Esos y los otros que se van

sábado, 12 de noviembre de 2016 · 00:00
Óscar García /  La Paz
 
De un tiempo a esta parte parece estar ocurriendo un fenómeno extraño que abduce a seres de bien de los brazos del planeta. Se los lleva no se sabe a dónde, con delicadeza y encargándose de que nadie se dé cuenta. Que parezca natural como un yogurt natural, como una lluvia que no se detiene en el medio de una calle cariacontecida del centro de la ciudad de Oruro, en la noche.
 
Apenas comenzada la noche.

Se los lleva como se lleva el viento tenue el humo de los inciensos al aire libre. Como las palabras dichas en pocos decibeles en el medio de una ruidosa calle, cuando lo dicho pudo haber cambiado el curso de los acontecimientos, o la soledad o la compañía. Y hay seres que se van porque quieren. Con respeto y con actitud. Guardando el glamour aunque no quede ninguna tenida decente. Todas las tenidas son decentes, por otra parte, cuando sobra actitud. 

Quienes se van porque quieren, como aquellos de una lejana tribu de Indonesia, que se acuestan a morir cuando lo han decidido, se van con la ansiada paz que durante años han estado soñando los de por estos lares. Esa paz que parece alcanzarse en la medida en que los actos y las palabras que acompañan a los actos empaten, casi siempre. No es posible que empaten todo el tiempo, hay unas veces que se le dice al padre que su estofado estuvo delicioso cuando en realidad estuvo incomible. O se le dice al amigo que su canción es inolvidable, y es cierto, pero inolvidable porque no se puede olvidar una canción tan fea. Como no se puede olvidar una hermosa canción. No hay olvido posible, ni para lo bueno ni para lo otro. Afloran los recuerdos malos unas veces en el sueño otras en imágenes que se cruzan por una calle de pronto, como un flash, un recordatorio, una señal sin más propósito que establecer  las conexiones con el mundo.

De los que dejan de estar en las calles y en los comedores, los que dejan de estar en los silenciosos pasillos y anchos para que quepan muebles grandes y grandes frases, de los que dejan de estar en los cines casi vacíos pero vacíos de hueso y de creso, de los que dejan de estar detrás de las ventanas que se miran por fuera y de lejos, en la bruma, apenas iluminadas por neones rojos que suenan con interrupciones como si fuera un motor al que no le da la gana de encender, de esos, de los que dejan de estar, hay pocos. Porque al mismo tiempo seguramente se habrán ido muchos, muchos, insignes nadie, portentosos y poderosos, famélicos con más de 12 cuentas rigurosas en otros 12 rigurosos bancos, lóbregos combatientes de las calles implacables y terroríficas, astutos, rateros, funcionarios de capa caída, "escritorastros”, amantes impostores de todas las imposturas del planeta. Lúdicos y serpenteantes miradores del espejo ante toda eventualidad. Se habrán ido de estos, miles, por montones. Y tendrá, seguramente lloradores y lloronas, cuyas penas pasarán con el legado material y con las cositas que haya para repartirse. Se pasarán las penas con el paletó que queda grande, por el cual no dará nadie más que diez pesares y diez pesos de cualquier nacionalidad en la que los pesos son siempre un peso que hay que tener. De esos pesos que vale la pena llevar, a donde sea.

Para estos desaparecidos del mundo, los cotidianos, siempre habrá una lágrima de a de veras y otras 15 deliberadamente obligadas. Que no valen nada, ni la sal ni el agua. No valen ni su esfuerzo ni el sonido que hacen al salir. Que solo parecen escuchar las mascotas que aúllan de noche sin motivo. Sin motivo aparente.

De los seres que desaparecen sin más ni más, están aquellos que en un largo y lejano aullido van a volver, hechos de corteza antigua y de siempre palabra recreada, renovada. De palabra y de pez, de vibración de cuencos de metales imposibles. De esos seres que se van con disimulo y sin hacer ni un evento de sus partidas, ni un cuento, ni una película, ni una kermés, de esos seres, de esos, están hechas las luces que salen de un colibrí visitando nuestro jardín, o el patio, o la ventana escondida entre las sombras de la ciudad. 

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