La casa con casas

viernes, 22 de noviembre de 2013 · 21:40

Oscar García
En una antigua calle de la ciudad de La Paz que sube apenas por sobre su propio empedrado hay una casa vieja con grandes ventanas que apenas conservan unos cuantos vidrios sanos. Los vidrios insanos fueron unos rotos por el tiempo y la gran mayoría por el ratero de la cuadra, que se agazapa, que anda de puntitas, sin zapatos, merodea, se hace el borracho dormido, se hace el que tiene ataque de epilepsia y cuando ha engañado a todo el mundo lanza con toda su alma una piedra a la ventana y rompe el vidrio.
Pero no le alcanza para robar, o sea que se escapa y al otro día vuelve. En la casa de los vidrios rotos, que tiene tres pisos visibles y uno más invisible porque da directo al cielo por la falta de techo, entra y sale gente como si nada, todo el rato. Entran unas señoras como salidas de la peluquería, no tanto por su peinado sino porque están hablando sobre la vida ajena y cada una de ellas sabe que mañana la ajena será precisamente una de ellas.
Por eso no pueden darse el lujo de separarse y cuando se despiden, ninguna le da la espalda a la otra o sea que se van de retro, cada una a su puerta, y se saludan de lejos mientras abren la puerta de espaldas a la puerta y tardan un montón hasta atinarle a la chapa con la llave correcta.
Y se entra cada cual a su habitación y corren un poco el visillo para darse el último adiós antes de desaparecer por completo en las sombras de sus cuartos.
En la casona entran junto a todos los que entran y salen tres personajes de lo más extraños, uno de ellos lleva un terno cuyas solapas brillan como si fueran juego de luces de una discoteca. Brillan las solapas pero de tanto no haber ido a la limpieza, con ese brillo que sólo el tiempo da.
El personaje del terno tiene un peinado con jopo que también brilla porque usa Glostora, que es un fijador para cabello que consigue en la única farmacia que todavía tiene el producto y que se encuentra a dos cuadras de la casa y a veces, cuando se hace tarde para salir o cuando es muy urgente, va y toca la puerta de la farmacia con cuatro golpes separados en tres y uno para que el farmacéutico sepa que se trata del comprador de Glostora.
El personaje del terno es una especie de tramitador que se mete en todo y siempre anda junto a otros dos, uno que canta tangos y el otro que lee las cartas españolas.
El que canta tangos acompaña al tramitador en sus correteos y mientras espera que él salga de las oficinas que visita, instala un pequeño parlante en la calle, conecta su reproductor de emepetrés y larga con los tangos y la gente fascinada le pone monedas en una caja. Y el lector de cartas españolas, mientras tanto, con la mirada enigmática y una camisa con bolados, atrae clientes de entre los que escuchan y los convence para anunciarles cosas que no saben que les irá a pasar y aquí jamás pasan.
Así, todos los días, los tres personajes salen, hacen sus cosas y vuelven a la casa y entran ya de noche, pasan por el primer patio, atraviesan el segundo saguán, llegan al segundo patio, bajan unas gradas que dan a un tercer saguán en el que se pone la cosa más oscura y por fin, en el tercer patio, llegan a la puerta de su cuarto que tiene un candado Yale grande y negro que nunca pueden abrir a la primera, sino que a la tercera.
Los tres personajes comparten un cuarto grande y húmedo. Techo alto, ventana única, piso de ladrillo. Las camas se separan con biombo y con cortinas, cuando llegan y prenden la luz, un enorme foco que cuelga al centro del cuarto los alumbra y le da al cuarto la sensación de estar salido de otro tiempo y de otro lugar, hasta que de la radio-casetera sale un huayño.
A la casa entran niños y niñas con guardapolvo y cada niño y cada niña con su mascota. De todas las mascotas destaca una que tiene moño rosado y es una especie de poodle con un raro corte de pelo. Es claro que no proviene de una peluquería especializada sino de la peluquera que atiende adentro de la casa a clientes que viven adentro de la casa. La peluquera se llama Charis y su peluquería, peluquería Charis.
Ahí van todos los que viven en la casa, cada quien en su casa. Y llevan también a las mascotas, no a todas porque no todos pueden pagar una peluquera a su mascota. Por eso hay mascotas elegantes y mascotas a la quete. Que salen y entran con sus dueños que adoran a sus mascotas, no como el detective que llega indefectiblemente borracho y con una trabajadora sexual distinta cada jueves y viernes, y si ve a un perro o gato le apunta con su pistola o le avienta una patada que casi siempre falla porque su equilibrio en esas circunstancias se ve gravemente afectado a causa de la ingesta de varios litros de cerveza o, mejor aún, de una botella de singani que mitad sin respirar y en menos de diez minutos va a parar a su corriente sanguínea.
Y en ese estado entra, pasa el primer patio y haciendo un escándalo sin precedentes cada vez que entra va a instalarse a su casa que es otro de los cuartos que alrededor del segundo patio están distribuidos. Abre su puerta, saca un aparato con parlantes que parecen los cascos de Darth Vader pero de colores, pone una cumbia que no es en verdad una cumbia sino un híbrido de los andes que hace mover los brazos mientras una historia de desamor y alcohol se describe a todo volumen.
El detective se pone a bailar con la miss de turno ante la atónita mirada de los otros vivientes de las casas cuarto que están alrededor. Nadie puede hacer mucho porque mientras baila el detective hace gala de su pistola y de su bragueta abierta y la señora hace gala del contenido de su escote que da la impresión de que en cualquier momento va a explotar y de ahí van a salir todas las mariposas de los cien años de soledad.
La señorita más cotizada vivía en el tercer patio y era recatada. Nunca usaba su pantalón, a tal punto que se le viera toda la parte del poto al agacharse.
No se ponía ropa muy escotada porque sólo el hecho de pasar por dos patios y saguanes la pondría en peligro. Además, sabía que mostrando por demás no iba a ganar más que el deseo sin motivo de los vivientes y, por consiguiente, el odio de las vivientes. Era cotizada porque parecía buena y era buena. Se dedicaba a vender entradas en un cine y se sabía las películas de memoria. Con esa sabiduría juntaba a niños y niñas de las otras casas en el tercer patio cuando hacía buen tiempo, que ocurría rara vez, preparaba chocolate para todos o compraba con su michi sueldo refrescos, y les contaba películas y hacía a las personitas felices porque en esos precisos momentos imaginaban un mundo fuera de la casa llena de casas y se trasladaban a lugares no menos raros pero más amables. La señorita un día los juntó y comenzó a contarles una película: "En una antigua calle de la ciudad de La Paz que sube apenas por sobre su propio empedrado hay una casa vieja con grandes ventanas que apenas conservan unos cuantos vidrios sanos”... 

El detective se pone a bailar con la miss de turno ante la atónita mirada de los otros vivientes de las casas cuarto que están alrededor. Nadie puede hacer mucho porque mientras baila el detective hace gala de su pistola...

 

 


   

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