El infierno verde

sábado, 31 de enero de 2015 · 20:28
 Alfonso Gumucio Dagron
Con motivo del reconocimiento que le otorgó la Cámara de Senadores de la Asamblea Legislativa Plurinacional, la Cinemateca Boliviana re-estrenó recientemente La Guerra del Chaco, de Luis Bazoberry García, uno de los pocos documentales realizados durante el conflicto bélico con Paraguay (1932-1935).
Para quienes hemos investigado sobre la historia del cine boliviano a base de testimonios de sobrevivientes y unas pocas descripciones que encontramos en la prensa de la época, la oportunidad de ver el mediometraje es un verdadero privilegio, pues todo lo que uno pueda haber imaginado no se compara con la experiencia de poder analizar el discurso fílmico tal como lo organizó el cineasta.
Cuando releo las siete páginas que le dediqué a la película en mi Historia del cine en Bolivia (1980), que parecen surgidas de la nada, recuerdo, sin embargo, que tuve que dedicarle mucho trabajo para conseguir y procesar la información. Cada frase y cada párrafo se construyó con base en una labor detectivesca.
Mi fuente principal fue el testimonio del propio hijo de Luis Bazoberry García, que a mediados de los años 1970 ejercía como dentista en la calle Comercio. Para que me contara sobre su padre me sometí voluntariamente a largas sesiones de tortura. Dejé en su consultorio varias muelas, entre ellas las del juicio, que me tuvo que arrancar con anestesia general porque no querían desprenderse de mi maxilar.
Valió la pena el padecimiento, no solamente por la información que obtuve, sino porque sesión tras sesión fui convenciendo al Dr. Bazoberry que no vendiera la película de su padre a Estados Unidos, como tenía planeado hacerlo. Le habían ofrecido varios miles de dólares, no recuerdo bien si 15.000 o 20.000, que en esa época era una suma atractiva. Nadie en Bolivia se había interesado en comprar la copia que tenía en su poder. Lo convencí de que esperara y cediera a la Cinemateca, creada recién en 1976, esa obra que su padre le había dejado en herencia.  
El Dr. Bazoberry me contaba que su padre había filmado la película con una cámara "de juguete”, una pequeña Pathé de cuerda, aunque según un artículo de la época, se trataba de una Kinamo. Lo importante es que cargaba rollos de apenas 25 metros y en esas condiciones tuvo Bazoberry que hacer su mediometraje. A lo largo del conflicto filmó cerca de 25.000 metros de escenas cotidianas en los campamentos y en el frente de guerra. La pasión con la que encaró el proyecto era objeto de burlas de quienes lo rodeaban, pero él persistió a pesar de las dificultades, que al final no fueron tantas en el momento de filmar como después.
Cuando ya tenía filmada una gran cantidad de rollos, descubrió con tristeza que el calor del Chaco (40 grados)  había inutilizado la mayor parte. La película se había convertido en una masa inservible. A partir de ese momento optó por enviar los rollos a su familia, a Cochabamba, a medida que filmaba.  
Bazoberry no tuvo la suerte de contar con el apoyo oficial con que contaron otros cineastas para realizar películas sobre el Chaco. A él lo contrataron como fotógrafo de hospitales de campaña y de aerofotogrametría, de modo que hizo el documental por su cuenta, aprovechando los vuelos sobre el escenario del Chaco y su prolongada estadía en los campamentos, y tuvo que luchar contra el pesimismo de sus superiores para tratar de convencerlos "de que algo saldría”. Sus fotografías trascendieron como postales y los diarios de entonces publicaron las imágenes del Chaco que él enviaba.  
Esta información está contenida en una carta redactada por el propio Bazoberry al final de su vida, una carta que tiene la particularidad de estar certificada por las firmas de David Toro y del general Enrique Peñaranda, ambos expresidentes de la República, con quienes tuvo cercanía durante la guerra. En su carta afirma que "esta propaganda gráfica ayudó sobremanera a levantar el espíritu patriótico, cual evidencia la enorme referencia y propaganda de prensa en todo el país”.
Al concluir la guerra, Bazoberry se trasladó a España. En Bolivia no había infraestructura cinematográfica para hacer el trabajo de posproducción de su película, de manera que decidió invertir todo lo que tenía para cumplir su objetivo en Barcelona, a donde viajó en octubre de 1935.
Con 3.000 metros en buen estado tuvo Bazoberry que editar La Guerra del Chaco en los laboratorios Bosch (Barguño, según su hijo). Para financiar el costo que representaba el laboratorio, trabajó para esa misma empresa filmando cortos comerciales. Más de un año vivió de manera precaria, mientras la familia pasaba por una circunstancia no más ventajosa en Bolivia. Sin estos sacrificios no hubiese logrado nada.
Todo lo que incluí en mi texto de la Historia del cine boliviano constituye una descripción exacta de la película que podemos volver a ver ahora en la Cinemateca. Pero lo que me impactó es cómo en 2015 podemos hacer una lectura tan diferente de la que se hizo cuando se estrenó en 1936.
La Guerra del Chaco que vemos hoy es una película trágica. El tono triunfalista que tenía en 1936 tiene ahora el sabor amargo de la derrota. Cuando vemos a los militares bolivianos de alto rango pavonearse en el campo de batalla como si fueran héroes victoriosos, no podemos sino sentir la amargura de la impostura.
Es cierto que Bazoberry no tenía otra opción en ese momento: tenía que falsificar la realidad para que el pueblo boliviano asumiera la derrota con vaselina. Tenía que salvar el cuello de generales incapaces y de una clase política indolente, cuyas equivocaciones llevaron al desastre. Las risas de Peñaranda (¿de qué se ríe general?), la "confraternización” con los militares paraguayos, el desfile de los derrotados frente al balcón del Palacio Quemado y otras escenas "patrióticas” aparecen ahora con una carga de ironía que entristece.

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