Una caja

viernes, 6 de diciembre de 2013 · 22:20
Óscar García
Al volver de un corto viaje abrió la puerta de su casa y no encontró nada más que una caja en medio de la sala. Se espantó al pensar que alguien habría entrado a robar pero los pisos estaban limpios y con brillo.
Un ladrón no se pondría a lustrar los pisos después de sacar los muebles, a no ser que el delincuente haya sido entrenado en alguna empresa de limpieza total, en su anterior vida. Pero no era el caso. Pensó luego que a lo mejor su mamá hizo una incursión por la casa. En su ausencia y como era habitual, hurgaba todo.
Desempolvaba todo, echaba la culpa a la señora de la casa por el descuido, alzaba las esquinas de las alfombras, pasaba su dedo índice de la mano izquierda por las repisas, soplaba como al descuido las cortinas para ver si de pronto sorprendía a una mosca carreteando para alzar vuelo o no.
Retiraba disimuladamente con un pie las sillas para ver si encontraba migas desperdigadas de hace semanas o meses o incluso años, dependiendo de la silla.
Pensó que su madre pudo haber estado en la casa pero no se llevaría los muebles, los ceniceros, los focos, la heladera, los pósteres de Metálica y del Che, los secadores de la cocina y hasta el alzador de basura que ya estaba roto hacía rato. No pudo haber sido la madre.
Pensó entonces, con la rapidez que le dieron los años y las bebidas energizantes que había tomado en la Terminal, al partir y al llegar, que pudieron ser los amigos a los que alguna vez les prestó la casa para un cumpleaños, para el cumpleaños de un sujeto que ni siquiera se encontraba en el país.
Fue de los primeros festejos que se hicieron vía skype con las mismas consecuencias pero de un cumpleaños presencial. Se rompieron todos los vasos posibles; un invitado quedó encerrado en el baño y fue descubierto días después, sentado, entumecido y con hambre. Desaparecieron seis CD y una cajita de fósforos y también la sobrina de uno de los organizadores que había escapado con uno de los asistentes, a comprar, dijeron pero no volvieron más. Se supo, años más tarde, que se habían casado, cada uno con otro y otra respectivamente.
Lo pensó dos o tres veces y llegó a la conclusión de que no podían haber sido los amigos. Primero porque le quedaban dos, de más de veinte. De a poco fueron desapareciendo o muriendo o lo habían estafado o lo habían usado. De los que quedaban seguramente ninguno hubiera hecho semejante cosa, porque uno se volvió cristiano y el segundo se volvió un meteorito.
Parado en medio de una sala más vacía que las cuencas de una calavera, vacías de nieve, vacías de pupila, de suspiro, de memoria y de pestañas mojadas, parado en medio de esa sala, guardó el silencio largo que se hizo después de saberse sobre la muerte de Mandela.
Un silencio parecido al que simbolizan las enhiestas piedras de los Andes y unos pájaros mitad negro y mitad blanco que pasan sin chistar dejando suerte y mala suerte al mismo tiempo.
Después de su silencio se dio cuenta de que se trataba posiblemente de un abandono. Recordó abruptamente que ahí vivía con una mujer y no estaba más, al menos a primera vista no estaba. No había mucho dónde esconderse, no había muebles ni cortinas, no había debajo del catre porque ni catre había. No había detrás de las puertas porque seguramente en un arrebato pero no de campanas, se llevó hasta las puertas.
Se trataba, efectivamente, de un abandono. No lo pudo presentir, no lo vio venir. Debió darse cuenta cuando, la mujer, bien posicionada en un alto cargo, comenzó a gestionar, asumiendo que la gente es limitada del seso y no se da cuenta, unos puestos para toda su familia, en diversas instituciones del Estado. Una hermana allá, una sobrina más allá, el hermano por más allá, en fin. Le fue arreglando la vida a toda la familia para que nadie quede fuera y así ella partir de largas vacaciones a un puesto en el exterior que fue nada más que un pretexto porque en realidad huyó con un funcionario de la Embajada de Etiopía.

En la sala vacía se le vino toda la película completa, dando vueltas a considerable velocidad. No supo en qué momento pasó todo esto, no supo qué más hacer ni qué más deducir. En el medio, una caja, una caja de cartón semiabierta y adentro, unas cosas que para él tendrán siempre el más alto valor en su vida. Unas cosas que sólo a él le pertenecen y nadie más tiene que saber.

Se dio cuenta de que se trataba posiblemente de un abandono. Recordó abruptamente que ahí vivía con una mujer y no estaba más, al menos a primera vista no estaba.

 

 


   

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