Contante y sonante

Escrituras de noche

sábado, 8 de octubre de 2016 · 00:15
Óscar García / La Paz

Desde la figura que se formó en años de humedad en el tumbado, escribo esta carta, disculpa que la tinta de a momentos sea más clara y otras más oscura. Ya no hacen puntabolas como antes. Hasta para tatuarse servía la tinta si se ponía un alfiler al extremo del tubo y se soplaba incrustando el alfiler apenas, en la piel. Se conoce de tatuajes extremos con esa técnica, corazones, escudos de equipos como el Oruro Royal y otras figuras menos simbólicas. Popeye, por ejemplo. Pero ¿a qué le viene esto? A nada. Solo te comento el asunto para darle a esta misiva un aire de paz y descuido. Como el descuido que tuvo el gato, el del lado, ¿te acuerdas del gato del lado? Uno Amarillo que solía hacer un ruido agudo cuando entraba en celo. Por cierto, siempre creímos que era el gato cuando en realidad era la gata.
 
La gata del lado. Era tierna pero también arisca. Nunca se acercó a más de cinco metros a nosotros y eso que le dejábamos un platito con comida en la ventana de la cocina. El plato de cerámica que, ya sé, por culpa mía fue a parar los tres pisos que separaban esa ventana del patio y del suelo. No iba a durar para siempre. Los platos no duran para siempre. Imagino que lo mismo pensaron algunos habitantes de Sumeria pero los platos que usaron todavía, algunos, están intactos en algún museo del mundo. Y si se esmeran en los museos, puede ser que duren más todavía.
 
El patio sigue igual, un poco más agrietado pero igual. Sigue oscuro y frío. No se puede pedir más cuando está en medio de edificios y es pequeño. A mediodía le da el sol porque está en el cénit, de otra forma, ya sabes, no es posible pese al esfuerzo que hiciste construyendo una cadena de espejos que de acuerdo a una lógica física, podía haber llevado luz del sol desde el techo hasta el patio. 
 
¿Cuántos años de mala suerte han pasado ya? Por la rotura de los espejos, digo. ¿Siete? ¿Veintiuno? Ah, no creo que eso haya pasado. Igual iba a pasar todo lo que pasó, espejos o no, rotos o sanos. Cuántas veces hice caer la sal y cuántas la lancé por encima de mi hombro. Igual, se cree en tantas cosas y hacemos pequeños rituales cuando las cosas que pasan tienen sus propias formas y sus explicaciones. Más o menos racionales, más o menos científicas pero explicables. El machimbre en las casas antiguas, o viejas, que no es lo mismo, cruje. La tía Martina, la que usaba un abrigo negro de piel de nutria, decía que el sonido ése era producido por los pasos de un pirata que en sus tiempos solía alojarse en la casa. 
 
Primero, supiste tú alguna vez de un pirata que llegue a una ciudad cuyo contacto con el mar está a miles de kilómetros? ¿Un pirata en las alturas? Y segundo, cómo saber que era pirata, pudo haber sido una costurera o un puerquito. Total, si no se lo ve, no se puede saber. Es que eso le contó, me decías, y nunca lo creí. La madera cruje. Punto. Pero puede crujir por pura energía y que esta venga de gentes o de montañas o de quién sabe qué, es posible. ¿Cómo está tu dedo meñique? ¿Te sigue doliendo cuando alzas cualquier cosa que pese más de 120 gramos? Ya sé que es un peso demasiado específico como para darse cuenta por la observación. No te conté pero hice con tu dedo un experimento durante dos meses, haciendo que levantaras cosas con diferentes pesos y concluí que al levantar cosas de más de 120 gramos decías ¡ay! Y te lo frotabas. No es al cohete. Hice un trabajo sistemático.
 
Hace días que no hay luz en la calle, el foco del poste ha desaparecido, no sé si haya sido robado o abducido. Una vez preguntaste si los marcianos se llevaban cosas además de personas. No supe responder, ni yo ni los marcianos. Lo mismo preguntaste en relación al imperio, "al imperio”, para aclarar. Si todo lo que pasa es un ataque a nuestra peligrosa y atribulada patria, que si llueve, que si se tropieza nuestro arquero, que si hundimos una fábrica o un barco. ¿Qué será no?
 
Cuando te fuiste, el día que te fuiste, no había nadie alrededor, ni en la cuadra, ni cinco cuadras a la redonda. Se escuchaba solo ruido de motores de camiones, de esos que tenían un sonido como de sirena, penetrante y atemorizante. Esos camiones que se llevaban a la gente. 
 
Y que se encargaban de que no vuelvan. El día ése, que te fuiste, estábamos reunidos en no sé qué lugar, para resistir y hacer planes contra las desapariciones. Eso merece, justamente hoy, que recuerde, mirando una foto, tu cabello iluminado, tus ojos con su brillo especial, mirando no se qué allá al fondo. Creo que a tu bicicleta, la que tanto te costó aprender a manejar. ¿Para qué? Para nada.
 
Bueno querida prima, donde estés, volvé en brisa y avísame para esperarte con un helado de canela en la esquina de la antigua casa en la que ahora viven dos ex coroneles y las maderas crujen, porque sí.

 


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