Los zombies de los nuevos días

Las gentes se juntan para hace resúmenes y evaluaciones. Se juntan para hacer lo que debieran haber estado haciendo todo el tiempo después de cada acto y de cada resbalón y después de cada canción.
viernes, 27 de diciembre de 2013 · 23:45

Óscar García

Las gentes se juntan para revelarse los propósitos para los próximos 365 días, ya sea alrededor de una fogata en el claro de un bosque, ya sea alrededor de una mesa con vidrio, en un departamento de un edificio en pleno centro de la ciudad, ya sea en el centro de un local en el que hay que hacer cola con una ficha en la mano, para recoger una botella de cerveza caliente después de media hora y de soportar una gotera de sustancias humanas en la cabeza y en los hombros desiertos de las señoritas.

Las gentes se juntan para hace resúmenes y evaluaciones. Se juntan para hacer lo que debieran haber estado haciendo todo el tiempo después de cada acto y de cada resbalón y después de cada canción. Pero el momento es propicio. Es lo que se supone que hay que hacer. Así lo establece el calzón amarillo y el rojo.
Así lo establece la maleta llena de billetes para salir no en helicóptero ni fuera del país sino a las gradas para bajar y subir con el deseo en la mente y en todos los huesos del cuerpo. Con el deseo de irse, que es en verdad el deseo subterráneo que late en las bajadas y en las subidas de las gradas. Hay que comprar pasaporte en enero, en las miniaturas, y maleta y billetes. Y el 31, la noche del 31 pasando al 1, completar el ritual para pedir con toda el alma irse.
Con la pasión no pasa igual. Ni con las uvas, que soportan toda clase de deseos, contenidos o abiertos y de dominio público. Las uvas son plurimultideseohabientes. Aguantan todo. Una uva, un auto. Otra uva, una casa, otra más, un terno, otra uva, una pareja, una más, un trabajo en un ministerio. Una nueva uva, un reloj de oro. Otra uva, una táblet, y una más, un televisor plasma de 94 pulgadas. La octava, un lechón sin vestigios de triquina. La próxima, que vendría a ser la novena de la lista, una bicicleta de platino para los domingos del peatón, que acontece una vez cada año y salir a pie es como que una vergüenza. La uva que viene es emocional, por lo que el deseo se destina a las querencias, por ejemplo, ojalá que se enamore de una el hombrecillo más rico o poderoso del momento. Otra uva, para pedir un avión, de cualquier tamaño y capacidad.
Total, en la campaña de Goebbels nombrada Hitler sobre Alemania  se alquilaban aviones de Lufthansa  y funcionaba el asunto. La última uva, que termine este ciclo de incertidumbre con sus brisas y sus torbellinos. Que descienda de las alturas como tenue llovizna, la energía capaz de hacer que unos aguanten a otros y que los seres pensantes sean capaces de construir frenéticamente lugares para todos, limpios y sonoros, llenos de frutas y de cosas útiles y de músicas complejamente delicadas.
Las gentes se juntan y se cuentan quehaceres y suelen inventar logros y éxitos sin precedentes. Imaginan un mundo en el que, como el mundo del feisbuk, hay miles de personas que te siguen y miles que irán a tu cumpleaños y miles que comprarán tu libro y cientos que copiarán tu peinado y cientos más que adoran a tu pareja y otros cientos que comparten tu gusto por lo natural y otros cientos que son tan revolucionariamente sencillas que defienden cosas indefendibles y abogan por cualquier cosa  que años   h a hubieran resistido con la fuerza que otorga la arrogancia y la soberbia. Pero ahora y desde la red  parecen haber emergido desde un mundo obscuro y desconocido, las personas más parecidas a los monjes y los mesías. Tanta bondad asusta y nos hace temblar.
Pero en la vida que se respira y en la que hay que pagar cuentas y en la vida en la que la fruta que no se come, se pudre, en la que en el fondo salen ganas ubérrimas de acogotar al conductor del transporte público, en la que no te gusta la frase que pusiste me gusta. En esta vida, no van miles al cumpleaños, van cinco. No te compran millones de productos ofrecidos. Compra uno la mamá, dos la tía y tres los amigos y cinco habrá que regalar.
Pero las gentes se juntan y se mienten y todos saben que se mienten y todos lo aceptan y hacen como si todo pasara en verdad. Y todo pasa hasta que las gentes que se juntan ingieren la gota perfecta que empuja a la frase perfecta para que salga la verdad de alguna afirmación. Y la verdad se convierte en arma y el arma en batalla y la batalla en campo minado y éste en el peor lugar del planeta para estar. Y para disfrutar y para festejar.
Y luego la calle, plagada de zombies que son seres que salen después de haberse juntado a festejar. Salen a sufrir el retorno. Apaleados, ensombrecidos, humillados unos, violentadas otras, arrepentidos algunos, despojado otros. Añorando unas, otros llorando disimuladamente mientras pasa el aguacero.
Las gentes se juntan con entusiasmo y con fe de la buena. Las gentes se desjuntan luego, sin fe, sin un zapato, sin un billete de regreso, con ganas de un deseado paracetamol, para enfrentar otros cientos de días y preparar de nuevo el ritual conocido que podría ser otro día, fijado por cada uno de los seres que habitan esta esfera.

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