El taller desconocido e improbable de Alfredo La Placa

El pintor presentará la exposición Rojo y Negro. La inauguración será el jueves, en Mérida Romero.
domingo, 2 de octubre de 2016 · 00:00
Lupe Andrade  / La Paz

El estudio/taller/refugio de Alfredo La Placa en la ciudad de La Paz es un microcosmos. Es también una paradoja, un desafío a lo imposible y una mirada al infinito.  Un espacio tan abigarrado y abarrotado de objetos que apenas  uno puede darse vuelta (cuidadosamente) sin tocar nada, y a la vez tan grande que caben las ideas más disparatadas, las genialidades más brillantes y los extremos de la simplicidad, lo recóndito, lo inesperado y la elegancia.  Allí se puede encontrar todo, absolutamente todo, menos el desorden. 
 
Tengo el privilegio de ser admitida, cámara fotográfica en mano, en este espacio personal y casi secreto.  Privilegio ganado a pulso, por más de cincuenta años de amistad.  Allí, nada me asombra, si no es la multiplicidad de elementos que son de Alfredo y que en conjunto, son Alfredo.  ¿Uno quiere ver lo más chico? Hay lupas y lentes de aumento.  ¿Ver a lo lejos? Hay binoculares.  ¿Contemplar el infinito? Pues allí están los cuadros de Alfredo, que son ventanas al universo.  Podría ser más fácil decir lo que este estudio no es, que definir lo que sí es: no es una biblioteca, aunque hay más libros de los que caben en los estantes, en el piso y sobre las mesas.  No es un simple taller aunque es donde trabaja el pintor, y no es un espacio común y corriente, aunque esté dentro de en un edificio residencial.
 
Y no vaya nadie a creer que existe embrollo o confusión en el inmenso mar de objetos y categorías del estudio del pintor.  Todo, desde puntas de flecha de obsidiana o pedernal, vasijas tiwanacotas, textiles milenarios o tubos de pintura, responde a una organización que nace en la mente del artista, que refleja su mundo, su pensamiento y su sentido del tiempo y de la vida.  La parte central, el corazón, es por supuesto la pintura.  Pero no cualquier pintor tiene las pinturas, paletas, pinceles, lienzos y otros instrumentos en un orden resplandeciente y tan limpio -pese a tanto color- que se asemeja a un quirófano.  La creación se plasma aquí, pero nace del conjunto total del mundo espiritual de Alfredo, que se refleja en este espacio pero que no tiene límites.
 
Allí, en medio de fotografías, escritos, y vasijas, las piedras son importantes, especialmente del Lago Titicaca. Hay piedras cuyas formas y colores asombran; piedras cuya belleza se luce por la manera en que están agrupadas; hay fósiles que recuerdan los inicios de la vida en la tierra, y meteoritos caídos de los cielos. Hay piedras talladas, antiquísimas; hay piedras pulidas; hay piedras que parecen esculturas y hay esculturas de piedra.

No existe un catálogo o una guía, pero todo está en su memoria y su cerebro.  Alfredo sabe exactamente lo que tiene allí, y dónde está almacenado.  Hay desde lo sublime (20 libros de poesía de Mario Benedetti, por ejemplo, obras de Borges o Shakespeare), a lo aparentemente frívolo: revistas Vanidades y "Cosas” las cuales, dice Alfredo, le dan una visión distinta del mundo en que vivimos y que tienen su importancia.  Levantando el dedo admonitor, añade, "la moda es bella” y "la buena fotografía es también un arte.”
 
La familia está presente por doquier: los rostros y obras de sus hijos, fotografías y recuerdos de los nietos, y una larga mirada atrás con objetos de su infancia y juventud. "Tengo aquí a mi madre”, dice,  mostrando a Doña Rebeca Zubieta en una bella fotografía de hace tres cuartos de siglo.  "Las madres son fundamentales en la vida de cualquiera”, añade, "pero más aún en quienes cultivan el arte o la literatura”.  "Ella me enseñó a ser ordenado… No permitía que nada esté fuera de su lugar”. "¿Y tu?”    Pregunto.  "Ah. Yo tampoco.  No tolero el desorden.  No, no, no, y no.”

Rita del Solar, inseparable compañera de vida de Alfredo, presente en múltiples fotografías y objetos, es quien alimenta y acrecienta el caudal del estudio, aunque vaticina con una sonrisa que algún momento "habrá tanta cosa que no podrás salir ni entrar aquí”.  Y ella es quien se preocupa de que el estudio tenga buen espacio, que esté cuidado, limpio y desempolvado, "sin que se mueva nada, ni un milímetro”.  Ella, en suma, es quien comprende al artista mejor que nadie, respetando la soledad en compañía que necesita Alfredo, es decir, comprende que tiene un mundo compartido y un mundo propio, suyo y de nadie más, donde cada objeto es testimonio de algo o alguien en su vida.  

A pesar de haber quedado a medias, tanto en ver objetos como en fotografías, no pude volver, porque ahora el artista está pintando, y nadie puede turbar su concentración.  Me quedo con mil preguntas en el alma, pero comparto esta experiencia y algunas imágenes con todos los lectores y amantes del arte.  Algo frustrada y con sabor a poco, estoy sin embargo consciente de haber vivido un privilegio y una confianza que no olvidaré y que no puedo traicionar.

Finalmente, Alfredo es quien ha definido su estudio: "Es todo lo mío, y a pesar de ello, no está terminado. Todavía hay mucho que pintar, pensar y vivir”.

 
 Trayectoria
 
  • Vida Alfredo La Placa (Potosí, 1929) realizó estudios en la Academia de Arte Breda de Milán, Italia. Posteriormente trabajó en el Taller de Sansón Flexer en el Brasil, donde también hizo cursos de artes gráficas. Dirigió el Museo Nacional de Arte con sede en La Paz (1976), se lee en el Diccionario Cultural Boliviano.
  • Trabajo Sus primeras exposiciones datan de 1955, cuando participó por ejemplo en la III Bienal de Arte de Sao Paulo, Brasil. Luego pasaría a bienales en España y México. También visitó Colombia, Argentina, Ecuador y  EEUU, luego París, Francia, donde radicó por algún tiempo.
  • Muestra Alfredo La Placa presentará su más reciente exposición Rojo y Negro. La inauguración será el jueves 6 de octubre, en el espacio de arte Mérida Romero  (Calle René Moreno, 1223, Bloque E, San Miguel). Además, en el mismo espacio y  en el mismo día, León Saavedra Geuer abrirá su muestra.  

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