Contante y sonante

El discurseador

viernes, 27 de septiembre de 2013 · 22:24
Óscar García
De boca para afuera todo era un cadencioso cúmulo de palabras elegidas, no por su consistencia, sino por el sentido individual. El signo por el signo. Por eso el discurso parecía no tener ningún sentido y la gente, que en la plaza escuchaba, se miraba  las caras con ojos preguntones, con boca abierta por si las moscas y con las manos en el bolsillo antes que en apronte de aplauso.
Las palabras elegidas con frecuencia tenían que ver o con actos heroicos o con descripciones de las peores acciones del enemigo, o con proezas realizadas en persona que en verdad jamás ocurrieron.
Cada palabra, sin embargo, desconectada de la otra. Por ejemplo, cierta vez se escuchó: "… Debajo de la cúspide en la que subordino ideales como banderas enhiestas avanza sin piedad la ira mía como escarapela hacia el mar…”.
Claro, se nota en esta cita que cada palabra en sí misma se vale sola pero juntas se pelean, no hacen nido ni nada. Pero el entusiasmo del discurseador era tal que convencía.
Le crecía una vena en el cuello, los ojos tenían toda la intención de dejar la cara para ir a parar al centro de la multitud. Las manos se movían como las de un director de orquesta con limitaciones en su dirigir. El pecho se le inflaba como globo aerostático a punto de despegar…
Y convencía pero no con el discurso precisamente, sino con sendos ofrecimientos a sus seguidores, consistentes en, por una parte, trabajo remunerado en repartición nueva para resolver asuntos nuevos a causa de la nueva situación del estado de las cosas.
Liderazgo remunerado para nuevos grupos de nuevas sociedades sembradas en nuevos espacios para llevar adelante nuevas iniciativas a causa de las nuevas necesidades de nuevos pueblos.
Frecuentes viajes al exterior para asistir a nuevas conferencias y nuevos seminarios y encuentros nuevos de nuevas temáticas acordadas con afines mentalidades para capacitar a nuevas personas en nuevas tareas destinadas a sacar las mejores fotos en nuevas ciudades situadas en nuevos países en el nuevo mundo para poderlas subir a las cuentas de la red como producto de los nuevos turismos pagados con el sudor de las viejas frentes de los viejos habitantes con oficios viejos y antiguas deudas que pagar.
Por otra parte, el discurseador del año, nombrado así por uno de los más prestigiosos medios del medio a través de uno de sus más prestigiados presentadores de noticias, cuya trayectoria intachable al lado del discurseador se puede apreciar en su hoja de vida, en las fotos que acompañan a su hoja de vida, el discurseador del año, se decía, confiaba en su intuición y en su olfato.
Cuando veía poca gente, agarraba y se iba. Cuando veía mucha gente, agarraba y abría la boca, juntaba en su mente palabras sueltas, importantes y no necesariamente en orden, y las lanzaba al aire para que éste mediante ondas las lleve a los oídos de la multitud y ésta, habiendo individualizado a los miembros de la multitud, convierta la onda en sonido y a éste en sentido. Entonces, el aplauso estaría asegurado.
El discurseador tiene lo necesario, tiene dos libros que sigue leyendo, tiene seis autos que no maneja por falta de tiempo, tiene varios jardines que no riega personalmente pero que no se secan por falta de riego. Tiene cartas de amor que tampoco ha leído por falta de lentes.
En su cuarto, en la soledad, en la noche larga y en lo oscuro, tiene miedo porque le teme a lo que no sabe y a lo que no conoce. Le teme a lo que no sabe y no sabe mucho, pero en el fondo sabe que cuando se acabe el discurso va a amanecer otra vez y al otro día igual y al otro igual.
Y en uno de esos amaneceres, la plaza estará vacía y nadie estará para aplaudir ni para sacar foto ni para recibir instrucciones ni para hablar bien de su nuevo pantalón.
Y será silencio y nada más la furia merodeará las inmediaciones del pueblo y de a poco el viento lo empujará, a él y a su solitaria figura, al abismo o a un cuarto con candado o a su lugar en el hospital del tórax o quién sabe.
El discurseador sueña con ello a veces y despierta mojado y tiembla, y es en ese momento en  que llama a sus cuidadores y a su ama de llaves y a su único amigo que está muerto porque él mismo lo mandó a matar.
Primero, es verdad, lo mandó a callar y luego, dos semanas después, lo mandó a dormir, como a las mascotas envejecidas. Pero lo llama cuando despierta asustado y se acuerda y llora y nadie lo consuela porque sus gentes cercanas le temen y a todo le dicen que sí.
En el fondo sabe que terminará como en alguna novela de Asturias pero no ha leído a Asturias, por lo que tiene una cosa menos a qué temer. A veces, piensa, es bueno no saber ni haber leído ni nada.
Lo que hay que saber es cómo mandar a callar y saber elegir las palabras que hay que decir aunque no se diga nada. Si se sabe eso, se sabe todo. Lo que no se pasa es el miedo y a eso sí hay que temer, como en alguna novela de Carpentier.

* Óscar García es músico.

Confidencial

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