EL PARLANTE

El tesoro enterrado

De nada sirve un tesoro si está enterrado. Entre tramites eternos, solicitudes vacuas... el tiempo sigue marchitando la obra de la gigante Marina que sufre la más injusta condena.
sábado, 1 de noviembre de 2014 · 19:47

Sergio Calero

Era uno de los más hermosos museos de la ciudad, no por grande ni majestuoso, sino porque era retrato espacial e íntimo de la obra de una de las más grandes artistas bolivianas. Escondida del desarrollo en una calle discreta, extensión de la avenida Ecuador, estaba la casa museo Marina Nuñez del Prado que exponía su gigante legado de belleza y genialidad. Una de sus características esculturas femeninas adornaba la entrada, entonces uno sabía que había llegado a su santuario de inspiración y transpiración, se subían unas gradas y se encontraba con el fascinante mundo intimo de la artista, con sus soberbias obras rodeando un silvestre jardín, escenario perfecto para esas piezas nacidas de la montaña y la tierra, y donde uno podía quedarse horas en silencio, hipnotizado por la belleza en una especie de galería natural.  Además estaban los cuartos que reunían todas las pertenencias de Marina, adornos, artesanías recogidas de sus viajes eternos, regalos y cuadros. También exhibía la orfebrería extensa y delicada de su hermana Nilda, otra artista imposible de separar del espacio y la biografía de Marina. Y uno de los ambientes más sobrecogedores era precisamente su taller donde se podía contemplar un centenar de piezas y madonas a medio hacer, y que habrían de quedarse así, como un auténtico relato físico del proceso. Los diferentes cuartos estaban habitados por sus esculturas para la solaz visual, desde los materiales, que habían dejado de ser solo piedra, cobre, mármol y madera, para ser retrato físico de la mujer y la montaña. Uno podía desmenuzar, con el gusto, la texturas exquisitas del guayacá, del quebracho y el lapacho que en algún momento fueron árbol, había que maravillarse del granito comanche, del basalto y del ónix que en manos de la alquimista Marina se habían convertido en oro artístico. Allí estaba el impresionante busto de su madre en un ónix blanco que dejaba a uno boquiabierto, como habían quedado grandes de las letras como Gabriela Mistral y Rafael Alberti que le dedicaron sendos escritos. Como testigo maravillada de la transformación de la piedra, Mistral puso palabras a la experiencia: "Ningún espectáculo de este mundo me engolosina tanto como palpar la vocación y sus maravillas, tan feliz me ha hecho seguir la saga de la boliviana durante cinco horas que he querido dar a los míos estas migajas del banquete que tuvieron mis ojos”.
Por su parte el español Alberti plasmó su admiración en un poema: "De mano blanda y dura, jazmín y garra, dedicada mano, india mansa o quien sabe si feroz criatura. Posible emperatriz de mi Oriente lejano, saludo tu escultura, grande y tan alta como tu Altiplano”.
"El Taller de Marina Núñez del Prado está situado en la calle Ecuador 2034 del barrio de Sopocachi de la ciudad de La Paz, tiene al frente una hermosa vista panorámica del Illimani. La artista trabaja en el jardín rodeada de esculturas y bloques de piedra que ella escoge en persona”, así describía el lugar el hermoso libro "Escultura” que había editado en 1960 la Galería Bonino de Argentina.
Todo este esplendor se apagó hace más de una década, tiempo que esta casa museo está cerrada. Dicen que un directorio estaba encargado de preservarlo y ampliarlo y a tantos años de sus puertas cerradas, solo han reducido las posibilidades de poder acceder a la obra de la artista. Un hecho que nos recuerda la desventura de la Cinemateca que tras un ambicioso proyecto terminó su construcción una década después cuando el tiempo y el mercado habían trazado otros senderos para el cine. Dicen además que en La Casa Museo de Marina Nuñez del Prado se iniciaron construcciones, en el jardín que tanto amaba la escultora, rompiendo precisamente el sentido básico de una casa museo, cual es el de preservar espacialmente la vida de la artista. Esa Casa Museo no necesitaba nada más que cuidado y sostenimiento, no era un lugar para eventos, ni para exhibir la obra de otros, era el testimonio vivencial de la gran Marina y su sola presencia en la ciudad era en si misma una obra de arte.
Hace más de una década que los artistas, los estudiantes y los apreciadores del arte no tienen acceso a esa monumental obra, quizá muchos incluso desconocen que existe esa casa tesoro, pero como ha ocurrido otras veces los guardianes del tesoro terminan por convertirse en el principal escollo de su apreciación. En nombre de la protección le roban a la artista el destino único de su obra: exhibirse. De nada sirve un tesoro si está enterrado. Entre tramites eternos, solicitudes vacuas, financiamientos truncos, y burocracias fachosas, el tiempo sigue marchitando la obra de la gigante Marina que sufre la más injusta condena para su trascendencia… las puertas cerradas.

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