Crítica

Mar o el sentimiento de pérdida

jueves, 21 de abril de 2016 · 22:06
Marco Zelaya
Periodista
 
Teatro Los Andes, en Mar, supera con creces el difícil reto de escenificar sobre las tablas ese sentimiento omnipresente de la pérdida; la pérdida, en este caso, de la costa marítima  boliviana sobre el Pacífico, que es como un fantasma irredento que deambula en la vida nacional desde 1879.

Si el teatro o el drama sirve, como dijo Aristóteles en la Poética, para provocar catarsis o purificar los sentimientos, en Mar ese propósito también se cumple, porque sus personajes ayudan a representar cómo se definen los actores de la vida nacional frente a ese insepulto -y casi perenne- sentimiento de pérdida.
 
En primer lugar, y como pilar del drama, está la madre, Bolivia, que muere con el deseo incumplido de conocer el mar y que pide a sus tres hijos que la sepulten en el Pacífico; morir con un deseo de esta naturaleza equivale a años de represión de placer que, se supone, se saldarán con el cumplimiento de un deseo póstumo; ¿imposible?
 
Es lo más probable. Si la vida se ha ido por la rendija añorando lo que no tienes por lo menos que algo simbólico ponga estopa a ese tremendo vacío. Tal es la dimensión del pesado legado de esa madre a sus tres hijos, que son, como en la tradición literaria boliviana, los tres estratos de la sociedad nacional. 
 
La maestría de la obra reside en escenificar cómo cada uno de esos estratos sociales, a veces individualmente o en grupo, se sitúa frente a ese sentimiento de pérdida; los costos de la cruenta guerra que cercenó aquel territorio recaen invariablemente sobre el indio, que es, como siempre, carne de cañón… Tal vez los otros sectores sociales ven el asunto con un fingido dramatismo, lo cual ingresa a momentos en el campo de la comedia, lo cual es excelente, porque la mejor catarsis es reírnos de nosotros mismos.
 
El epílogo, cuando los tres hijos llegan con la pesada carga hasta la costa, es de antología: "¿esto nomás es el mar?”, se pregunta uno de los personajes. Esto implica, pues, que hay una gran asimetría entre el solemne sentimiento de pérdida y el mar, entre el discurso sobre esa ausencia que ha marcado nuestras vidas y la costa, que es eso nomás. Y uno se queda pensando, gracias a Teatro Los Andes, cómo sería la vida sin ese mortificante sentimiento de pérdida o si somos capaces de vivir al margen de él.

Confidencial

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