Largo viaje de bajada

sábado, 22 de octubre de 2016 · 00:00
Óscar García  / La Paz

Habiendo alcanzado la cima de la montaña, la llama respira y observa. Su lana se mece, sus ojos detenidos en un punto específico del horizonte desmenuzan las texturas. Las de piedra y barro.
 
La llama mira hacia una casa. En la casa, hecha de piedra y barro hay una grieta por la que, haciendo un esfuerzo, se hace campo la hormiga del lugar. Es la que queda, no hay más hormigas que ella. Se siente solitaria y abandonada como la última leona de la manada que se extinguió porque las madres se comieron a los hijos y la sabana a la leona y el hombre a la sabana y al hombre ni el mismo diablo lo pudo acabar.

La hormiga que queda, atravesando la grieta de la pared ocasionada por las inclemencias del clima, tan azaroso, por cierto, lleva a cuestas al cadáver de su prima. Ella supone que es su prima porque se parece. Todas las hormigas se parecen. Seguramente, a una escala adecuada y grande, todos los humanos esencialmente también se parecen. Vistos de arriba y de lejos, todos los humanos tienen la misma apariencia. Al acercar la visión es que recién asoman los detalles, el color de los ojos, de la piel. Las arrugas, los lunares y las pequeñas manchas. Aparecen las marcas de la vida y de las muertes parciales que convertidas en cicatrices son como sellos de identidad. La caída que al aprender a manejar bicicleta dejó una línea a la altura de la rodilla es un ejemplo. 

El corte sobre la ceja, el golpe en la nariz. Aparecen las diferencias de tamaño y el diferente diámetro de las cabezas. Y aparecen los pareceres sobre diversos temas. Las creencias y los absolutos. Es que solo en el detalle y en la profunda observación es que se ven las cosas y a las gentes en su real dimensión. Se puede saber un poco más pero no todo. Nunca se sabe todo de nada ni de nadie. Las cosas y los seres guardan secretos insondables. Pero no porque se trate de esconder algo denso oscuro e imborrable. 

Es simplemente que se trata de los mundos particulares, individuales, únicos, parte del yo, parte del concepto de ser en sí y por sí. Lo que tampoco implica una obsesiva y terca forma de vivir en estado de absoluto egoísmo. Es que a partir del reconocimiento del ser, del yo y del otro, un impulso cuasi natural empuja y atrae a los humanos, que no a todos los seres, a vivir en un constante cultivo del espejo. En el detalle y la paciencia es que se sabe de ése yo, con mayor profundidad. 

Es con la misma paciencia con la que se escucha en medio de una entrada folklórica, al viento que mece al árbol solitario que respira apenas en una plaza de Oruro con la sensación de estar abandonado del mundo. Ver y escuchar, tocar, oler y saborear. Los sentidos todos puestos al servicio del estarse en el mundo.  Aprender con todas las percepciones y construir en los sitios precisos del cerebro las ideas que se hace una persona del mundo. Solitaria y única también.
 
Puesto que lo compartimos es, al mirar la misma cosa, la cosa misma. Digamos, al mirar un árbol, se comparte el árbol, no la imagen del árbol. Distinta para cada quien como el sabor del chocolate o el olor del ajo, como la textura de una piel. Como lo que la mente recuerda de ésa textura.

Lo que hace igual a unos y a otros es lo lejos. Lo cerca separa y divide para bien. De lejos los mares son azules, parecen azules. Los campos amarillos hechos de flores amarillas son uniformes y monocromos. De cerca cada centímetro de agua es de color nómada y cada flor de un amarillo diferente y parecido. Lo uniforme y plano, lo extenso y exento de movilidad es cosa de percepciones lejanas y absolutistas. Todo es igual, todos son iguales se dice. Y en el acercamiento se descubre y desvela la multiplicidad y la necesidad de asentar con fortaleza y firmeza, la diferencia.

No hay huellas dactilares iguales, ni voces iguales, ni miradas. En la diferencia es que se tejen las historias de la vida, los amores y los horrores. En las diferencias mal comprendidas se muerde y se limita, se mata, se besa y se habla. Se habla, se habla. Tanto, que al cabo lo que cabe es el silencio. En las diferencias el silencio importa y ayuda. La llama que observa, en silencio, desde arriba, ve que todo parece lo mismo pero sabe que no es así y emprende el viaje de bajada. Para eso había subido.

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