Contante y sonante

Vivir de a dos

viernes, 20 de septiembre de 2013 · 22:40

Óscar García

En el sitio de su pecho, mientras tararea a la mujer Matilde (atareada y serena, simple como el universo), hay un espacio abierto al mundo y perfectamente suspendido de una rama de sauce a la orilla de un río que bordea el pueblo de Cotagaita, donde crecen duraznos dulces como trenzas y lujmas como piernas del color de la canela.
En ese espacio abierto al mundo -descrito de manera exhaustiva y al borde de la pérdida de respiración a juzgar por la extensión de las palabras, cada una dispuesta de acuerdo con un criterio narrativo que, por supuesto, toma en cuenta la tarea de nombrar en algún caso y de evocar, en otros- hay una puerta; o dos, para ser justos con las cantidades.
Hay dos puertas en el sitio de su corazón adormecido. Cada una de las puertas, al abrirse, muestra un escenario radicalmente opuesto. Por un lado, un mundo iluminado como set de televisión nacional, vale decir, alumbrado con cierto criterio como para que no brillen las frentes de las señoritas conductoras que ya hicieron un esfuerzo enorme para esbozar la mayor de sus sonrisas ante una noticia por demás conmovedora que, segundos después, dará paso a una pintoresca nota sobre las nuevas medias que ocultan los moretones producidos en los minibuses de La Paz.
En el mundo iluminado, en ese mundo iluminado, habita el ser de las ideas brillantes, el que dicta las tendencias de la moda regional, el que decide el destino de las palabras en las nuevas letras nacionales, el que irrumpe a buen volumen con los dictados para las músicas oficiales de las propagandas oficiales que, con absoluta y concienzuda descolonización, son las músicas de los palacios de Florencia, flotando entre los siglos XVIII y XIX.
En ese mundo iluminado se ha desarrollado una impecable técnica basada en "lo que se ve se anota”. Vale decir, todo ocurre con referencias que en su momento deberán ser emuladas a tal punto que nadie note la diferencia. Como lo suelen hacer los falsificadores de obras caras y los falsificadores de caras.
Pero en el mundo iluminado se hace lo propio con sonido y texto, con imagen y con movimiento. De pronto hay canciones que parecen y que no son, hay personajes que parecen y que no son, hay emociones que parecen y que no son, hay valores desajustados y querencias de utilería y héroes que salen como premios de las cajas de cereales.
Hay un mundo armado para el gusto de cada grupo familiar, un Pacha, un tiempo y un espacio que remite a úteros que no fueron nunca la esfera primigenia ni el agua sustancial porque todo es de papel crepé, todo artificial.
Ése es un mundo al que una de las puertas desde el pecho que nos ocupa permite el acceso. El mundo que se ve y el mundo desde el cual se ve a la gente y se la arrincona cuando no se la cubre de neblina para ficcionarle el entorno.
En ese mundo habitan también nuevos "sapófritos” que respiran el aire de los hacedores y los deshacen para posicionarse en las conversaciones de cafés y bares como interruptores que encienden discusiones largas que devienen en la nada. Pero celebran y se hacen célebres y no han terminado su chupete porque la edad los delata y traiciona.
Viven entre el pañal y la gloria pero no lloran porque las lágrimas a veces son una virtud y a veces un despropósito. Hay de todo en este mundo, pero desechable y de ficción.
La otra puerta en el medio del pecho al descubierto da a la oscuridad. El lugar que hay que adivinar, el que nada deja ver, el oscuro, el peligroso. El lugar temido y desconocido. Ése en el que quienes se aventuran tropiezan y se caen. Se levantan otra vez y erigen sus banderas inventadas en medio de la incertidumbre.
Es el mundo de las tinieblas y, por lo tanto, el sospechoso de todo. Las creaciones más aventuradas y los riesgos provienen de este mundo y salen por la misma puerta que da al pecho porque lo que de ahí sale se incrusta en el pecho y ahí se defiende.
En estos lares es donde nacen las creaciones y los síntomas del tiempo indefinido. Ahí se cuecen las habas y se fortalecen los instintos, se tejen las carcajadas y se canta a voz en cuello la canción jamás cantada y se lo hace una vez en la vida porque repetir no está permitido. La oscuridad no deja repetir. Oculta sin ocultar las cosas hechas y las deshace como si algodón de dulce fueran.
En la oscuridad habitan los seres platónicos y los de los cuentos de Anderssen y el Anchancho de los minibuses y los dedos de Domínguez amarrados a su portentosa capacidad para ver en medio de la negrura total y hacer luz como si nada.
A través de esta puerta se ingresa al mundo de salida y al entrar todo se olvida y no hay mayor referente que la posibilidad. En este espacio y en estos tiempos es todo posible, ahí se hacen los mejores dulces de membrillo y los mondongos más felices.
Ahí se hacen degustaciones de ajenjo de verdad y sin mayor truco que las manos de un agricultor del sueño. De ahí vienen las cosas que hoy son luz, las que no necesitan sostenerse con la venia del santo ni con el beso en la frente del hacedor de simbologías modernas con lenguajes de las mentes más colonizadas de la galaxia del sombrero.
De ahí, del mundo de la oscuridad, provienen los ángeles y los querubines de Violeta y los poemas que no están escritos para entender.

"A través de esta puerta se ingresa al mundo de salida y al entrar todo se olvida y no hay mayor referente que la posibilidad”.

 * Óscar García es músico

Confidencial

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