Las cosas en las maletas

viernes, 8 de noviembre de 2013 · 22:09
Óscar García
Al llegar al aeropuerto principal de la ciudad en la que están estacionadas todas las instituciones públicas y privadas que hacen al Estado, la señora de mediana estatura, con mediano escote y con mediana edad se aproximó a esos muebles como tarimas, en los que se depositan las maletas para abrirlas y mostrar el contenido.
Con cierta dificultad levantó una maleta de las dos que traía consigo, la depositó sobre el mueble y entre sus dos chamarras, su chompa, su chal, la frazada delgada que había llevado por equivocación, con la marca de la línea aérea estampada en ella, buscó una microllave para abrir el microcandado que separaba al contenido de la maleta del aduanero de turno, con sueño, con diente de oro, con botas negras, con reloj para bucear, con lente rayban original en el bolsillo de la camisa Dior, también original, y con una innata curiosidad por lo que encontraría.
Curiosidad que en su temprana edad no la supo usar para indagar sobre  los misterios del mundo, sino más bien sobre los misterios de los tilines y más tarde, de las seductoras y elementales rítmicas de las cumbias andinas que de cumbia tienen lo que un elefante de ratón.
El aduanero supo perder la paciencia e intentó ayudar a buscar la llave en los recovecos de la dama, acto que pudo ser interpretado de la peor forma si no fuera por el momento de confusión y de aglomeración. Pasa que ya se habían reunido más de 50 elegantes con maletas y otros bultos y esperaban a ser revisados, hurgados, requisados, sospechados, mirados, cuestionados, por personeros que al encontrarse, digamos, con un aparato del que ignoran el funcionamiento, lo requisan al considerarlo un aparato de cierta peligrosidad para alguna cosa.
En sus cabezas ocurre de todo, como en los dibujos animados. Imaginan el aparato siendo usado como un lanza misiles de corto alcance, como un productor de veneno para ratas pero usado en hombres con poder de tomar decisiones estatales.
Se imaginan un aparato capaz de producir ideas e implantarlas en funcionarios de segundo nivel y esta parte imaginaria es la que más asusta, por lo que prefieren incautar el bien, que es en realidad el mal, e intentar vender luego el producto a algún pariente en la próxima fiesta bebible hasta de cuatro días, que probablemente se celebre el mismo día de la incautación.
En cuanto a la mediana señora, ésta al fin encontró la llave del microcandado en el fondo de uno de los dos zapatos, que es donde guarda las cosas para no perderlas y, sin embargo, siempre termina su ocultamiento en una pérdida supina de tiempo porque jamás recuerda que el escondite perfecto está en el fondo de un zapato.
Al abrir la maleta se produjo una pequeña explosión causada por una especie de combustión en el interior de las prendas usadas que llevaban ahí adentro ya varios días, porque la señora venía de un lugar en el que en los aeropuertos nadie más trabaja porque es más fácil hacer cola para hacerse de tickets y bonos de toda índole, que trabajar para tener un ingreso con tendencia al crecimiento. Es en ese aeropuerto en el que tuvo que dormir dos días en las bancas y prescindir de una muda de ropa. La maleta y su contenido sufrieron peor suerte, de ahí la explosión.
Una vez abierta la maleta, el aduanero a cargo, el de diente de oro, se dedicó con notoria pasión a sacar las cosas. Prenda por prenda y en pública exhibición, la ropa de la señora se mostraba como objeto de subasta, calzón por aquí, corpiño por allá, camiseta por aquí, blusita por allá. Y entre las prendas, de pronto… una camisa para hombre, una billetera para hombre, de cuero y con dedicatoria en repujado. Un oso panda de peluche, negro con blanco y otro oso panda, blanco con negro.
Nada de esto y otras cosas más se podía permitir pasar el señor funcionario en estricto cumplimiento a la norma. Si la señora es señora, ¿cómo que en su maleta hay ropa de hombre? ¿No sería que la susodicha, en las noches de luna llena se convierte en varón? ¿No sería que la susodicha, soltera a juzgar por la ausencia de anillo en el dedo donde las casadas llevan anillo de casada porque de lo contrario cualquier transeúnte podría antojarse de las mujeres desprovistas de anillos, como las cosas que llevan certificado de garantía o algún signo distintivo que las hace más o menos cotizables, no sería que la susodicha tiene una tienda en la se expende ropa para hombres y la muy achicada de seso hace contrabando en su maleta y por avión? Al llegar a esta última conclusión, el aduanero en cuestión procede a la tarea de la incautación de prendas y objetos. Ahí va la camisa para su amante, ahí va la corbata para su marido, ahí va el oso para la sobrina, el otro oso para la otra sobrina, ahí va la billetera para el padre, ahí el encendedor para el catedrático de ciencias exactas, ahí va el libro del Kamasutra en inglés  para la monja del colegio en la que su hermana menor la pasa mal.
Ahí van las cosas, en el mismo orden, al maletín del aduanero, camisa para usar el domingo, billetera para seguir juntando bonos extraordinarios por cada suntuosa incautación, encendedor para encender los habanos encontrados en una maleta de un tipo con cara de no fumador, ahí van los osos para la secretaria que conoció hace un mes, en un seminario para guardar la moralidad en las instituciones públicas. Ahí va el libro de Kamasutra en inglés, para aprender inglés de primera mano. Y, por último, ahí va la corbata, ya sea para dividir la razón de la emoción o para ponerla en la frente, por último, durante las próximas festividades del año nuevo tradicional.

Ahí va el libro de Kamasutra en inglés, para aprender inglés de primera mano. Y, por último, ahí va la corbata, ya sea para dividir la razón de la emoción o para ponerla en la frente...

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