Crítica

Princesas, ¿qué culpa tienen las manzanas?

jueves, 21 de abril de 2016 · 22:05
Liliana Carrillo V.
Periodista
 
Estas "tribulaciones de una espectadora confundida frente a la matanza de manzanas” pretenden nada más explicar lo que me provocó Princesas,  montaje que el elenco cochabambino Masticadero presentó en el FITAZ. Mis sensaciones, se dirá, no tienen importancia. Estoy de acuerdo. En cuestión de arte, se dirá, no se trata de entender sino de comprender. También estoy de acuerdo.

A la obra: tras un largo silencio, entran a escena cuatro jóvenes en short. Toman unas  manzanas y las arrojan violentamente al piso hasta destruirlas. Después se tocan, se estrujan con las frutas y empiezan sus monólogos sin dejar de moverse, como si estuvieran en una clase de aerobics. 

Cada una representa a una princesa de los  cuentos de  hadas en versión Disney -Blanca Nieves, Cenicienta, La Sirenita, Pocahontas- y cuenta su historia. Sus amigas la interpelan, la aconsejan; mientras, un hombre se transforma ante el público en mujer.
 
Cuando llega la cuarta -Pocahontas que viste pollera de caporal y traje de hombre araña- se arma un "chenco”.
 
Se representa una subasta de las princesitas, previo topless, y siguen gritos ininteligibles y peleas  al ritmo de   tecno. Finalmente él, que ahora es ella y se llama Bianca, cierra el bochinche con un desfile en tacos. Aplausos, aplausos.
 
Hay detrás de la obra un mensaje claro contra la cosificación de la mujer, los estereotipos y la identidad femenina. De tan bruscamente claro que es no deja al espectador la opción a la duda,  al autocuestionamiento y la asimilación de un mensaje, que es lo que le corresponde.
 
En Princesas hay humor a ratos, hay kitch  siempre y, sobre todo,  caos por la improvisación -que puede ser muy terapéutica para los actores- pero no siempre llega a buen puerto. La puesta es una manera de entender la escuela  de  Brecht  y  confrontar al público con  una postura política, con un discurso, en desmedro de lo plástico, lo poético,  que hacen al teatro. 

Estas Princesas  -y algunas obras en otras disciplinas-  me dejan la sensación de que  el arte se ha vuelto incomprensible sin los conceptos que lo sustentan. Su lenguaje se ha especializado tanto  que ya no es accesible al común de los mortales. Comprender una obra ya no es percibirla con los sentidos sino elaborar la comprensión a partir de los postulados teóricos. Triste.   

Acaso contribuyó a esa melancolía mía  una niñita que estaba en primera fila. No más de 11 años, cinta rosa en el pelo y una mochila con dibujitos de las princesas de Disney. Con ojos como platos veía cómo cuatro señoritas en paños menores se ensañaban con las manzanas y cómo otra  grandota, que hasta hace poco era un señor, desfilaba con tacones y  pelo rubio.

En el cuento (otro clásico) El traje del rey, un pequeño pone evidencia que ropaje de oro que vestía el soberano y que sólo podían ver los inteligentes sencillamente no existía, ergo el rey iba desnudo. En la puesta de Princesas, la niña de la mochila   preguntó con vocecita dulce: ¿Ma, por qué ellas odian a las manzanas?

Confidencial

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