Contante y sonante

Ritual para soltar las llaves

“El amor era un mal que causaba verdaderos desastres colectivos porque su origen era un espíritu que se equivocaba siempre. No lo gobernaba la razón ni era su intención que tal cosa pasara”.
viernes, 24 de octubre de 2014 · 21:35
Óscar García / La Paz
Antiguamente se creía que el amor, a lo que se llama ahora amor, ésa suma de emociones que el cerebro organiza, inventa, manipula, arma, desarma, sortea, quiebra y deshace, que el amor, se decía, era una rara enfermedad causada por un espíritu salido del fondo del mar o de la más alta montaña o de la oscuridad remota de los bosques. El espíritu en cuestión tenía apariencia distinta dependiendo de la región. Era para los antiguos pueblos costeros, una figura sin rostro y con capa negra. Una figura que salía del mar y no se mojaba y flotaba desde las playas hasta las ciudades de las Colinas. En su tránsito, el espíritu poseía a toda clase de personas con solo rozarlas. Las personas rozadas, que no rosadas, en seguida y sin mayor explicación sentían una impresionante y desesperada necesidad de buscar una pareja sin importar mucho el sexo ni el tamaño ni la edad ni el color de cabello ni la cuenta bancaria ni nada. Se trataba de una necesidad imperiosa, incontrolable, súbita, ansiada. Al paso del espíritu se hacía el caos y producto de éste un nuevo orden. La esposa del carnicero aparecía en casa del cartero, el carnicero con el druida, la hija del druida con el presidente de la asociación de veteranos de la guerra del fuego, el dragón con Lancelot. Cada amor reordenado, en otro sitio, en otra persona y en otro tiempo, y lugar. El espíritu después de haber logrado su cometido retornaba al mar, sin rostro, agarrado de su capa, cansado pero satisfecho.
 El amor era un mal que causaba verdaderos desastres colectivos porque su origen era un espíritu que se equivocaba siempre. No lo gobernaba la razón ni era su intención que tal cosa pasara. El espíritu se detenía en una persona y durante largo tiempo la observaba, averiguaba sobre su signo del zodiaco y sus medidas, indagaba en su pasado, preguntaba a las aves circundantes, a los vientos. Se aseguraba de tener la mayor cantidad de información posible antes de lanzarla al amor irresponsable. Sin embargo y pese a toda la información y los cálculos, el espíritu se equivocaba otra vez. Unía a personas que jamás se debieron unir, un terco con una luchadora de sumo, una cocinera de comida mexicana con un vegano, un soldado con una paloma de la paz, papa Noel con una botella de Coca Cola y cosas así. De estos entuertos del amor nació el odio. Primero como una reacción alérgica a los problemas causados por el amor y luego como lo conocemos ahora. Como una forma de catarsis, como un fuego, como la única opción para resolver al interior del cuerpo el dolor causado por una frustración de amor.  Nació el odio como una parte oscura del amor, como su antimateria. De ahí vienen los odios de hoy. Si el espíritu hubiese hecho su tarea medianamente bien quizás no se odiaría tanto ni se sufriría tanto por esta causa. Han muerto poetas, han muerto músicos y músicas, han desaparecido banqueros y guerreros, se han doblegado los más fuertes, han llorado los más indolentes, se han refugiado en la sombra las más valientes. Por amor se hizo y se deshizo, por amor se mató y se enterró, se construyeron los palacios más espantosos y los más hermosos. Se escribieron por amor los versos más tristes de una noche y las canciones que se tararean mientras una lágrima baja avergonzada por la mejilla. Se hicieron postres en su nombre y se le atribuyó a un órgano su gestión. No se sabe del origen de tal asignación. En algún lado se habrá dicho, se habrá escuchado o estará escrito. En alguna piedra, en un templo, en la luna, en los libros sagrados de unos y malditos de otros. En algún lugar tiene que estar el momento inicial por el que el corazón es el portador del amor. Y no el cerebro, como corresponde, o el hígado, a juzgar por el aguante, o el riñón o las tripas.
Lo que el espíritu unió nada ni nadie deberá separar decían en la antigüedad. Y así era, relativamente, hasta que un miembro de la pareja se antoje de otro miembro de otra pareja. El principio de la complejidad y por supuesto, del odio. Y con el odio, el sufrimiento. Una macana. Como si no bastara el esfuerzo que se debe hacer para mantener un cuerpo vivo y una mente alerta.
Los espíritus del pasado deben volver a ordenar las emociones otra vez y a devolvernos la paz de un despertar, deben volver a otorgar a cada quien su cada cual, pero bien, sin alboroto ni entregas oficiales.
 A cada quien la persona que le corresponda, la que sea entrega y exigencia, la que aguarde, que vuele y que vuelva siempre, una persona estación y la otra tránsito, una luz y la otra vela. Una raíz y la otra maceta. Eso deben hacer los espíritus si vuelve y si no lo hacen, al menos manden una buena aplicación para teléfono que muestre sin dudar el perfil y la foto de la perfecta persona que algún día tendrá el placer de entregar sus llaves, una copia de sus llaves.

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