Contante y sonante

Del coro y sus adentros

A Manuel le gusta particularmente el tango cambalache porque le hace recuerdo a todos los discursos que se acuerda haber escuchado antes y ahora en las concentraciones en las que hay dos lados.
viernes, 6 de febrero de 2015 · 21:12
Óscar García / La Paz


A Manuel le gusta leer a Píndaro, a quien le gustaba ir a ver competir a Anastágoras en el triatlón porque su cuerpo era digno de un cuerpo griego, que en estos días hubiera servido para vender desodorantes. Así el culto al cuerpo también sirve para ofertar perfumes y detectives en Miami.
A Anastágoras le gustaba mirarse en el reflejo de las aguas del río Aliákmonas, de la vertiente del Egeo y le gustaba lo que veía. Se contemplaba durante el tiempo en el que el sol permitía un reflejo perfecto. Al atardecer el reflejo del cuerpo se distorsionaba y cada vez se parecía menos a un cuerpo y más a una persona observada a través de un vidrio nacional. Así pasaba el atleta sus días. En sus noches comía uvas y tomaba vino y pensaba, mirando a la luna, en dos cosas, en la atracción de la gravedad y en la inmortalidad del cangrejo.
A Manuel le gusta viajar pero nunca puede debido a su complicada situación económica. Es más, nunca viajó. Lo más lejos que llegó es a un pequeño pueblo a menos de media hora saliendo de la ciudad, en ocasión de una excursión con su curso de tercero básico, en la que aprovechó para ver gallinas en estado natural, sin aderezos ni mayonesa. Aprovechó también el evento para enamorarse de su profesor y comer tantos
sándwiches de mortadela como los que pudiera alojar su estómago de altura. 
En ese pueblo había nacido uno de los presidentes de Bolivia, uno antiguo de ésos que usan sables en las figuritas para coleccionar, y tienen patillas como las de Sandro, el Gitano, y tienen la mirada grave y están pintados siempre en contra picado para que parezcan más grandes de lo que fueron, en todo sentido. Se sabe que apenas subían al caballo con ayuda de tres soldados, uno que empujaba el poto, otro la bota y el tercero que reía del otro lado del caballo. Así salían a la batalla y así tenían un impecable éxito con las señoritas criollas. Un miriñaque por pueblo, un corazón en cada parada.
Manuel recuerda esa excursión como la aventura más grande de su tranquila vida. Ahora, sin nada más que hacer que contemplar una maceta en el patio de cemento, le gusta también dejar a un lado el libro de Píndaro y escuchar tangos en una radio que ya no existe, pero él la escucha. Su hijo lo mira asombrado porque no sabe cómo le hace. Busca la misma radio y en verdad no la encuentra nunca. No existe más que en la memoria sonora de Manuel. Es un asunto paranormal. Para él es normal.
A Manuel le gusta particularmente el tango cambalache porque le hace recuerdo a todos los discursos que se acuerda haber escuchado antes y ahora en las concentraciones en las que hay dos lados, el lado de los que hablan y el lado de los que no hablan. El lado de los que se buscan una moneda en el bolsillo para volver a su habitual pobreza y el lado de los que sacan la moneda del bolsillo porque sobra y molesta al sentarse.  El lado de los que vuelven a pelear un lugar en la fila que no es fila para conseguir un imposible lugar en el minibús y el lado de los que se dejan abrir la puerta de un brilloso último modelo por el sumiso conductor que está siempre a punto de hacer venias. A Manuel le gusta ese tango y a veces lo pilla en su radio. Raras veces. Con frecuencia más bien ponen el tango "tomo y obligo” y llora sin que su hijo lo note para no transmitir en él la nostalgia terrible que siente desde que su esposa lo dejó por motivos que a nadie quiere contar.
A Manuel le gusta la marraqueta y el café con leche y mejor si se trata de leche de vaca, de ésa que le llevaba una lechera desde las bajuras de la ciudad. Fresca, con nata, con harta nata que untaba en una marraqueta crujiente que al quebrarse emitía un sonido que se escuchaba hasta en el foso del teatro municipal y hacía equivocar a los actores que ensayaban una obra de Ionesco sin comprenderla del todo, porque no se trata de eso.
A Manuel le gusta el teatro pero no va porque tiene vergüenza, ya que cree que las actrices lo van a mirar hasta que se ponga colorado y lo van a hacer subir a las tablas para hacerse la burla de su calzón rosado que asoma por un rincón de su pantalón. Por eso no va.
A Manuel le gusta ahora la marraqueta con mantequilla porque ya no hay nata desde que la lechera se dedicó ya no a la lechería, sino que al próspero negocio de la venta de ropa usada para convertirse en una próspera comerciante en ascenso.
Para comer su marraqueta con mantequilla, Manuel recurre a su estrategia de ventas. Empezó a vender sus cosas desde hace años, cuando su condición de clase lo dejó en condición de desgracia. Así, vendió su máquina de hacer cocteles y su recuerdo de España y su escopeta para cazar patos en el río seco. De lo último que vendió le quedan unas monedas y siente un justificado temor al dudar en mandar a su hijo a comprar. La última vez que lo hizo, en un complicado proceso inexplicable, le mató el cambio.

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