Contante y sonante

Las dos dimensiones del alma

viernes, 13 de diciembre de 2013 · 22:51

Óscar García

Lo esencial que dejó de comprar la señora Iñiguez en los últimos tres años fue, en el rubro de los cosméticos, crema para las arrugas y un perfume brasileño de ésos que se venden a plazos y que huelen con dulzura, con tal dulzura que al oledor se le cuelan las fosas nasales.
 Dejó de comprar también base para antes de la segunda capa de maquillaje, que se hace imprescindible ante la amenaza de los rayos ultravioletas que suelen deshacer la primera capa de maquillaje. Esos detalles los supo la primera vez que se le chorreó la única capa de maquillaje y quedó en estado natural, cosa que causó más de un arrebato entre los invitados a la parrillada de rigor en honor a una santa de la cual nadie supo nunca el milagro.
La señora Iñiguez dejó de comprar, además de insumos para el maquillaje, algunas cosas con destino al refrigerador. Por ejemplo, cuatro variedades de jamones, a saber, serrano, ahumado, de pollo y alocotado. De todos ellos, que venían con precio de mediana accesibilidad, tuvo que optar ahora por uno con precio de elevada accesibilidad.
Pero las computadoras pequeñas ensambladas en Singapur no subieron de precio hace ya más de siete años, lo que, sumado al precio del ácido sulfúrico puesto en el trópico, da como resultado que el índice inflacionario sea tan pero tan bajo, que al precio del jamón o de los huevos no se le debe prestar mayor atención ya que se trata de una ilusión que la señora Iñiguez y el señor Farral sufren a causa de la ingesta de sendos mates en las mañanas, mates ya sean sagrados o limitados en calorías.
Pero los mencionados seres humanos son apenas una parte de los muchos seres humanos que van y vienen de los mercados y sufren ilusiones que en otra dimensión de la existencia humana en estas particulares tierras no ocurren. Cuando los seres dejan de tener la más mínima y necesaria conexión con el lugar que habitan, sufren una transmutación que deviene en, ya sea santidad, cuerpo etéreo, luminosidad pura o extrema idiotez. Alguna de ellas ocurre.
Cuando el ser pierde la noción del piso que se le ofrece para soportar los pies y transitar, es el momento en el que el ser pierde contacto con la tierra, como los astronautas perdidos, como las águilas que se fueron  al infinito y más allá, sin retorno posible, como las señoritas y los jóvenes que con el impulso de un éxtasis se van a flotar a un lugar que se encuentra más allá de la primera nube, a la derecha, donde se ve en formación nubleica, un oso de peluche, un cisne, la muerte, un ahorcadito, una rosa para el norte, un racimo de uvas de altura.
Cuando los seres habitan un lugar que se encuentra más o menos a 15 centímetros de altura por encima de otros seres, pueden ocurrir varias cosas;  por ejemplo, que unos hagan pis encima de los otros, que unas zapateen encima de las otras, que unos miren desde arriba y vean mal porque llega un momento en el que los ojos desarrollan cataratas y todo se nubla, desde las sinapsis hasta los dedos meñiques del pie izquierdo que flota y flota que da miedo.
Cuando los seres despegan unas alas de papel seda de primorosos colores y remontan hacia un horizonte desconocido por el grueso de los habitantes con bolsillos, se produce un quiebre imposible de colar. Una ruptura dolorosa y sangrienta que no se cura con nada, ni con receta de la abuela. Ni el tiempo cura estas heridas, a lo mejor el mentolato. Pero en esas alturas las cosas no suben, menos el brócoli, no tienen dónde más. De ahí que en el sitio en el que las cosas ya no suben todo brille y huela bien. Hay en ese lugar el jugo de limón a precio de costo y las manzanas verdes a costo menor porque ahí arriba se las comen los visitantes, como el gato del ministro.
De todo esto la señora Iñiguez no tenía la menor idea, como de otras cosas, claro. La señora no tenía idea de cómo funcionaban los barcos. Nunca se preocupó de saber cómo es que un barco flota o de cómo es que un avión vuela. Con saber cuánto costaba el pasaje hacia el interior le bastaba pero ahora no viaja, cosa que le deja más tiempo para invertirlo en su sabiduría.
De no viajar más a causa de la subida de los pasajes, en trufi, en flota, en avión, en tren, ya no va a ninguna parte;  entonces sueña con Rurrenabaque y con Cobija, sueña con el mar y su playa con bolsitas nailon por doquier y con el canto de las gaviotas que Luzmila lleva a todas partes como reclamando por las olas que no están en la memoria de las gentes de estos lares ni en las gentes que habitan en una dimensión más alta y desconocida.
Por eso hay que volver, hacerse llamar el ajayu con alguien, no importa si por un antiguo chamán o por el ratón Mickey. Alguien tiene que retornar y hacer en este sitio, en estos corazones, unos nidos en los que retocen las almas nuevas.

Cuando los seres dejan de tener la más mínima y necesaria conexión con el lugar que habitan, sufren una transmutación que deviene en, ya sea santidad, cuerpo etéreo, luminosidad pura o extrema idiotez. Alguna de ellas ocurre.

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