Laberinto visual

El cine marginal de Diego Torres

domingo, 10 de abril de 2016 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron

Diego Torres es un marginal. Yo sé que para él eso no es un insulto, sino un piropo. Se ha mantenido a lo largo de su vida en una posición que le hace el quite al arte comercial para persistir en una vía subterránea y alternativa, que es propia de quienes no quieren ser absorbidos por una sociedad cuyos valores rechazan. 
 
La trayectoria de Diego Torres como cineasta me hace pensar algunas veces en la de Guillermo Lora como trotskista: uno puede estar o no de acuerdo con lo que hacen, pero no queda duda de que son coherentes con su forma de pensar y de vivir. Torres es y ha sido el pionero del cine experimental en Bolivia y sin duda el cineasta más constante en ese género poco desarrollado y poco apreciado en nuestro país.  
 
Como muchos artistas plásticos y cineastas que se resisten a las tecnologías digitales, Diego ha escogido la vía difícil, la de usar como soporte técnico y material de muchas de sus producciones el formato de cine súper 8, es decir, el más frágil de los soportes en celuloide. Mientras las grandes producciones comerciales en 35mm han desaparecido en años recientes y las producciones en 16mm del cine independiente también han pasado a mejor vida, hay un núcleo de artistas y activistas, comparable a una guerrilla creativa, que mantiene el súper 8 como formato de elección.
 
Si lo viéramos con la razón y no con la sensibilidad de estos artistas, el súper 8 tendría todas las de perder. Fue una opción importante para nosotros, los jóvenes cineastas de fines de los   70 y principios de los 80, porque el video estaba recién en sus albores, ofrecía una pésima imagen y enormes dificultades de edición.
 
Por comparación, en aquella época, el súper 8 tenía ventajas. La primera: era cine. Y como alguien dijo (creo que Paolo Agazzi), el video era al cine lo que un kleenex a un pañuelo. Aún en su estrecho formato que incorporaba una fina banda magnética en uno de los bordes, el súper 8 podía proyectarse en una pantalla, tenía colores contrastados y una definición que hacía palidecer de envidia al video portátil de entonces (Betamax y VHS).
 
Con los años, por supuesto, eso cambió. El video desapareció al llegar la tecnología digital y las ventajas del súper 8 se convirtieron en debilidades: la fragilidad de tener un original que se dañaba al manipularlo, la limitación para revelar los rollos de apenas tres minutos de duración, de hacer copias y de difundir las películas.
 
Había algo lúdico de "trabajo manual” en la edición, que estimulaba la creatividad para resolver problemas técnicos. 
 
Confieso que fui uno de los testarudos que  invirtió en el súper 8 con pasión y que perdí una caja de vino al apostar que sobreviviría más de diez años. Pero mientras duró la aventura fue hermosa, estuvimos en festivales de cine súper 8 en Canadá, Venezuela, México, Túnez, Bélgica, Francia y otros países que eran parte de una red internacional de superocheros.  
 
El súper 8 sobrevive en los hechos, aunque de una manera marginal, gracias a artistas como Diego Torres que tiene sus proveedores de película y laboratorios donde procesa lo que filma. La persistencia de Diego Torres en una forma de expresión que es rara en América Latina, y no digamos en Bolivia, lo honra. Ahora bien, lo que representan sus películas es un asunto de gustos y de complicidad. 
 
Su producción más reciente, La saga de los poetas (2015), es una obra nostálgica de la marginalidad idealizada que parece revelarse más en sus formas que en su contenido, aunque el hilo conductor del filme nos hable de la desaparición y de la recuperación de la democracia, representada por una joven punk que lleva ese nombre: Demokrazia. 
 
El filme evoca sin ambages una obra anterior de Diego Torres, La calle de los poetas, e incluye imágenes de esa época que no habían sido incluidas en la edición anterior.  El hilo conductor y el puente entre ambas obras lo establece un poeta que duerme en las calles (Jorge Ortiz), "el hombre que habla solo”, que hace las veces de narrador, prometiendo mostrar los "lugares mágicos” de la ciudad (aunque no los muestra, porque la ciudad está más bien ausente) o simplemente explicando lo que sucede en la trama.
 
La Parca, personaje central de La calle de los poetas, reaparece en La saga de los poetas reencarnada en Utopía, una joven que llega para cumplir los mismos designios y seguir instrucciones precisas que recibe en una carta, además de una misteriosa maleta con la ropa y los implementos que debe usar. 
 
Los designios de la Parca no son los de la muerte (Átropos), en la acepción de la trilogía mitológica, sino más bien los del devaneo (Láquesis). En realidad, el personaje bastante narcisista se limita a hacer presencia devanando una lana roja, ejecutando pasos de baile y asustando de vez en cuando a alguien que amenace a "la pandilla”, que es el núcleo solidario de amigos. La misión de Utopía es proteger a la democracia, dar vida y no muerte.
 
Desde el punto de vista argumental, Diego Torres no busca que sus personajes -mientras erran por calles y parques de Sopocachi o los paisajes de Llojeta- tengan el espesor  sicológico de los personajes de un filme de ficción. Aquí funcionan sólo a nivel simbólico como representaciones de jóvenes que se expresan a través de grafiti y acciones callejeras, contra el autoritarismo y la energía nuclear ("Arte sí, nuclear no”). 
 
La saga de los poetas no es solamente un filme nostálgico de esas formas marginales de vida que eran más genuinas antes que ahora, sino también una obra nostálgica del cine. Muchos espectadores no se darán siquiera cuenta de ello, pero no es casual que la primera escena y otras en el filme transcurran en las puertas de lo que fue la Cinemateca Boliviana en sus orígenes, en la estrecha calle Pichincha, en el casco viejo de la ciudad, que en el filme aparece desolada y solitaria, abandonada por el tiempo, retratada con una estética otoñal.  
 
Esa nostalgia del "cine del ensueño” se refuerza con la aparición del personaje del viejo proyeccionista, Paradiso, y de los equipos de proyección en 35mm que solían utilizarse y que ahora son pieza de museo. 
 
Por varias razones, este filme nostálgico es una manera de cerrar una etapa en la cinematografía de Diego Torres, dejando abierta una ventana para que las nuevas generaciones tomen el relevo. Las notas tristes del saxo subrayan la atmósfera de añoranza en algunas escenas, pero se supone que el resto del filme es el anuncio de un cambio generacional, con música punk metal, actores jóvenes y un hilo rojo de esperanza.

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