FITAZ: comunión y reflexión

domingo, 24 de abril de 2016 · 00:00
Crítica
Carlos Cordero Pedagogo teatral 
 
Hoy cierra el FITAZ y el público paceño tiene la oportunidad de ver en el Teatro Municipal  Delirio de Lara, espectáculo sobre la vida del pintor orureño Raúl Lara.
 
Una vez más  hay que agradecer a Maritza Wilde y al grupo de personas que trabajaron eficaz y  anónimamente tras bambalinas, diríamos la gente de teatro, en la parte más difícil e ingrata del asunto, la gestión y organización, que es lo que permite la comunión de público y creadores teatrales. También es justo hacer extensivos los agradecimientos a todas las entidades gubernamentales e instituciones de cooperación que hicieron posible el X Festival Internacional de Teatro de La Paz, que llega a los juveniles 17 años de andar bregando por el teatro, contra viento y marea. Merecen muchos abrazos los casi 50 grupos y creadores teatrales que formaron parte de este encuentro. 
 
En estas circunstancias, suelen surgir críticos y espectadores de fino paladar que degustaron teatro en Madrid o Buenos Aires, pero que no tienen las agallas para hacer teatro, que ven demasiados defectos y ninguna virtud en el FITAZ o en las diferentes propuestas que llegaron a las salas nacionales.
 
Durante 10 versiones del FITAZ y casi 20 años, a pesar de la indiferencia y molicie de las autoridades gubernamentales, el festival persiste y es la vitrina donde se expone, en pocos días, de manera creativa y poética, el pensamiento y reflexión más depurados que produce la sociedad boliviana. Los elencos latinoamericanos o europeos que nos visitan  son de igual manera el reflejo de las sociedades de donde provienen y a ellos también el doble de agradecimientos. 
 
Hacer teatro en Bolivia es tan arriesgado y costoso como ejercer la libertad de expresión o defender los derechos humanos, porque como ninguna otra expresión artística  los creadores teatrales piensan, hablan y trabajan con las emociones y sentimientos. Por ello, el aplauso a los atletas del sentimiento, sin ustedes no habría teatro, ni críticos, ni salas con público, ni gestores de festivales. La heterogeneidad de los trabajos y la libertad creativa que exhiben son una riqueza, al igual que el humor irreverente con el poder o la crítica mordaz y lúcida a los males que engendra la sociedad contemporánea. 
 
Por todos los festivales realizados y a todos los que permiten con su esfuerzo, organización y creatividad conservar viva la llama del teatro, para persistir obstinadamente en el encuentro y comunión con el público, GRACIAS.

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