Control sorpresa

“Es que no cualquier color le va a cualquier zapato. Hasta en la austeridad hay que saber combinar. De eso se trata la primera preocupación del día, antes de salir”.
sábado, 5 de noviembre de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz

Están de batida, es que ya va a ser Navidad, es comprensible. Los juguetes han subido, el chancho va a subir, también el singani y la cerveza. Y nada va a bajar de nuevo. Claro, de algún lado hay que sacar para compensar la lenta y perceptible subida de los precios de todo, salvo las computadoras y los inteligentes androids que con impecable legalidad se exhiben orgullosos en vitrinas hechas en la patria con calidad sospechosa, a decir de consumidores locales que compran en locales de las urbes más cotizadas y peligrosas.

 De hecho, aquí ya es peligroso. No se puede salir sin machete. En cualquier esquina hay seres con dientes que atacan y roban, a veces solo preguntan por la hora y si por mala suerte fuera tarde, digamos las dos de la mañana, matan. Pero eso en el caso extremo de que sea la hora equivocada en el lugar equivocado. Es más probable que de una de esas situaciones se salga con vida y a lo sumo con un pulmón agujereado, por donde se saldrá el aire que con tanto esfuerzo se consumió durante la jornada, subiendo y bajando, yendo y viniendo, para generar el mínimo ingreso que permita comer, tomar algo y con suerte comprar un par de medias del color que hace falta. 

Es que no cualquier color le va a cualquier zapato. Hasta en la austeridad hay que saber combinar. De eso se trata la primera preocupación del día, antes de salir. Cómo combinar la ropa. Es cosa de la escritura, y del sonido articulado, y de las especias y los carbohidratos. De esta primera suma de decisiones irá a depender el resto de la jornada. Es de observar en la calle y no necesariamente por razones antropológicas si no por una simple curiosidad humana en relación al comportamiento de la especie. Ya que se convive con un número elevado de congéneres que se ocupan del grosor de las personas y de su tamaño y se antojan de las pantorrillas y se alejan de los aromas; se ocupan de convencer al otro sobre las bondades de la gastronomía sana y de hacer ejercicio en lugar de hacer cositas con las manos y de prender velas al santo tal o a la virgen cuál, al menos, por decir algo, es bueno saber cómo y bajo qué criterios  combinan las medias con los zapatos.

 De esta clase de determinaciones están hechos los caracteres, como los signos del zodiaco o los signos chinos. Hay personas de colores contrarios, cuyo perfil a lo mejor se roza con la idea de la complementariedad de contrarios, o por puro gusto o finalmente, porque no quedaba otra.
 
Siempre es posible una lectura diferente ante una misma situación. No todos tienen que compartir la combinación de los demás, para eso está la singularidad. En la singularidad radica el todo, de eso está hecho el mundo y sus misterios.

 De lejos una esfera, de cerca, depende de cuán cerca. Ahí está la profundidad y los secretos, los de la historia, los de la tierra y los de las gentes y sus cuerpos y sus mentes. Pero todo se sabe algún rato. No se sabe cuándo, pero se sabe. Que no es lo mismo que intuir. La intuición o se tiene o no se tiene. O se construye, no está claro cuándo es intuición y cuándo sospecha o cuándo aguda desconfianza en los alrededores. Se intuye cosas que irán a pasar, con uno o con otros, se intuye toda clase de falacias, simples y complejas, se intuye que se va a quemar el arroz y no se le pone remedio. 

Eso echaría abajo la teoría de la intuición. No se podría decir, sabía que se iba a quemar el arroz. Es uno de los casos por los que la intuición, para que tenga respeto, debe culminar en el hecho consumado de lo que se haya intuido. Bueno o malo, no tiene mayor importancia. Por lo general, hay mayor peso en intuiciones para mal que para bien. Depende de cada ser y sus particulares construcciones en la mente, y en la inteligencia del corazón, y la amígdala de la memoria y en los muertos que custodian la existencia, haciendo de ésta un tiempo que merece ser llevado con dignidad y decente combinación de la ropa, aunque poca, limpia y bien puesta.

Una buena combinación, lila con amarillo, según el filtro de la vista de Van Gogh, teniendo en cuenta que podría haber sido el amarillo su color favorito o el producto de un filtro del que no se sabe mucho, una buena combinación se decía, puede ser garantía de buen trato por otras personas, suponiendo que la energía lumínica de dos colores provoca cierta paz en quien la recibe. Eso se supone pero no es seguro, es una especulación porque a decir verdad el trato entre las gentes depende de la mente de la gente. 

Mente de mal bicho, trato de mal bicho. Mente de Santa Teresa, trato de mal bicho. Mente de gente sanadora, negocio en puertas. El asunto, empero, es que una persona con la ropa adecuada, adecuada para un hombre vestido de aceituna verde, sin mente a la vista, con los bolsillos repletos de mal habidos papeles con rostro de héroe nacional, es, la persona, una presa si está al volante. Una presa de batida como suerte sin blancas, sin retorno, sin recibo y sin lugar a dudas. Es una batida, o dos o mil, con un  propósito loable. Es una batida pro juguete.

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