Ocho y medio

Ciencia ficción: clásicos y estrenos

sábado, 28 de septiembre de 2013 · 17:08
Mauricio Souza Crespo
Uno: No en un zapato: Tom Cruise vive en un iPad o iPhone gigante. Es decir, en otra casita minimalista más. Cumple acaso así el sueño de tanta gente de "buen gusto”: dormir en instalaciones que no son sino un inmenso teléfono celular Apple: ángulos rectos, superficies blancas, plástico o vidrio transparente, pocos muebles. Todo, hasta la ropa, se ve en esta casa muy hightech y muy limpio, según la estética inventada por Steve Job.
Dos: Pese a sus coincidencias de estilo, lo que acabo de describir no sucede en Santa Cruz, en alguna nueva urbanización "exclusiva”: sucede en el futuro y, más que en la arena, allá por el octavo anillo, sucede sobre ella, pues la casita minimalista de Cruise flota, aleve y transparente, casi confundida con las nubes. Esto -el diseño de un "look”- es lo más interesante de la película Oblivion, estrenada hace unos meses en el mundo (incluyendo, esta vez, Bolivia). Esto y el hecho de que Oblivion trata al menos, sin mucha suerte, de pulsar al mismo tiempo los dos botones que hay que pulsar para producir una película de ciencia ficción digna: a) no sólo el diseño visual de los espacios que podríamos "habitar” en el futuro o en una realidad alternativa; b) sino también la sugerencia de que ese futuro -más allá de su diferencia en cuestión de vestuarios, muebles y estilos arquitectónicos- ha afectado cosas hasta importantes: nuestra relación con la memoria, el tiempo, la identidad, el cuerpo. En breve: que al redecorar la realidad también podemos decir que "ya no somos los mismos de antes”.
Tres: No es ningún secreto que, en el cine (y no en la literatura), la ciencia ficción anda de capa caída. O, más bien, de capa alzada: la de los superhéroes, ésos que -levantando, muy coquetos, el borde de sus variados disfraces- han ocupado, con sus narrativas de mala historieta, el lugar de la especulación utópica. Porque sugerir o imaginarse que algo ha cambiado en nosotros o la realidad exige proponer "ideas” y no basta diseñar un "look” de lo que vendrá (o podría ser) sino, además, hay que pensar las consecuencias. En Oblivion, decía, se hace por lo menos el intento: su futuro minimalista de superficies blancas y plásticos transparentes es, a ratos, hipnótico, cercano al que George Lucas pensó en 1971 para THX 1138, tal vez su única buena película. Y, además, Oblivion ofrece -cumpliendo el requisito dos de nuestra fórmula- el imprescindible repertorio de "ideas” copiadas de aquí y allá (La Matriz, Odisea 2001, Blade Runner, El vengador del futuro, etcétera), aunque termina poniéndolas al servicio de lo que realmente le interesa: las escenas de acción. Tal vez pedir ideas al cine hollywoodense actual es mucho pedir: como un robot desquiciado, es un cine que termina hecho un atado de cables y chispas que repite, frenético: "I am afraid I cannot do that”.
Cuatro: Una revisión -de lo que los consensos críticos consideran las mejores películas de ciencia ficción de la historia- caería en cuenta de lo poco o nada que los últimos 30 años han contribuido al género. Lo cual, a su vez, ilustra lo ya dicho: el cine de ciencia ficción nunca ha sido una cuestión de exhibir tecnologías sino de especular -de manera "realista”- sobre sus consecuencias. El secreto del Hombre Invisible nunca fue mostrar su invisibilidad sino las reacciones que su invisibilidad provocaba: un personaje, por ejemplo, conjetura -en la novela de H.G. Wells- que quizá sea negro ("africano”, dice), pues al "verlo” en la oscuridad no ve sino más oscuridad. Importa entonces menos la pregunta de la que parte la ciencia ficción ("¿Qué pasaría si...?”) y mucho más la exploración de las múltiples respuestas posibles. "¿Qué pasaría si creamos androides con cierta capacidad para el recuerdo y la memoria?” es la pregunta que se hacen Frankenstein, Blade Runner, Oblivion y decenas de películas. Lo que interesa es cómo se responde.
Cinco: Es claro que no considero que sean ciencia ficción -en su sentido pleno- esas películas de aventuras, "acción” o desastres que apelan a las coartadas del futuro. Basta hacer un test mental: ¿Podrían estas películas ser trasladadas a otras épocas y géneros? Si la respuesta es "sí”, entonces lo de ciencia ficción (y su futurismo tecnológico) es un mero pretexto: no pertenece al género ni La guerra de las galaxias (que, de hecho, adapta una película de samuráis, La fortaleza escondida [1958] de Kurosawa), ni los Transformers (que podrían ser vaqueros, sin ningún pierde), ni la mayoría de los superhéroes (que podrían ser espadachines, boxeadores o arqueros, sin otro cambio que el vestuario y las armas). Tampoco, por ello, Alien, el octavo pasajero es ciencia ficción: es una de terror que usa una nave espacial en vez de una casa o un clóset.
Seis: Al revisar lo mejor de la ciencia ficción nos damos también cuenta de cuán poca tecnología se necesita para hacerla. Es más: habría que añadir que las computadoras cagaron a la ciencia ficción: es con su aparición masiva a mediados de los 80 que el género dejó caer la capa. De hecho, la época de oro corresponde a 25 años mágicos en los que no había esas computadoras: 1962-1987.
Siete: Son grandes películas (y aquí viene la lista) de esas dos décadas y media: Odisea 2001 (1968) y La naranja mecánica (1971) de Stanley Kubrick; Solaris (1972) y Stalker (1979) de Andrei Tarkovsky; la seminal La jetée (1962) de Chris Marker y Alphaville (1965) de Jean-Luc Godard; o los perdurables entretenimientos comerciales El planeta de los simios (1968) de Franklin Schaffner, Silent running (1972) de Douglas Trumbull, la magnífica Soylent Green (1973) de Richard Fleischer, Westworld (1973) de Michael Crichton. Y de esas décadas son también La muerte en directo (1980) de Bertrand Tavernier, Blade Runner (1982) de Ridley Scott y Brazil (1985) de Terry Gilliam. O las películas de David Cronemberg: Scanners (1980) y La mosca (1986). Hasta El dormilón (1973) de Woody Allen corresponde a este periodo. (Hubo, claro, otros periodos felices: entre 1927 y 1935 se produjeron Metropolis de Fritz Lang y dos de James Whale: Frankenstein y El hombre invisible. O en los años 50: El día que paralizaron la tierra de Robert Wise, Quatermass II de Val Guest y la gran Planeta prohibido de Fred Mcleod Wilcox).
Ocho: En este género, lo poco memorable del último cuarto de siglo, en plena fiebre de los efectos generados en computadora (CGI), ha sido increíblemente low-tech. Casi como si la tecnología fuera una distracción: tal vez cuanto menos se piensa en los efectos, se tiene más tiempo para pensar en el guión. Es low-tech el Eterno resplandor de un mente sin recuerdos (2004) de Michel Gondry o 2046 de Wong Kar Wai o Hijos de hombres (2006) de Alfonso Cuarón. Películas que casi no son ciencia ficción.
Y medio: Y entre lo poco destacable de los últimos cinco años  se debería nombrar a Rian Johnson, con su Looper (2012), y al director sudafricano Neill Blomkamp, el de Distrito 9 (2009). De este último se anuncia para este próximo octubre 3 el estreno de Elysium (con Matt Damon). Todo parece indicar que es buena.

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