Crónica

La frontera invisible

martes, 4 de octubre de 2016 · 00:00
Mónica Navia Antezana

Salgo de la sala de conferencias improvisada y, apenas levanto la vista, diviso el cielo nocturno iluminado por una constelación de estrellas. La noche en ese poblado, más iluminada que otros días —no hay luz eléctrica—, me deja contemplarlas con el mismo asombro con el que las vi una noche sin luna en medio del lago Titicaca. Maravilloso horizonte sin fronteras del Universo, me digo, mientras mis compañeros de viaje conversan animados luego de las charlas dictadas por Rodolfo Andaur, curador chileno, y la socióloga chilena Nanette Liberona minutos antes. Hace frío, pero nada que me impida que retome la amable conversación con los conferencistas, al calor de una cena preparada por los anfitriones en honor a los artistas bolivianos que hemos pisado —algunos por vez primera— territorio chileno. Nos encontramos en la localidad de Colchane, ubicada a pocos metros de la ciudad fronteriza de Pisiga Oruro.

Esta noche compartimos alrededor de 30 artistas bolivianos y chilenos en uno de los eventos de Apthapi. Encuentro Internacional de Arte, organizado por el colectivo de arte contemporáneo Antiarte, de Oruro, que, como lo mencionó en un matutino local Alejandro Valdés, uno de sus miembros, trabaja desde la "periferia” (Oruro) y desde la "periferia de la periferia” (arte en Oruro).

Minutos después, todos devoramos una cacerola enorme de mariscos que algún pescador chileno cosechó en la amplia costa marítima de ese país. No me cuesta preguntarme si la cosecha pudo haber sido realizada al interior de los 400 kilómetros de frontera que hace más de un siglo pertenecieran al pueblo boliviano. Pero nadie está allí para negociaciones o reclamos políticos, más bien pareciera que un "sana sana” bordea los labios de ambos. 

Salir de Bolivia es sencillo, y tenemos la suerte de ser recibidos en las oficinas de Migración de Chile por algunos funcionarios que nos tratan como ciudadanos, gracias a la oportuna negociación de los artistas chilenos que nos acompañaban. Bueno, al menos a nosotros, ya que nos antecede un joven boliviano que nerviosamente intenta llenar la boleta de migración apoyado en una pequeña mesa mientras recibe gritos de otro joven, un uniformado chileno. Pero no es de la ofensa de los funcionarios chilenos hacia los bolivianos en tránsito a ese país de lo que me interesa hablar. Nuestro paso por esas dependencias oficiales tiene un objetivo completamente distinto: somos invitados de honor por parte de un conjunto de jóvenes artistas chilenos para hablar de arte y de migración, los dos temas de la charla organizada por los amigos del país vecino.

En medio de la cena, una artista chilena me ofrece amablemente su ayuda para abrir una almeja. Le respondo que no; pero esa pregunta detona en mí lo que no debía: la memoria histórica, el derecho de estar ahora en calidad de invitados en un espacio que fuera nuestro, la cena de aquello que ya no nos pertenece, los ecos un dolor que anidamos desde que somos niños. La cena fue preparada con afecto, eso sentimos los bolivianos; la cacerola que se vacía poco a poco, hasta que sólo queda un poco de caldo, y el calor del carbón alrededor del cual nos refugiamos son el escenario propicio para hablar de arte, de amistad e, ineludiblemente, de historia. 

Pero de este asunto de la guerra poco se quiere decir. Así lo reitera Andaur, que apunta un silencio, no velado, sino explícito o impuesto, por el discurso oficial chileno: él relata que la censura proviene desde arriba, y abajo cuesta no acatarla si está en juego incluso el financiamiento de un proyecto. 

Ya de regreso de Colchane, en la oficina de migración chilena, un joven funcionario hace gala de su desprecio hacia los bolivianos ofendiéndonos a cada uno de los que tuvimos que pararnos frente a su ventanilla. Apenas son instantes, pero su mirada, el tono de su voz, las breves palabras secas y amargas propias de un personaje de Dostoievsky bastan para recordarnos quiénes somos para el Estado chileno. Y en una estrella, mi bisabuelo, que combatió en la Guerra del Pacífico, lo sabe. 

El lugar donde finalmente se llevan a cabo las acciones artísticas y se realizan las instalaciones es el joven pueblo boliviano de Pisiga, fundado en 1962. Con apenas 718 habitantes, nos reciben amables las autoridades y sus habitantes, quienes, durante los tres días de nuestra estancia, observan con interés el trabajo de los artistas chilenos que intervienen con un esténcil el hito fronterizo ubicado a unos pasos de la oficina migratoria de ambos países o de la artista boliviana que "cose” la frontera a pulso (Yhomara Muñoz). Entre otras obras presentadas, menciono:
 
Visión utópica de un abrazo, de Jaime Achocalla; Fractura, de Mauricio Castellón; Jallalla. Unión de dos cuerpos, de Camilo Ortega; Autocontrol FRontera, de Francisco ALcayaga Motta; Cristal, de Mónica Navia y Juan Carlos Canaviri; La frontera imaginaria, de Alejandro Valdés; el Marco de la conciencia, de Ediberto Chintari; Síntesis para un extracto de tierra, de Santiago Contreras.
 
Estas obras dan cuenta de que sí hay una frontera y que ésta, según cada quien, se remarca o se destruye al calor de un relato, un cuerpo, una voz o un objeto. 

Se trata de un encuentro de arte, pero no es posible censurar lo que se dice con otras marcas que no se distinguen con el lenguaje hablado. 

Maravilloso horizonte sin fronteras del Universo; pero estar en la frontera de la tierra duele. No hay consuelo que permita suponer que el olvido supere a la memoria, y las palabras de Diego, mi hijo, "los bolivianos tenemos que aprender a perdonar”, todavía me cuesta pronunciarlas. 

(*) Es artista y docente de la Universidad Católica San Pablo y de la Universidad Mayor de San Andrés.

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