Crítica

REC o el placer incómodo

sábado, 23 de abril de 2016 · 00:00
Isabel Mercado
Periodista
 
Para quien -por alguna razón- lo privado es casi un dogma, ponerse la piel del fisgón puede resultar insufrible. Para otro será degustar el "pecaminoso” placer del voyeurismo.
 
Entrar en la vida ajena sin ser visto puede ser estimulante, incómodo o aleccionador; puede detonar los impulsos del justiciero que se contiene de intervenir; o del crítico que juzga desde su faro; o del analítico que elabora una conclusión sobre lo que presencia.
 
Cualquiera sea la reacción, lo cierto es que el contacto con lo que el otro o los otros muestran de sí mismos cuando están en la intimidad de su propia introspección o habitación, no es un hecho irrelevante. Lo demuestra, para quien no lo haya vivido en otros ámbitos, la pieza teatral que el director Fernando Arze ha puesto nuevamente en escena en estos días: REC.
 
Esteban y Dido, dos amigos de infancia y escuela que compartieron lo que se suele compartir en estas épocas –aventuras, amores y desamores- , se encuentran después de 10 años en una habitación de hotel y, sin pretenderlo le toman examen al destino. No es un examen cualquiera; en medio del cariño fraterno hay una rendición de cuentas que, al final, no es solamente de uno con el otro, sino de cada uno consigo mismo.
 
El amor, si se puede llamar amor a la presencia impertinente de un recuerdo, detona una crisis de culpas que es el centro de un diálogo implacable. Sarah, una relación furtiva para uno a pesar de haberla violado impunemente, es el primer amor del otro. El uno, ha pasado por alto el incidente para diseñar una vida políticamente correcta con la que se siente orgulloso, además de haber logrado convertirse en cineasta debutante. El otro, en cambio, no se ha preocupado de diseñar sino desdibujar su itinerante trayecto: vive una vida de dealer de drogas y ocasional bombero.
 
El choque de realidades, luego el de reproches, para aterrizar en el violento despertar del odio por sí mismos, es sazonado por la aparición de ella, quien luego de intentar ver el lado amable del encuentro con excompañeros, se percata de que no quiere volver a lo que alguna vez compartió con ellos.
 
Mucho más allá de la historia poco trivial, pero no del todo sorprendente, de los rumbos que naturalmente toma la vida de quienes algunas vez la compartieron -para bien o para mal-, la obra expone al espectador a un obligado testimonio, que bien puede ser el propio.
 

Esto, además de la innovación de la puesta en escena en una pieza de hotel (producción de Guillermo Sainz) y de la impecable actuación de los artistas (Leonel Fransezze, Mauricio Toledo y Mariana Vargas) hace de REC una excelente propuesta teatral que amerita un aplauso. Un aplauso que, por lo demás, el espectador debe contener cuando los artistas abandonan el cuarto dejando al público con la responsabilidad de apagar la luz.

 

Confidencial

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