirar ni a escuchar. En el canto de Luzmila Carpio está una parte del detenerse a escuchar. Sin esa actitud de humildad frente al mundo que vibra en aparente quietud no habría canto ni danza ni palabra organizada.
En la prisa se difumina el detalle y no es poca cosa saber que para observar la portada de, digamos, la iglesia de San Lorenzo, en Potosí, la prisa no ayuda. Ahí están las sirenas y sus charangos como emblema de las adecuaciones y como muestra insistente de la necesidad que tienen las gentes para trascender y sonar, para comunicar sus delirios y sus desánimos, para detallar cada experiencia y cada restricción, para demorar los finales.
Sin el detalle no hay bosque que aguante. Así es quizás que se construyen las obras imperecederas, como los bosques y también como laberintos en los que las gentes distribuyen sus quehaceres y sus penas, como lo hacen con sus pasiones y con sus juguetes. La prisa lleva más rápido a las personas a los lugares y a los contratos, lleva a las personas al banco, al inmediato bocado y a lo mejor al grano.
Y en el medio y sin saberlo, el mundo alrededor se pone opaco y tenue, se difumina. Se pierde el detalle, desaparecen las pequeñeces como si en verdad no importaran. Pero ya se sabe que las cosas grandes están hechas de miniaturas, como las piñatas que a fuerza de golpes suelta sus mínimos contenidos que a los niños sorprenden siempre. En el fondo de la piñata está, por decir, el pequeño auto, el pito que no es necesario.
A lo mejor es el menos necesario de los objetos no necesarios porque hace bulla, más bulla que las matracas porque el pito hace dar rabia y la matraca inquieta, sólo eso. Además, en la piñata, cuando se suelta, cuando se le abre un boquete, salen disparados los objetos como si fuera un volcán al revés y la lava no es lava sino dulces, chicles y muñecas diminutas que caen sin brazos y con sus partes distribuidas en tantos pedazos como una muñeca puede tener.
 Y caen y caen y caen y ahí van los empujones y las risas y los lloros, ahí van las carreras y los humanos diminutos también como las muñecas, disputando cosas innecesarias para darse innecesarios golpes y arañazos que no se necesitan, tampoco.
Así como en el mundo de las piñatas suceden las cosas en el mundo de las calles en las ciudades, que aunque se parezcan unas a otras, no son lo mismo, no suenan igual, no huelen igual ni son de los mismos colores. En las ciudades también se hacen boquetes de donde salen las miserias y los pequeños poderes. De donde salen los seres más raros y los más contenidos. De los boquetes en las ciudades salen perros que parecen rabiosos pero no lo son. Los rabiosos son los bolsillos de los humanos que sin más ni más transfieren a los perros sus ladridos entusiastas y sus ganas de morder la canilla sin pensar en nada más en la estrategia para dañar el hueso ajeno.
De los agujeros negros que las ciudades se han encargado de construir en muchos cientos de años de arduo trabajo emergen, cuando llueve, las sirenas que caminan porque olvidaron en el apuro la cola que les permitía deslizarse por los mares y sin prisa. Salen los hombres topos y los que portan una ilustre foto con cara desfigurada por el ejercicio del poder, sea éste que se ejerce desde un palacio de barro o desde una mata de arbusto puesta en la cabeza, a manera de Marco Aurelio pero en decadencia. Salen desde los oscuros e incomprensibles lugares las gentes apuradas para cumplir con sus importantes asuntos que están casi siempre al borde de la explosión. Y se enferman, y acumulan bienes, se sacan foto en el país de paso, entran al banco inflando el pecho, sacan un teléfono para hacer que hablan con alguien, a buen volumen, desde la ventana de un carro negro recién comprado. Adulan al pintor, dan unas palmaditas al escritor, se apoyan en el hombro de la mujer que canta.
Contemplan con casi una lágrima en el ojo  una pantalla plana más grande que el mapa de Viet Cong  y se dan cuenta que es  tarde. Tarde para el amor, para la reunión, para el paseo en el borde de la montaña, para escuchar al pájaro que saluda a otro pájaro, temprano en la mañana, tarde para el café que hasta eso, por el apuro, se dejó enfriando en una mesa que queda sola en una habitación que queda vacía de gentes, en una casa que queda silenciosa de sonidos humanos, en una cuadra en la que no circulan nada más que los pitos y los gatos silentes y unas piedras que nadie quiere tocar.

Por la prisa se duplican los desentendidos y se multiplican las cosas que ni se dicen, ni se tocan, ni se huelen ni se escuchan. Pero se llega a tiempo, a otro lugar, a hacer otra cosa.

Por ir de prisa hay a veces tropiezos y pérdidas, hay olvidos innecesarios como la hornilla prendida, el agua corriendo, el foco encendido. Hay en la prisa un mundo que alrededor no se mueve a la misma velocidad y envuelve como una manta al cuerpo.


 

 


   

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