El alma de la “mesa”

viernes, 01 de noviembre de 2013 · 22:13
Oscar García
Con la lluvia del primer día de noviembre y con el sol que se da modos para alumbrar y provocar a su vez un arco iris que parece una wincha de las montañas coqueteando al horizonte, llegan las almas.
Eso se dice, claro, y los sentidos de este decir están en la memoria de las gentes viejas y en la cintura de las monjas, en las masitas de las jovencitas, en los zapatos de los tíos buenos, debajo de los almohadones de los sillones, en lo oscuro y en otros seres y en otras cosas.
Las almas que vienen no se aparecen sin nada, no es que llegan, se toman la chichi y el agua que en la mesa se están. No es que vienen a comer bizcochuelo nomás. No se piense que las almas, independientemente de sus orígenes y de sus oficios y sus inclinaciones sexuales, son desconsideradas y llegan a comer y punto. No. También se traen sus cosas, vienen con sus maletas y mochilas cuando no carteras y bultos. Traen lo que pueden del más allá.
Traen cosas que por aquí no se consiguen y como si fuera poco, tienen por lo general una libreta en la que anotan los consejos de parte de las almas que ya no pueden venir. Hay un código estricto en relación a la cantidad de veces que pueden venir a la tierra. No más de dos veces seguidas. Y en caso de haber cumplido las dos veces, deben inscribirse en un concurso para optar por una tercera venida. Por eso es que algunas mesas quedan intactas con sus comidas y con sus bebidas. Pasa que los muertos que pertenecen a esas mesas ya no pueden venir o por no haber concursado, o por haber perdido el concurso o porque, por último, no les da la gana.
De las que vienen, varias se anotan los encargos en sus libretas, raras son las que se aprenden de memoria los encargos porque las almas dudan de la memoria. En vida ya se dieron cuenta de que hay pueblos enteros que no tienen memoria o que olvidan con facilidad, ya sea compromisos, masacres, cuerpos, deudas, votos equivocados y montón de cosas más.
Las almas dudan de la memoria porque al final de cuentas ésta se aloja en un lugar de la masa cerebral y al carecer las almas de ésta, se debiera inferir que no pueden tener las almas memoria. La cosa es que se acuerdan, no se sabe cómo, de a qué mesa acudir y a qué gente visitar. Si no se acordaran habría una penosa confusión de almas y uno terminaría hablando a su abuelita que en realidad no es la abuelita, sino el alma de un vendedor de telas que vendía en la calle Tarija y era palestino de nacimiento.
Sería un despropósito que las almas no sepan dónde llegar a tomar y a comer, y a dejar sus encargos. Así como la gente manda a sus muertos encargos hasta donde sea que van las flamantes almas de los recién idos, las almas al venir traen otros encargos para la gente viva que algún rato sin dudar engrosarán el lugar de todas las almas del planeta.
De los encargos que traen las almas, los hay de toda clase, desde económicos hasta morales, pasando, por supuesto, por encargos de índole factual. O sea, cosas como que "…dice que no olvides apagar la hornilla” o encargos con un poco más de confianza, "…tu alma gemela manda decir que extraña buscar en los contornos de tu cuerpo el punto que hace que el planeta se estremezca”.
De ésos no hay muchos, pero hay más cosas como mensajes de autoayuda para encontrar la felicidad, que no es otra cosa que un estado de la mente que tiene que ver con el estado general de las cosas como el trabajo, los ingresos, las no deudas, los amores correspondidos y la ropa necesaria que combine con la ropa innecesaria.
De estos últimos mensajes los hay simples como "…dice que seas feliz”, "que te quiere mucho”, "que sabe que no tuviste la culpa, déjalo ir” y tantos más que parecen sacados de programa de televisión para entretener a los que miran azorados cómo los engañan sin pedir ni siquiera disculpas.
Entre los encargos que las almas traen hay unos dignos de ser puesto en una cartulina grande en el lugar más visible de la pared que se mira justo al despertar. Uno de ellos, por ejemplo, dice "…que siempre preguntes el porqué de las cosas y de los pensamientos, y de los seres y del funcionamiento de los artefactos”. "Y que nunca dejes que nadie piense por ti, si no puedes pensar solo o sola, hazte elegir para alzar la mano cuando te lo pidan”.
Así las almas y sus quehaceres. No es mucho y no se puede pedir más, llegan una vez al año y el resto del tiempo dónde andarán, quizás en festejo permanente o en profundos actos reflexivos, o como pura energía haciendo crujir los machihembrados y los viejos televisores que todavía funcionan. Pero que traen encargos, los traen: "...y de parte de los muertos de hambre, dicen que no desperdicien el pan. De parte de los muertos sin motivo, que amen los minutos, de los muertos sin haberse dado cuenta, que estén siempre atentos, de las muertas de ganas, que no se guarden, de los muertos por pensar, que ya les va a tocar a los de ahora, es cosa de esperar”.

 

No se piense que las almas, independientemente de sus orígenes y de sus oficios y sus inclinaciones sexuales, son desconsideradas y llegan a comer y punto. No. También se traen sus cosas, vienen con sus maletas y mochilas cuando no carteras y bultos. Traen lo que pueden del más allá.

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