Pluriusos

viernes, 20 de diciembre de 2013 · 21:21
Oscar García
Por unanimidad y en un encuentro que no tuvo lugar se ha decidido expulsar del planeta a los personajes que lograron, en menor tiempo que el tiempo en el que crece una mata de papa, fragmentar a la patria.
No dividirla sino fragmentarla en cientos de pedazos y en cientos de inconclusiones y en cientos de odios y en cientos de escupos y en pedazos de cristales que en el nombre del padre y no del hijo ni del espíritu y menos del santo se esparcen sobre las cabezas de las gentes más inocentes de la comarca. Pero antes de irse tienen que salir a dignificar a las vitrinas.
En estos tiempos de compras compulsivas en los que hay unas gentes que sacan harta plata ya sea de su bolsillo o del cajero cuando no debajo de su colchón, que por cierto es más grande que king size porque duermen de a varios en el mismo colchón para cuidarse unos a otros porque viven con miedo, tanto que ni se levantan y hacen todo de echados y temen al mismo tiempo de sus otros temores ser echados de sus sitios y se cuidan como si no hubiera nada más que hacer en la vida. Pero no se sabe cómo, habrá que indagar, se hacen tiempo para ir de compras y llevan grandes canastas por si acaso.
En las canastas entran varias cosas sin ningún orden en particular, primero las cosas blancas. No todas sino las más grandes, por ejemplo, las lavadoras de ropa. No se ha inventado todavía un aparato que lave la conciencia porque estaría de balde en la vitrina y le crecerían telarañas de tanto estarse exponiendo sin motivo. Después de la línea blanca entra en la canasta toda clase de indumentarias de marca. No importa si la marca fue puesta en un taller camino a Viacha o camino al éxito.
El asunto es que tenga marca. Una indumentaria sin marca no cumple su cometido. El sujeto y la sujeta se ponen la marca, no la indumentaria. Y se arruga, la marca, se percude, la marca, se le vence la liga, a la marca. Se luce en el estadio, el día que el celeste gana de nuevo, la marca. No es que a todo el mundo le importe; por ejemplo, a Swuana Mbendé no le importa, está persiguiendo hace ya varios días a un antílope en medio de la sabana para tener carne que le durará menos de una semana por falta de refrigeración.
De más está decir que la marca de la indumentaria de los sujetos y la sujetas que salen a comprar a manos llenas le importa un pepino.
Un poco más cerca del tope en la canasta hay campo para toda clase de dispositivos. De los más comunes, entran en la canasta un montón de reproductores de mp3, mp4 y más formatos de compresión que permiten acumular cientos de canciones que nadie escuchará en su vida.
Pero la sensación de tener campo es más importante que el acto de enfrentarse con el sonido articulado con una actitud abierta como la ventana de una cocina llena de humo. Es mucho más importante la acumulación que la escucha. Sin embargo y pese a las capacidades de almacenamiento de los dispositivos, la compradora, y eventualmente el comprador, terminan escuchando siempre las mismas tres canciones que buscan entre cientos y cientos de canciones. Y cuando escuchan la elegida lloran, como si algún tipo de emoción les quedara en el fondo de su química cerebral.
 De entre los dispositivos hay uno que llama la atención, no tanto por su color y por su peso, sino por su forma y su función. Tiene forma de pera y funciona como pera. Es, en verdad, un engaño. Pasa que de tanto comprar sin ver, los gastadores de lo ajeno lanzan a la canasta cualquier cosa que les pongan delante de los ojos con argumentos como que es una novedad y que el objeto en cuestión  los hará verdaderamente libres. La libertad para estas gentes está por sobre todas las cosas, incluso por encima de la palabra libertad.
 Y se nota porque para sentirse en completa libertad mandan al chofer de su coche, que no es su coche sino el coche de todos los habitantes de este paisaje, a comprarse una tucumana mientras se pasean por los puestos de cosas que no saben para qué sirven. Así, encuentran de pronto una pera mezclada con los demás dispositivos entre los que hay teléfonos, audífonos, relojes digitales, condones, tabletas de toda clase, para jugar, para leer el periódico, para leer al Pato Donald, para el dolor de cabeza, para bajarse películas, para bajarse el calzón. En fin, cosas multipluriuso.
Y para colmar la canasta, víveres y bebidas de toda procedencia. Duraznos al jugo del Ecuador, vino blanco de Chile, vino tinto de España, oporto de Lisboa, papalisa de Perú, café colombiano, te verde de la India, licor de mango de Madagascar, sardinas del Japón, carne de vaca de la Patagonia, carne de gato de la China, pasta de Italia, nueces de la costa este de Estados Unidos y, lo único que se produce por estos lares, mate de coca.
Con todo eso y canasta llena, los corazones contentos se dirigen a soltar un pedazo de lágrima en la cena familiar, abrazando a quien venga sin fijarse mucho, pensando en qué le tocará este año de obsequio y más vale que sea caro, de marca, grande, azul, con aroma de Venecia imaginada porque de conocer Venecia, nada.

 

 


   

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