Parlante

Se llamaban disqueras

“Las disqueras se convertían en peculiares recintos de pasión porque la exposición de los discos y la venta de los mismos representaban verdaderos actos de emoción y fanatismo.
sábado, 7 de diciembre de 2013 · 20:11

Sergio Calero

Eran almacenes de venta de música, aunque luego se añadieron peluches, juguetes, cámaras, etcétera, pero inicialmente su principal producto eran los discos, esos círculos de plástico de 30 centímetros con atractivos sobres de cartón que se reproducían en equipos especiales llamados "pick ups”, en español simplemente tocadiscos y en diciembre solían convertirse en importantes lugares de venta navideña.
En La Paz había varios de estos almacenes, dos de ellos emblemáticos, Stereo Records en la avenida  6 de Agosto y Columbians en la Mariscal Santa Cruz; pero con el tiempo las industrias discográficas nacionales lógicamente no se limitaron a la producción sino también a la comercialización de sus discos, creando agencias de ventas en distintos lugares, pero, curiosamente, la mayoría competía en una misma calle: la Evaristo Valle, donde una al lado de la otra trataban de ganar mayor cantidad de consumidores de música. Allí, Discolandia trataba de mostrar superioridad frente a Heriba o Lauro.
Por entonces las personas asiduas a la música tenían la costumbre de comprar estos discos, ya sea para animar alguna fiesta o ambientar una velada, pero había muchos que lo hacían con el afán únicamente de apreciar la música y siendo que estos productos no eran vendidos a precio de regalo, se requería un pequeño esfuerzo económico para adquirirlos. Estos discos tenían valor, por tanto se los coleccionaba y frecuentemente se los lucía en la sala principal de la casa.
Como ocurre en todas las manifestaciones del arte, de vez en cuando surgían especialistas que acumulaban fervientemente muchos discos requeridos para armar una apreciable colección, entre ellos había quienes además tenían la noble actitud de compartir este joyero musical con otros, no sólo con amigos, sino con todo aquel que deseara apreciar la buena música, cabe recordar las Flaviadas en Sopocachi, donde la música clásica era razón y sentido para los sedientos de placer musical en  sesiones que se hicieron históricas.
Con el arribo del rock a finales de los 60 y especialmente en los 70 surgió otra generación de consumidores de discos que le dieron un impulso entusiasta a la producción y sobre todo a la importación de discos, principalmente de música inglesa y norteamericana, esto debido a que la industria nacional siempre temerosa o quizá timorata no editaba versiones propias de lo más vendido en el mundo. Bolivia es uno de los pocos países que no editaron en su integridad los discos de Los Beatles.
Por ello era frecuente encontrarse en las tiendas de discos importados con nerviosos y preocupados jovenzuelos mirando de ida y vuelta estos atractivos discos que solían llegar sellados, por lo que su apertura se convertía en un verdadero ritual, en el que participaba incluso el sentido del olfato. Debido a la apasionada valoración que lograban estos discos era común el intercambio de estos discos, entre anhelantes apreciadores y obsesivos coleccionistas que renunciaban a unos para tratar de conseguir otros, porque lograr completar la discografía de algún artista o grupo era un acto de profunda admiración e incluso envidia.
Por ello las disqueras, a pesar de ser simples negocios, se convertían en peculiares recintos de pasión, quizá como ningún otro comercio de calle, porque la exposición de los discos y su venta  representaban verdaderos actos de emoción y fanatismo.
Los discos eran la materialización de la música y fueron suplantados a finales de los 80 por otros discos de mejor calidad y seguridad, de mayor duración pero menor tamaño. Los CD acabaron con los vinilos y acabaron con el arte de las portadas de cartón. Por un tiempo invadieron el mercado, ampliaron los locales de venta con un acceso tan fácil que cualquier afanoso de la computadora aprendía con rapidez a duplicarlos (algo imposible de hacer con el vinilo), esa posibilidad creó la piratería y con ella vino el hundimiento de la industria discográfica, aquí y en todos los países del mundo, y en poco tiempo las disqueras fueron sucumbiendo en un mar de discos compactos de precio regalado.
Hoy son recintos de comida rápida o café internet donde muchos jóvenes oyen la música para sí, con pequeños audífonos que los aísla del entorno, con canciones que el éter virtual permite escuchar sin materializar. Muchos de estos jóvenes no saben que en una época hubo estos almacenes de venta de discos, donde la música tenía un valor enorme, donde se podía comprar verdaderas joyas de colección, donde los amantes del arte parpadeaban iluminados como los niños en la jugueterías, se llamaban disqueras y yo vivía la Navidad en ellas.

 

 


   

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