Agustina colorada

sábado, 19 de noviembre de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
Un campanario se ve desde la entrada al pueblo. A veces hasta se escucha el tañer de las campanas, una vez cada que muere un Papa con una pequeña muerte. Suenan dos campanas en un intervalo cercano a una tercera menor. Mezclado con balidos y con viento. Cuando el viento se esmera a pasear por el pueblo hay un silbido constante difícil de evadir, no hay forma.
 
Las casas no tienen, vistas de afuera, un alero ni nada parecido. Son casas con paredes lisas, de barro. Algunas blancas, la mayoría del color del barro. Ese color es lindo, áspero, melancólico, duro, desolado. Se oiría decir que las casas están pintadas de un silencioso desasosiego. Y en las calles hay a veces piedras a manera de empedrado pero no regular sino más bien casual.
 
Una que otra piedra que cubre la tierra que se hace polvo con las pisadas y barro con la lluvia, con la escasa lluvia de febrero.

En este pueblo alejado del mundo vive una mujer, además de las otras, que tiene una mirada especial y misteriosa. Quienes la han visto mirar saben que no es así nomás. Hay algo inquietante y escondido, algo que se huele como un misterio. Esta mujer responde al nombre de Agustina. Es baja de estatura, muy baja pero no tanto como para ser considerada una pequeña mujercita. Este diminutivo se usa a menudo y en condiciones poco dignas. A veces mujercitas y hombrecitos tocan las puertas de las casas de gentes grandes para ofrecer queso a cambio de ropa. Ropa que jamás les quedaría bien a causa de su "diminutez”. Mujercitas y hombrecitos tocan las puertas de las casas y de los palacios y de los cholets y de las oficinas. Se parecen a Garabombo el invisible pero en más pequeño. Si una persona grande puede hacerse invisible, para una diminuta humanidad es bastante más fácil. En Agustina el tamaño nunca fue problema, nunca se preocupó de la forma de alcanzar una altura considerable para cambiar un foco. En el pueblo no hay electricidad por lo que nunca deberá intentar siquiera cambiar un foco. Lo más alto del pueblo es el campanario y tiene gradas en espiral que llevan hasta las campanas. De ahí se ve el entorno por todos los lados. Un altiplano extendido, árido y silencioso.

Cuando Agustina salió, un día, a pasear con su amiga, una llama pequeña y negra, temprano en la mañana, supo que algo malo iría a pasar. Siempre puede pasar algo peor que solo lo malo.
 
Ella lo sabía por pura intuición porque hay cosas que no salen y no se dice en los libros, o de pronto sí se lo dice pero encontrar el conocimiento adecuado y preciso toma tanto tiempo que allá en el pueblo, no hay. Y si a eso se le agrega el total desconocimiento de Agustina de la lectura, entonces se explica.

Cerca al pueblo, con esa cercanía del altiplano que se mide en "a la vuelta”, había un cerro Colorado donde habitaba una víbora temida pero jamás vista. Ella soñó con la víbora. La vio levantarse de entre el polvo, en una de las callecitas del pueblo, levantarse y abrir desmesuradamente la boca para mostrar los colmillos y de pronto el rostro de la serpiente se transformaba en persona y luego en un antiguo Rey del cual había oído a su abuelo hablar.  Y el Rey antiguo se abalanzaba contra el cuello de su pequeña llama y la mordía y un torrente de sangre salía hasta inundar todo el poblado. Ella sabía que algo malo iría a pasar.

Caminó hacia el cerro sin pensar, sin saber a qué iba y por qué iba. Solo iba. Como van las gentes con frecuencia por la vida, por ir, sin propósito alguno. Quizás de eso se trate, de que el único propósito sea el despropósito.

Al llegar al cerro vio que había un movimiento inusitado de personas que no había visto nunca, y de máquinas que tampoco había visto. Y había un ruido que nunca había escuchado.

Pensó que algo tendría que ver con su sueño pero no. Nada. Todas las serpientes habidas y por haber en la zona ya no estaban. El movimiento de tierras las habría hecho desaparecer de cuajo.
 
A ellas, a los arbustos, a las vizcachas y a las arañas. Todo era una nube de polvo. Todo el cielo rojizo. Todo el pueblo inundado de ese polvillo que salía del ex cerro Colorado. Y Agustina corrió  hacia su casa, con cierto susto y cierta curiosidad. Y al verla correr, en una imagen como en cámara lenta, el dueño de las excavaciones se enamoró, de lejos. Se encandiló. Se antojó. Se obsesionó. Se puso caprichoso. La mandó a traer, a como de lugar, la mando a sacar a empellones de la casa. Mandó a matar a la llama negra. Cuando tuvo cerca a Agustina, la arrastró hacia el cerro colorado, la abusó hasta dejarla en medio de un charco de sangre y barro.
 
Se acomodó la ropa y respirando hondo la tierra colorada, mandó a olvidar, y a cubrir el cuerpo con toneladas de tierra, para erigir ahí mismo, un pequeño palacio y museo en honor a Agustina, quien supo siempre, a raíz de un sueño, que algo malo iría a pasar.

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