Contante y sonante

Gente que desaparece

viernes, 13 de septiembre de 2013 · 21:23
Óscar García
Si decidió irse a vivir a un lugar alejado y solitario es porque en los últimos años su trato con las personas se hizo cada vez peor. La estupidez, la soberbia, la ambición desmedida, la hipocresía y el desamor lo cansaron.
O sea que se fue, y con ello comenzó, de nuevo, a vivir. Pero al irse olvidó su teléfono y su agenda. Dejó su ropa botada en medio de su cuarto y una cortina abierta. Al saberse ido, las llaves de su casa las depositó con gusto en un basurero cercano, el de la esquina.
Pensó que con un par de calcetines bastaría y sobraría. Tardó como dos horas en elegir el color que combinara con cualquier otro color y que no fuera blanco porque el blanco no es un color. Y se llevó calcetines grises con salpicadas marrones, como la espalda del suamari, pájaro que de adulto trae buena suerte y de polluelo, mala suerte.
En su maletín, en el fondo de su maletín, acomodó con sumo cuidado un libro de poesía y otro de recetas criollas. El de poesía era una antología, lo que le permitió librarse de elegir a un autor. Así podría leer a varios y no cargar decenas de libros a sabiendas de que de cada libro leería un solo poema. Así lo hizo durante los 11 últimos años y le fue bien. Bueno, más o menos.
El libro de recetas lo eligió pensando que si iba a estar bien retirado del mundo eso no significaría por ningún motivo olvidar el verdadero sabor del ají colorado y del chuño y del apanado. La cosa es que si en un lugar alejado y solitario no hay nada, no habría una tienda donde comprar carne y menos chuño. Surgió entonces un problema. Resuelto el problema siguió adelante.
Antes de tomar la decisión más importante de su nueva vida, tuvo la oportunidad de subir un cerro y mirar desde ahí la ciudad lanzada al mundo como semillas en el surco. Toda llena de casas y edificios, toda llena de autos y de camiones, toda llena de retamas y de kantutas. Toda llena de historias y de mentiras, toda llena de sutiles colores y de chillones colores, llena de chinas morenas y de antojos y de anticuchos listos para la parrilla.
Así, mirando la ciudad, se acordaba cada rato de todos los desencuentros y de los elevados momentos de gloria absoluta. De los primeros hubo varios en los cuales, pese a todas las vueltas que le daba, no tuvo mucho que ver.
Como pasa a veces, un malentendido llevó a otro y a otro hasta que convertidos en una bola más grande que el planeta azul ya no tuvo cómo deshacer lo ocurrido. Ni siquiera la frase perfecta, que empieza con "…lo que pasa es que…”, lo salvó de la inmediata frustración y de enemistarse con las amistades sin motivo aparente.
Desde la altura del cerro, sentado sobre una roca, mirando la ciudad pensaba en las veces que se hizo agarrar su dedo con la puerta del baño por apurado y las veces que se quemó la ducha en medio del champú.
De las veces que luchó en vano con un funcionario de administración a causa de una deuda que jamás le cumplieron. Mandó sendas cartas de toda índole, con dibujos y sin ellos. Mandó cartas con sello de abogado y sin sello. Mandó a una amiga a reclamar por el pago. La amiga terminó de novia del administrativo y se puso encima a hablar mal por la red.
Una cosa que se nota en la ciudad vista desde el cerro es que su belleza extraña atrapa hasta al más reacio a dejarse atrapar, como el ratero de la zona de Chuchunco, que no se dejó atrapar nunca hasta ahora y sabiendo eso sigue robando a diestra y siniestra como si nada.
Ayer nomás se robó un sombrero borsalino que lo vendió a una antropóloga holandesa que habiendo hecho una somera investigación sobre un olvidado pueblo del amazonas se mandó a jalar con los resultados de la investigación, con las vasijas del pueblo y con el esposo de la cacique mayor.
Cuando decidió retirarse ya había pasado lo peor según él, pero no. Lo peor iba a pasar recién. Un día, hace poco y antes de su desaparición a un lugar olvidado, lejano y solitario, recibió una llamada telefónica y no era su mamá ni su amada esposa que hace caer todo sobre la alfombra, era una antigua amistad volviendo del mundo del mal para hacer más mal.
Le dijo que tenía un asunto que tratar, que en verdad eran dos, de faldas y de cheques. Más que asuntos políticos y de cuentas pendientes con el mundo del hampa, las cosas de faldas y de cheques son definitorios para la buena convivencia, y en este caso él tenía pendientes las dos cosas con el sujeto del teléfono.
Se acordó que no podía eludir ni una ni la otra. Y es que más allá de su hastío, más allá de su cansancio por la vileza de los humanos y más allá de estar aburrido de que se ocupen de su particular existencia, se acordó que al sujeto le debía una considerable cantidad de plata que la había gastado ya con su novia...
Con su novia de él, el del teléfono. Así que decidió desaparecer y para justificar tal hecho, inventó toda clase de argumentos que al cabo de unas semanas fueron verdaderos, para él y solamente para él.

* Óscar García es músico.

"Ni siquiera la frase perfecta, que empieza con "…lo que pasa es que…”, lo salvó de la inmediata frustración y de enemistarse con las amistades sin motivo aparente”.

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