Carta de intenciones

viernes, 29 de noviembre de 2013 · 23:06

Oscar García
La Paz, ciudad alta, hoyada congestionada, caldero en el que habitan, además de ciudadanos, conductores de pequeños refrigeradores con cuatro ruedas que alteran la paz del universo. Veintitantos de noviembre del año que se acaba.
Querido señor de rojo con panza y barba blanca:
Este año me porté bien, al menos eso creo a juzgar por las felicitaciones que obtuve en varias áreas. Por ejemplo, vi hace no mucho a unos funcionarios hacer unos negocios bastante sospechosos con ciertas adjudicaciones de contratos y no dije nada.
Me callé, por decir algo, en siete idiomas. De esa forma recibí una carta en la que se menciona mi oportuno silencio como aporte a los altos intereses de todas las naciones que conviven en la plaza. Con semejante incentivo me callé dos veces más, una, cuando supe que otra persona funcionando en otra repartición repartió efectivamente a toda su familia en cargos en los que nadie se percataría del notorio parentesco. Pero me di cuenta al verlos juntos, todos vestidos de azul, todos con el mismo jopo, con los labios parecidos, con el mismo apellido y con la misma desvergüenza.
Tienen que ser parientes, pensé y me callé. Otra felicitación obtuve. Y la tercera vez me callé porque me mostraron un palo si hablaba mal de un señor que se encarga de decir a todos que no es su culpa sino de otro ministerio. Tercera felicitación pero esta vez acompañada de una botella de singani de Camargo.
Me porté bien, decía, porque hay maneras de hacerlo sin llamar la atención. Pagué las cuentas imprescindibles y los impuestos, y las patentes, y los permisos, y las licencias, y las multas, y los adelantos de multas al tránsito, y los aportes voluntarios sin recibo y pagué las cuotas de todos los electrodomésticos que ya se han quemado.
Pagué todo eso durante todo el año y cerré la microempresa para dedicarme a no pagar más nada porque el objetivo final de las obligaciones con el fisco tiene que ver con la clausura paulatina de la formalidad para engrosar y fortalecer la informalidad que terminará siendo el único y poderoso motor del funcionamiento de la economía real cuando la ficticia vive de la venta de un hidrocarburo y otros ingresos que provienen de ilícitos negocios crecientes en matas sagradas.
Me porté bien a pesar del guiño de unos ojos y a pesar del guiño de un caballero con maletín y el guiño de varias actividades al borde de la delincuencia. A ninguno de esos guiños respondí. Respondí, empero, todas las llamadas al teléfono celular.
Casi todas para cobrar y las menos para recibir un llamado de atención, ya sea maternal o laboral. Tomé toda la sopa las veces que la sopa tocó en la mesa en la que no estuve casi nunca porque el oficio de caminante no lo permite. A lo sumo me senté a una mesa tres veces en lo que va del año.
Una fue la vez que me senté a una mesa de negociación y me fue mal porque perdí la negociación, y perdí plata, y perdí soga y perdí cabra. Sin soga, ni cabra, ni plata ni amistades salí de la negociación como salían los mineros que antes fueron la vanguardia de la revolución de a de veras y hoy son los dueños de unas Hummer que no entran por las calles angostas de la ciudad del Potosí, y no entran al edificio de los impuestos porque no tienen para qué entrar porque no conocen ni la palabra ni el concepto.
Me senté en la mesa que está a la entrada de la casa de una amable señora que tiene al frente de la mesa un aparador, en el que al fondo está sentado Buda sobre una moneda. Me senté y tome una insuperable sopa de papalisa que no tomaba hace treinta y tantos años. Creo que papalisa ya no se hace, ni otras cosas. Todo se hace en el Perú parece. Con un característico sabor a nada. Pero hay harto.
Me porté bien porque nunca tuve opción de hacerlo mal. A no ser que se tome como mal el haber tomado de más, dos veces; el haber hablado tres malas palabras y el haber mirado chueco a una vendedora del mercado que a todas luces intentaba cobrar el doble por media docena de mandarinas que ahora cuestan como joya porque ya no da, ya no se planta, ya no importa.
Donde hubo mandarina hay otra planta. Donde hubo plátano hay otra planta, donde hubo papaya hay otra planta, donde hubo naranja hay otra planta, donde hubo valor hay otra planta, donde hubo pensamiento hay otra planta, donde hubo lucidez hay otra planta.
Me porté bien en todos los ámbitos del conocimiento y de los oficios que valen la pena. Amé, me perdí en un anillo de Santa Cruz, me quedé sin un peso en el bolsillo, me estafó una gentil dama y un mal bicho con promedio intelectual de menos uno. Merezco por ello, señor gordo, una corbata, al menos, o un pañuelo, o un par de medias. Gracias, estaré esperando.

 Este año me porté bien, al menos eso creo a juzgar por las felicitaciones que obtuve en varias áreas. Por ejemplo, vi hace no mucho a unos funcionarios hacer unos negocios bastante sospechosos con ciertas adjudicaciones de contratos, y no dije nada.

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