Cine boliviano, con lupa

domingo, 27 de marzo de 2016 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron
Cuando comencé a ejercer la crítica cinematográfica en las páginas del suplemento Semana y luego en el diario El Nacional, en 1970, solamente escribían sobre cine Julio de la Vega en Última Hora, Luis Espinal en Presencia, Amalia de Gallardo para el Centro de Orientación Cinematográfica y esporádicamente otros colegas, como Pedro Shimose.
Luego se incorporaron como críticos regulares Carlos D. Mesa y Pedro Susz, quien no ha cejado en el esfuerzo en 40 años, quizás el más constante de todos nosotros. Decidimos crear la Asociación de Críticos de Cine de Bolivia y le pusimos como sigla CRIBO, porque pensábamos que sería la criba crítica del cine que se veía en nuestras pantallas.
Luego de un vacío bastante prolongado, en el que destaca la incorporación de Mauricio Souza como jamón de lujo en el sánd-
wich generacional, aparece en paralelo a una legión de nuevos cineastas jóvenes, una nueva camada de críticos y estudiosos del cine que sorprende por su versatilidad y su agudeza: Sebastián Morales, Santiago Espinoza, Andrés Laguna, Claudio Sánchez y Sergio Zapata, entre otros.
Los nuevos críticos de cine tienen una formación científica que nosotros no teníamos. Prueba de ello es Una estética del encierro: acerca de una perspectiva del cine boliviano (2016). Como en toda investigación seria, Sebastián ha hecho un recorte del material que constituye la base de su análisis. El libro demuestra que todo depende del cristal con que se mira. Lo ratifica el autor en la última página cuando reconoce que "es posible leer el cine nacional a partir de otros conceptos, crear nuevos puentes, nuevas relaciones”.
Coincido con la premisa de partida: el hecho de que la irrupción del cine digital haya abaratado los costos y multiplicado la producción no significa que haya una ruptura en las narrativas. No hay nada nuevo bajo el sol y lo que puede parecernos a simple vista ruptura estética y formal en Bolivia, ya tiene una larga historia en el cine mundial prácticamente desde que el cine nació. "No es posible hablar de un nuevo cine boliviano”, apunta el autor hacia el final de su libro.
Con esa mirada profundiza en el análisis espacial meticuloso de un puñado de películas. Lo hace retomando las tres distinciones que hace Eric Rohmer sobre el "campo” cinematográfico: el espacio pictórico de la imagen visible, el espacio arquitectónico que se expande sobre los modos de producción y las locaciones, y el espacio fílmico o virtual que se construye en el espectador. A esas tres categorías de análisis yo añadiría el espacio contextual histórico, que a veces queda relegado en el olvido aunque explica mucho si uno lo toma en cuenta.
Una revisión actual de las obras realizadas hace 40 o 50 años no podría evadir esa cuarta mirada espacial. El campo dentro de la imagen no es sino un segmento no solamente de una realidad más amplia, sino de un proceso que ocurre en el tiempo. Y así como el espacio arquitectónico es preciso, el tiempo es también único.
Como en toda investigación, hay un sesgo, porque al recortar las preguntas que le interesan al investigador se recorta también la bibliografía y el universo fílmico analizado. Para utilizar un término frecuente en esta obra: hay mucho que queda "fuera de campo” que podría explicar lo que quedó adentro, pero así es toda investigación, si se quiere apretar no se puede abarcar mucho.
Tanto la estructura circular, que es uno de los parámetros de análisis espacial que utiliza Sebastián Morales, como el espacio dicotómico, son propios al cine mundial que ha desarrollado la oposición y la complementariedad entre lo rural y lo urbano, con sus implicaciones en la identidad y la cultura. Una mirada al espacio histórico sirve también para explicar la dicotomía: el mundo era rural hasta el año 2000 y a partir de entonces se hizo urbano. Es decir, la mayor parte de la población mundial vive ahora en ciudades, incluso en países tradicionalmente rurales como Bolivia. Esto, por ejemplo, explica las motivaciones de muchos cineastas cuya producción es anterior al cambio de milenio.
El viaje no es necesariamente una obsesión del cine boliviano, sino un leit motiv en el cine mundial después de la Segunda Guerra, por la migración masiva del campo a la ciudad o el éxodo por temas de seguridad ciudadana que vemos en el marco de cualquiera de las guerras actuales.
En cuanto a la circularidad que Sebastián analiza con lupa, plano por plano, en obras de Sanjinés y de Valdivia, queda demostrado en el libro que no tienen que ver tanto con una "cosmovisión andina” como con un recurso narrativo espacial que ambos realizadores manejan de manera magistral, aunque con propósitos distintos, como lo han hecho directores de otros países, como el húngaro Miklos Jancsó o el griego Theo Angelopulous, para no mencionar sino un par.
Otro elemento que analiza a lo largo del libro desde la perspectiva espacial es el encierro como expresión de la marginalidad en el cine. Hay, ciertamente, otros ejemplos más allá de los analizados en el libro: El cementerio de los elefantes (2008) de Tonchy Antezana, El ascensor (2009) de Tomás Bascopé o Casting (2010) de Denisse Arancibia y Juan Pablo Richter, y también en el cine internacional, como El castillo de la pureza (1972) de Arturo Ripstein, El baile de Ettore Scola (1983) o El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel. De nuevo estamos frente a la idea de la universalidad del cine, contraria a una supuesta estética andina exclusiva.
Investigar es saber hacer preguntas. La hipótesis del trabajo de Sebastián Morales podría aplicarse a cualquier cinematografía y no solamente a la boliviana, porque lo que este libro aporta no es tanto lo descriptivo (que suele ser el talón de Aquiles de nuestra crítica cinematográfica) sino los instrumentos de análisis de la investigación, lo cual sí es innovador en Bolivia. Me gusta la agudeza que muestra para rescatar elementos simbólicos en los planos que analiza detenidamente y el reconocimiento que hace en la última página de su obra: "Evidentemente, es posible leer el cine nacional a partir de otros conceptos, crear nuevos puentes, nuevas relaciones”. (p. 160).
Dos cosas valoro especialmente en la obra de Sebastián Morales: a) la noción de que en el cine boliviano hay una continuidad y no una cadena de rupturas fundacionales, y b) que para realizar análisis rigurosos de la producción cinematográfica hay que construir primero las herramientas teóricas y recortar el universo de investigación. 
Y una tercera, para terminar: este libro provoca al lector para ver de nuevo las obras del cine boliviano con una mirada atenta, renovada y crítica.

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