Los apurados de hoy

“No hay decadencia alguna si se logra conseguir por fin el escudo y los simbolismos del apellido. No para saber. Para mostrar. Ahí radica la diferencia entre saber y mostrar”
sábado, 15 de octubre de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
Parece que en los últimos 16 años las transformaciones en las sociedades urbanas, al menos, y en relación con el conocimiento y  las recreaciones en lo que se llama arte, aproximado o no, hubieran pasado por tantos filtros y tamices que lo que queda es una pizca de polvo elemental y reducido a lo mínimo. Da flojera cualquier cosa que haya que analizar o explicarse. Da flojera buscar en el diccionario una palabra de la cual no se tuvo noticia antes. La palabra escandido, por ejemplo. Da flojera repensar la escritura o la pincelada.

 Debe ser todo veloz como el ataque de una serpiente en medio de la espesura verde y húmeda o en la inmensidad del desierto en la que apenas un movimiento avisa de la mordedura y posterior convulsión que precede a la muerte. Todo debe ser rápido y furioso. Pinturas de acuerdo con el tamaño de la pared, difuminadas, sugeridas, repetitivas, autoclonadas. Siluetas aparentando desnudez y sensualidad de campaña publicitaria para perfumes. Escrituras breves y confusas cargadas de ternuras y de misterios de librillos para leer en la flota. 

Obras de compleja dramaturgia cuya decodificación consiste en una tertulia con quien escribe, en un bar de luces rojizas y jazz en el fondo, acompañando. La velocidad ha superado a la contemplación y ésta ha pasado a la categoría de exquisitez para personas al borde de otra dimensión. En ésta, hay que apurar la mano y la producción. 

Acelerar los tiempos creativos y los tiempos de mostrar los resultados de las creaciones. Recreaciones, en verdad. No hay cosa que se haga de la nada. Todo se hizo de alguna forma, antes. Se vive rehaciendo, rediciendo, reescribiendo. Viviendo todo de Nuevo como en una espiral marcada por interminables visiones de lo que ya se vivió. No hay forma de seguir en la senda. Aunque parezca que nada ya es posible, sí lo es. En apariencia y en riguroso apego a la historia. No a la que se construye a partir de la suma de hechos bochornosos o épicos, no a la que se edifica sobre fechas y nombres de ciudades y tampoco a la historia que se viste con el nombre de las calles y de las estatuas. 

La historia de las manos y la que se adhiere de a poco en las paredes y en la grasa de las cocinas. La que pasa factura alguna vez, cuando ya no hay remedio, por las ingerencias de alimentos y de bebidas que alteran la conciencia y por las que sanan. Llevando ambas y en ambos casos, a la gente a la morada ulterior. Porque no hay otra morada. Si las gentes vuelven en otras gentes, también dan flojera. En estos tiempos hasta la reencarnación es cosa de velocidad y de eficiencia.

Parece que en los últimos años la imagen ha ganado tal sitial en el imaginario personal, que se cuida con total fragosidad, el descuido. Salir a las calles en cuidadoso descuido es parte del juego de las apariencias en estado de no apariencia. No se puede dejar nada al azar y no importa el costo. No demasiado. Se puede ejercer el descuido y la casualidad sin muchos recursos. Pero ser una persona producida sin recursos es un tanto más complicado. Presumir de cada pedazo del cuerpo y de las formas y presumir de la tersura de la piel y del atenido tiene que relacionarse con la Mirada del otro.

No se hace sino para la mirada del otro. No hay tatuajes para sí. No para esconder. Se hace para mostrar, como el arete, como el accesorio, como el músculo.

 Las decencias se miden en galanteos y en indumentarias aparentes. Las decencias se miden por el lugar que se habita y por los comentarios correctos en las reuniones de confraternización de los atuendos. Las decencias se miden por el apellido y también por las sangres que éste traiga. No hay decadencia alguna si se logra conseguir por fin el escudo y los simbolismos del apellido. No para saber. Para mostrar. Ahí radica la diferencia entre saber y mostrar. Entre una vida para sí y por sí, ante una vida para la mirada de la otredad. De ahí los apuros y las reducciones. La existencia parece estar vacía e incompleta si no se rellena de miradas y de aceptaciones. Nadie es nada. Fantasmas en la sociedad, anónimos flotando por el purgatorio, si no hay la mirada y la venia. El zalamerío, la frase que envuelve y que infla el pecho. La libertad se la piensa como una sensación ligada a la velocidad del acto. 

Una ilusión de la actividad frenética y de bolsillo que termina pareciendo. Siempre pareciendo antes de ser. De ahí que hace rato ya, hace mucho, las cosas se empezaron a confundir. Las cosas y las emociones. Las obras originales y las imitaciones baratas. Las cosas inglesas y las chinas. Los rituales y los performances. Las sanciones y las presentaciones de los payasitos Lechuguita y Fosforito. El discurso incendiario y los textos de autoayuda destinados al éxito. Los pensamientos del arte de la guerra con los quehaceres de la empresa. Se confundieron hasta el punto de la consolidación, el ser de carne y hueso, de la revolución, de la religión, de las artes musicales, del teatro, del cine o de cualquier otro oficio y pensamiento, con la imagen del ser, dibujada en una indumentaria o en la pared, carente de simbolismo y de significación. Sólo en apariencia.

No hay nadie exento de estas transformaciones. Unos saben, otros sospechan. A los más, las transformaciones les pasaron por los orificios de la vida y no se percataron hasta que la única forma de existir, a riesgo del estado de abstinencia, es la toma de una selfie, para perpetuar la vida y trascender más allá de los apuros. Ni la Academia sueca ni las luchadoras de pollera se sustraen a estos hechos. Ni las mascotas. Pero ellas no lo saben. No les importa.

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