Contante y sonante

¿Qué es lo que es?

sábado, 16 de abril de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
No es la ciudad, es la gente que se hurga el moco, se bifurca, se bloquea el intestino y se sienta en la calle. No es la ciudad, es el silencio del ratero con su maletín y su jopo. Es la robusta blandiendo un pollo mientras se antoja un penthouse. No es la ciudad, es el refrigerador rodante que se hace auto inmune y atropella lo que encuentre.
 
No es la ciudad, la ciudad está para aguantar, se cree. 
 
No es la ciudad con sus piedras brillosas cuando brillan sea porque una tenue lluvia las ha mojado toda la noche, sea porque tienen un brillo que les nace desde el corazón. Las piedras tienen su corazón que no se ve así nomás. Hay que hacer todo un ritual para verlo y otro adicional para sentirlo. El primero, para verlo, consiste en quedarse toda una noche a la intemperie, mejor si hace frío, y contemplar la piedra con insistencia y saludable distancia. Sin respirar mucho, sin hacerse dar tos. Luego, dependiendo de cuánto se aguante, la piedra, de pena, soltará su corazón y dejará que los mortales lo vean. Todo esto, en una altura considerable. En el llano no se ve.
 
A orillas del mar peor. A orillas del mar se ve el mar. Quienes todavía no lo han visto, ya lo harán. Es cosa de viajar. Si no se puede, es cosa de esperar.
 
El segundo, para sentirlo, consiste en juntar adrenalina y aserrín. Un poco de gasolina, fósforos, un traje de asbestos, media botella de pisco y valor. Mucho valor. Suele terminar este ritual en un desastre. Suele salir alguien lastimado. Por ello, es mejor que este ritual sea hecho por personas con mucha experiencia, las que más experiencia tienen en este rubro o han muerto o han quedado calcinadas un poco. Un poco pero lo suficiente como para no hablar más o no ver más o no oír más.
 
No es la ciudad, es el torbellino que baja, hecho de gente común cuya comunidad está hecha a su vez de las carencias y de los descuidos. Está plagada de parches por doquier, parches para todas las cosas y para todos los conocimientos. Se parcha en cualquier parte en donde se encuentre un hueco. Los hay en las cabezas desamparadas de los funcionarios de la economía y en los elegidos funcionarios de la cultura empequeñecida por unos jíbaros que nadie vio llegar. Pero llegaron con unos brebajes y con unas fórmulas desde todos los confines del mundo a instalar en las cabecitas más iluminadas las ideas que ahora se resbalan por las calles de bajada. 
 
Y llegan a los despachos y se las despacha. Para luego, cobrar grandes cantidades de dinero que se llevan en talegas o en saquillos o en gangochos, después de hacerse sacar foto de frente y de perfil con gentes pobres a las cuales se deben. Y una vez en la comodidad de sus habitaciones culturales, se lavan las manos por si acaso las manos pobres las hubieran manchado sin querer.
 
No es la ciudad, por supuesto, es la calamina que retumba en el fondo de la tierra cada vez que llueve. Y es normal. Tan normal como es normal que la ciudad sea tomada cada día por una veintena de ciudadanos sin fu ni fa, para destruir los minutos de otros ciudadanos que hacen ene cosas para sobrevivir. Para vivir pueden estar haciendo nada, pero para sobrevivir lo hacen todo. Hacen papa rellena y la rellenan con cosas molidas que sacan de cualquier parte. Hacen moñitos para niñas en edad de ir al kínder y hacen partes para motores de carros que ya no se usan. Hacen ropa nueva de ropa usada. Sacan ganchos para colgar la ropa, de las cositas que tienen las latas de cerveza cuando se las abre. Esas cositas que se botan.
 
Es normal que un ser uniformado con uniforme se pasee por la ciudad como si nada, después de haber abusado de su uniforme en varios aspectos. Lo hizo con su mascota, al salir de su casa que no siempre fue su casa puesto que la arrebató a una persona desaparecida por arte de magia durante los años en los que las personas desaparecían por arte de mafia. Perdón, de magia. Es normal que un sujeto así se pasee por la ciudad. No es cosa de la ciudad. La ciudad aguanta todo. Se hace hacer pis, se hace estancar. Se deja. Pero se toma revancha en algunas ocasiones.
 
No es la ciudad, es el sonido del canto de los pájaros extenuados y los ladridos de los perros sin cuartel. Es el heladero insistiendo, el rostro con máscara de piedra salido de un libro de un psicólogo.
 
No es la ciudad, es la gente que se hurga el moco, se bifurca, se bloquea el intestino, se sienta en la calle. No es la ciudad, es el silencio del ratero con su maletín y su jopo. Es la robusta blandiendo un pollo mientras se antoja un penthouse. No es la ciudad, es el refrigerador rodante que se hace auto inmune y atropella lo que encuentre.
 
No es la ciudad, la ciudad está para aguantar, se cree.

Confidencial

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